El cholulaje argentino y la elección presidencial estadounidense (II)
El sentimiento antiyanki de la clase dirigente argentina y el sector más popular de la sociedad corresponde a una especie de conveniencia recíproca en la que ambos fracciones buscan en el exterior causas que justifiquen su inoperancia a la hora de gobernar y votar. Lo mismo sucede en países limítrofes como Paraguay y Uruguay (salvo en su internacional ciudad de Punta del Este) con relación a la Argentina donde la aversión de sus pobladores hacia su hermano mayor limítrofe posee iguales características. Eso no quita que cientos de miles de oriundos de esos países se hayan radicado en este vilipendiado suelo y formado sus familias, a la vez que traen a sus parientes y amigos –cada vez con mayor frecuencia– para que sean operados gratuitamente en los hospitales municipales de la Ciudad de Buenos Aires. Visto así, podría denominarse a ese falso sentimiento nacionalista como una fría versión de un realismo acomodaticio. Que conozcamos, ninguno de los terroristas que en los setenta asolaron Argentina cuando buscaban derrocar gobiernos constitucionales para instaurar una dictadura castroguevarista, y que viajaban a Cuba a depositar el dinero obtenido de los numerosos secuestros y a recibir instrucción militar, se radicó en ese paraíso fiscal luego del golpe de Estado de marzo del 76. Optaron, en su mayoría, por exilios dorados en países de Europa o Méjico, posiblemente porque consideraban que el sudor de la zafra mulata y el racionamiento a gran escala eran deshonrosos para mentes brillantes y oídos acostumbrados al tecleo de las máquinas de escribir y al tableteo de las ametralladoras. Consecuencia: la clase obrera nunca viajará en avión ni conocerá París.
Más aquí en el tiempo, el ataque a los Torres Gemelas fue festejado por las clases populares como una victoria contra el imperialismo a la que se sumó, con su oportunismo de siempre, la dueña de la empresa “Madres”. Esto sucedía un 11 de septiembre de 2001, a escasas semanas del 1 de diciembre en que Domingo Cavallo implantaba el “corralito” financiero que congelaba los depósitos bancarios de la clase media. La medida cortó de cuajo el trabajo de cuentapropistas y personal doméstico que se desempeñaba en ese sector de la sociedad argentina, pero extrañamente recibió el apoyo clasista de los damnificados porque “los ricos” –y no ellos– eran los perjudicados. Fue como si los que estaban siendo ahorcados se alegraran porque otros, allá a lo lejos, morían calcinados.
Al presente, el triunfo de Barack Obama en la contienda presidencial motivó que la presidente argentina le enviara una extensa carta de felicitación, pese a que en su momento marcó sus cartas en la interna demócrata por la candidata perdedora: Hillary Clinton. Son muchos los conceptos vertidos en la misiva escritos desde la jactancia, algunos se entrometen innecesaria y voluptuosamente en la historia de ese país, sólo faltó recordarle al reciente ganador que en su tierra han sido asesinados tres presidentes en ejercicio mientras que aquí apenas solemos recluirlos por un tiempo en Martín García, en un cuartel o en la residencia presidencial: toda tierra tiene su abono que no necesariamente puede ser de patriotas o dictadores.
Pero poner en pie de igualdad la lucha pacifista por los derechos civiles que encabezó Martín Luther King con la sangrienta acción de los guerrilleros argentinos (“Los jóvenes que comenzaban su rebeldía en nuestro país” y “rendimos tributo a nuestros compañeros, caídos en esa gesta”), no debería pasar desapercibido, máxime cuando es una clara apología del delito. En efecto, los “jóvenes rebeldes” y “los compañeros” de la señora Presidente –los caídos y los que se encuentran de pie en rededor suyo– de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), asesinaron en Córdoba el 2 de noviembre de 1973, durante el tercer mandato presidencial del general Perón, en un intento de secuestro, al ejecutivo norteamericano de la firma Transax (Ford), John Swint. Montoneros, por su parte, secuestró en febrero de 1975, durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, al cónsul honorario de EE.UU en Córdoba, John Patrick Egan, al que posteriormente dieron muerte de acuerdo a lo manifestado en uno de sus habituales partes de guerra de la época (... “John Patrick Egan, como representante directo de los intereses Yankys en nuestra provincia ha sido condenado a muerte por fusilamiento”….). Llama la atención que ni los familiares de los muertos ni las asociaciones de derechos humanos estadounidenses hayan solicitado hasta el momento un resarcimiento económico (Argentina es buena pagadora) por esos dos asesinatos que no fueron cometidos por integrantes de las Fuerzas Armadas o de Seguridad.
Cada país tiene sus propias tristezas que repensar. Es incorrecto inmiscuirse en cuestiones ajenas y ponderar falsamente lo que no se siente. Hay demasiados argentinos que viven pensando como extranjeros. Así nos va. Y pocos con mucho poder empeñados en tergiversar la historia. Así nos irá. No es bueno dar consejos cuando nadie los ha pedido. Y menos a quien no los necesita.
SALINAS BOHIL
CORREO DE BS AS
jueves, 13 de noviembre de 2008
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