Por David Lagmanovich
El accidente ocurrido el domingo último en Dolores, provincia de Buenos Aires, cuando un ómnibus procedente de la costa intentó cruzar indebidamente un paso a nivel y fue embestido por un tren de pasajeros, nos obliga a pensar en la necesidad de regularizar los servicios en que pretendemos viajar dentro de nuestro país
| Periodismo de Verdad | 9/3/2008|16:18hs | Acaba de producirse una de las tantas tragedias que ocurren a diario en las rutas argentinas, aunque ésta es de un volumen mayor que el habitual. Es en las inmediaciones de Dolores, provincia de Buenos Aires. El conductor de un ómnibus de larga distancia (había salido de Mar de Ajó y se dirigía a San Miguel) llega a un paso a nivel ferroviario, donde las barreras estaban bajas, se aproximaba un tren de pasajeros y éste venía haciendo sonar su sirena. El conductor —inepto, alcoholizado o vaya a saber qué— pretende cruzar de todos modos por delante del tren que se aproxima. Algo falla, y el ómnibus es embestido por el tren. El automotor queda destrozado y el tren descarrila. Mueren en el acto 18 personas, una cifra que posiblemente aumente porque varios de los 45 heridos, conducidos de inmediato a los hospitales, están muy graves. Otros pasajeros han salvado la vida.
Un accidente: esto se dice muy fácilmente. También se suele decir que “siempre habrá accidentes”, como si éstos residieran de manera inevitable en la naturaleza de las cosas. Sí y no. Sólo un imbécil, o un borracho, o un drogado, llega a un paso a nivel y pretende cruzarlo por delante de un tren que se aproxima a toda velocidad. También, tal vez, haría algo así un suicida, aunque por lo general éstos tienen la decencia de no causar la muerte de otras personas al llevar a cabo sus actos, manifestación externa de un desequilibrio mental.
¿Se investigará? Seguramente que sí. ¿Se hará algo para disminuir, por lo menos, la ocurrencia de estos hechos lamentables? Seguramente que no. Los argentinos toleramos la ineptitud, y no sólo en nuestros gobernantes. Somos pasivos frente al mal: así lo muestra la escasa resistencia civil que despertaron tanto el terrorismo como el salvajismo de las dictaduras. “Qué le vamos a hacer”, una pregunta retórica que parece exigir “nada” como respuesta, es una típica expresión argentina.
Aceptemos la verdad: cualquier otra actitud implica trabajo. Habría que cuidar de los pasos a nivel, cada vez más peligrosos debido a la inexistencia de personal que los atienda. Los sistemas mismos de barreras deberían ser actualizados para que, una vez bajas, no se puedan cruzar con tanta facilidad. Las empresas de ómnibus deberían contratar sólo personas de capacidad probada, de equilibrio mental atestiguado y de conducta intachable. Hay que estudiar de inmediato las condiciones de maniobrabilidad de los ómnibus de dos pisos: quizá sean estables si su tamaño es reducido y circulan dentro de las ciudades, pero nadie sabe si lo son en las dimensiones actuales de los vehículos usados para el transporte de larga distancia. Hay toda una agenda no cumplida en esta materia; y hay una comisión nacional encargada del control del transporte automotor que no sirve para nada. Sobre todo, hay que dejar de decir “qué lástima” y ponerse a trabajar.
Los técnicos en transporte automotor y ferroviario, así como los especialistas en accidentología —que los tenemos y son muy buenos— buscarán las soluciones que hoy no existen. Nada aplacará el dolor de las familias que han perdido a sus seres queridos, ni el de aquellas otras que han debido correr, desesperadas, a los hospitales para ver si sus parientes y amigos se salvan o no. Pero, si las autoridades actúan, quizá pueda evitarse la multiplicación de estas tragedias horrorosas. Es decir, si los responsables de la cosa pública no participan de la misma ineptitud que ha causado estos desastres. Porque —además de todas las consideraciones humanitarias que obviamente pueden formularse— hay que asumir que la Argentina necesita contar con un sistema eficiente y seguro de transporte, tanto ferroviario como por carreteras, para volver a entrar en el mundo civilizado. O sea, para ser en efecto un país en serio, alejado cuanto sea posible de las fantasías y desvaríos tercermundistas. ■
David Lagmanovich
Escritor y Periodista
Para "Periodismo de Verdad"
domingo, 9 de marzo de 2008
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