Los Venezolanos en el Camino Trillado y Equivocado de los Cubanos
Por Jorge A. Sanguinetty
Hace unos cuantos años tuve el extraño privilegio de ser invitado a una velada con el escritor mexicano Carlos Fuentes en la casa de Raúl Prebisch, el conocido economista argentino ya desaparecido y que residía entonces en la ciudad de Washington. Lo que más recuerdo del evento fue una declaración sorprendente del escritor que hablando de su obra a los invitados afirmó que él no escribía para cambiar o mejorar al mundo. Hasta entonces yo suponía, acaso ingenuamente, que un escritor que se clasificaba de izquierda tenía una intención normativa y no simplemente contemplativa del mundo que le servía de inspiración. Y en lugar de aprovechar la oportunidad para preguntarle al señor Fuentes qué era lo que lo motivaba para escribir, no se me ocurrió otra cosa que darle un torpe regaño indicándole que entonces la pobreza sobre la cual él escribía no era un mal sino una simple fuente de materia prima para su obra literaria. Puedo decir que mi acotación no fue recibida con gran entusiasmo ni por el escritor, ni por algunos de los invitados, pero el episodio me dejó permanentemente pensando sobre qué persigue un escritor con su trabajo.
Y así llegamos, mutatis mutandi, a las razones por las que yo escribo. Creo que la principal es para compartir lo que yo creo que sé y creo que comprendo con otras personas para ayudarlas a tomar decisiones correctas o evitar costosos errores. Es mi vocación irredimible de economista, en este caso aplicada a señalar con espanto lo que yo creo son los errores metodológicos y estratégicos que los venezolanos están cometiendo en su lucha contra las tendencias al totalitarismo en su país. La cuestión es que muchos de estos errores fueron y continúan siendo cometidos por nosotros los cubanos a pesar del casi medio siglo de experiencia que tenemos en estas lides. Primero apuntaré un par de errores metodológicos, pues son la fuente principal de los estratégicos y después añadiré rápidamente algunos de estos últimos.
El error metodológico primordial que se comete es creer que el caudillo en ciernes es la causa central del totalitarismo, olvidándonos de las raíces sociales, económicas, políticas, culturales y hasta sicológicas que le permiten a un caudillo llegar al poder. Cubanos, venezolanos y ahora bolivianos y ecuatorianos insisten en desconocer (error metodológico No. 2) que lo que verdaderamente llevó al poder a sus líderes es que una parte sustancial de sus respectivos pueblos se sintieron mejor representados por ellos que por sus alternativas de gobierno. Esto hace que el discurso populista y engañoso de los caudillos sea más eficaz que el discurso democrático que sólo se concentra en denunciar a los demagogos sin nunca interesar a los que lo apoyan (error estratégico No. 1). Los que dicen amar la libertad pero no saben cómo organizarse para defenderla (error estratégico No. 2), acaban abandonando el país (error estratégico No. 3) frente a la superioridad discursiva, numérica y organizativa de las fuerzas antidemocráticas.
No hay de duda que entre los procesos cubanos y venezolanos hay grandes diferencias pero también hay enormes parecidos. La revolución cubana fue fulminante, la ola de popularidad barrió con la débil resistencia de los opositores al caudillo, que pudo fraguar su traición basándose en la fe ciega de una mayoría y en su desconfianza en las instituciones democráticas. La revolución venezolana fue mucho más lenta. Irónicamente llegó disfrazada de democracia formal, pero la oposición representada por las viejas tradiciones democráticas no ha sido capaz de ganarse a los ciudadanos que se sienten representados por Chávez. A Cuba la perdimos por no menos de medio siglo, más un número indeterminado de años y ahora todas las esperanzas de un cambio dependen de que haya primero un desmoronamiento interno, que no necesariamente conducirá a una democracia de inmediato.
Puede que la democracia en Venezuela esté perdida por un tiempo, hasta que el proceso se destruya a sí mismo, como puede estar ocurriendo en Cuba, pero ¿cuántos años se necesitarán para que esto ocurra? Si Chávez consigue monopolizar los medios de comunicación, será muy difícil que el país se libre del totalitarismo por unas cuantas décadas. Antes de que esto ocurra los que se oponen al totalitarismo tienen que organizarse para presentar una verdadera fuerza opositora al gobierno, pacífica o armada. O pueden seguir el trillo cubano y salir del país descargando toda su furia en lo malo que es el tirano sin realmente tener una estrategia capaz de detener la hecatombe que se le viene encima al país.
A mí no me divierte decir estas cosas, pero una nación no se hace fuerte ni se desarrolla con cuentos infantiles ni esperanzas infundadas. Las lecciones cubanas surgen de nuestros errores, reconocerlos es doloroso, desconocerlos es irresponsable e indigno. Tenemos que acabar de enfrentarnos con nuestra realidad y dejar a un lado las ilusiones de las que vivimos. Es imprescindible superar el error de creer que la tragedia que se llama revolución cubana fue producto único de un bandolero llamado Fidel Castro. Esto conduce a pensar que cuando él se vaya, la democracia volverá automáticamente (error estratégico No. 4).
Posiblemente el legado más valioso de nuestra experiencia nacional es poder advertirles a otros pueblos que no sigan el camino trillado de nuestras fantasías y escapismos políticos. No basta con denunciar al dictador que nos quita la libertad si no tenemos la capacidad colectiva de impedirle que llegue al poder.
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