El cine no sólo es una forma de expresión cultural, al mismo tiempo puede ser pensado como una herramienta al servicio de la imposición (solapada o no) de una determinada cosmovisión política, ideológica y moral. En este sentido, la industria cinematográfica norteamericana es pionera desde hace varias décadas. ¿Quién no recuerda, en plena Guerra Fría, a Silvester Stallone y ‘Rocky’, el boxeador en inferioridad de condiciones que logra coronarse campeón venciendo a su adversario en plena URSS ante la atenta mirada de Mijail Gorbachov?; ¿Cómo olvidar a ‘Rambo’, ese combatiente que en medio de la selva se enfrenta a todo un ejercito?
El aplastante triunfo del Demócrata Barack Obama, reflejado en los más de 70 millones de votos obtenidos (52%, el candidato más votado en la historia de los EE.UU.), en los 364 electores y en las mayorías logradas en el Senado y la Cámara de Representantes, es un hecho histórico que merece ser analizado desde dos perspectivas.
En primer lugar, sin la más mínima intención de parangonar figuras, el resultado de la contienda electoral hizo realidad el viejo anhelo de Martín Luther King y gran parte de la sociedad históricamente postergada. A la vez, el mensaje de las urnas representa un castigo a la administració n Bush y pone en crisis interna al Partido Republicano.
En segundo término, la llegada de este afroamericano de 47 años a la Casa Blanca, concreta una idea muchas veces planteada desde la ficción de Hollywood en su intento mostrar la supuesta amplitud y tolerancia de la sociedad: EE.UU. puede tener un presidente negro. Desde principio de los 70’ hasta hoy, numerosos films y series trataron de reflejar la realidad norteamericana y mundial en un contexto en el cual el hombre más poderoso del planeta no fuera blanco. “El Hombre”, con James Earl Jones (1972); “Impacto Profundo”, con Morgan Freemann (1998) y la serie “24” con Dennis Haysbert, son sólo algunos ejemplos.
Siguiendo con esta lógica fílmica, párrafo aparte merece el también “hollywoodense” primer discurso de Obama la noche del triunfo. Visiblemente emocionado, el Senador de Illinois nacido en Hawai, encaró a las cien mil personas que lo aclamaban en Chicago con palabras dignas de un libreto cinematográfico: repitiendo varias veces (y haciendo repetir al público) “Sí podemos” dijo “El cambio ha llegado”; habló de “el sueño norteamericano” de un país unido; planteó la idea de EE.UU. como el lugar donde todo es posible en base a la libertad; y concluyó con un contundente “Dios bendiga a los Estados Unidos de América”.
La ficción se hizo realidad. Pero Estados Unidos no necesita, como en las películas, un héroe al frente de la presidencia que salve a la nación de invasiones extraterrestres, catástrofes naturales irreales o amenazas nucleares poco creíbles. Precisa un estadista lúcido que, desde el próximo 20 de enero, va a tener la responsabilidad de conducir los destinos de una potencia mundial jaqueada por la crisis económica y el impacto político de la guerra de Irak. El desafío es cumplir con las promesas de campaña para, de esta manera, cambiar el rumbo de la historia.
Barack Obama es el protagonista. Esperemos que este proceso que se inicia tenga un final feliz, porque no se trata ya de una película de Hollywood, sino de la realidad concreta.
Damian Toschi
Lic. Comunicación Social (UNLP)
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