
La Nueva Provincia - 07-Mar-10 - Opinión
http://www.lanueva.com/edicion_impresa/nota/7/03/2010/a37138.html
CRONICAS DE LA REPUBLICA
Un escenario incierto y dramático
por Eugenio Paillet
Uno de los costados más relevantes de todo lo que ha pasado la semana última es que hay síntomas claros y concretos, tal vez como nunca antes, de rebelión abierta, en la granja de los Kirchner. Concretamente, han aparecido rechazos puntuales al comando de palo y billetera que ejerció Néstor durante todos estos años. La decisión del senador José Pampuro de reunirse con Gerardo Morales y Julio Cobos, y de defender, luego, que haya diálogo con la oposición, "porque ceder o flexibilizar posiciones no supone perder", es apenas la punta de lanza de un fuerte revulsivo interno en el oficialismo del Senado.
Es cierto que enseguida se topó con los cruzados incondicionales del santacruceño. El diputado Agustín Rossi dijo que de ningún modo el kirchnerismo va a aceptar la rendición incondicional que plantea la oposición. Por otra parte, desde la misma Casa Rosada, salieron a disentir con el ahora dialoguista Pampuro. Una alta fuente del gabinete reiteró que no hay nada que negociar y que Cristina va a ratificar a Mercedes Marcó del Pont, aunque la mayoría opositora de la Cámara Alta le rechace el pliego, en la sesión prevista para este miércoles.
Veamos un punto. Se había dicho, mientras el gobierno se veía venir la noche y la pérdida de la mayoría en el Senado, que la Casa Rosada podría calmar las aguas y tender algún puente, para el caso de que, efectivamente, la funcionaria sea vetada y deba dejar el Banco Central. La idea de ofrecer un "gesto institucional" y dejar, de paso, a la oposición en evidencia, se completaba con el envío del pliego con el pedido de acuerdo para Miguel Pesce, vicedirector de la entidad y de viejos lazos con los radicales, a los que perteneció antes de pasarse a las filas del kirchnerismo. Gerardo Morales dejó entrever, en privado, que, si se anotaban el poroto de voltearle la candidata a la Casa Rosada, lo de Pesce sería un mero trámite administrativo. Kirchner bochó la iniciativa a los gritos.
Otro dato: se asegura que el ala blanda del gabinete proponía escuchar al senador pampeano Carlos Verna, autor de un proyecto de ley para reemplazar por esa vía el DNU del Fondo del Bicentenario. Florencio Randazzo apareció, por esas horas, como portavoz de la iniciativa. El cálculo no era menor: Verna podría haber decidido que era hora de volver al redil, si su propuesta era considerada. Es decir, devolverle al oficialismo los 37 votos del quórum propio que se veía venir que el oficialismo podía perder, más allá de aquella anécdota por el faltazo de Carlos Menem en la primera y fallida sesión de hace dos semanas, que dejó las cosas empatadas en 36. ¿Cristina estaba de acuerdo? Hay quienes aseguran que no se cerró de movida a ese curso de acción. Pero otra vez su esposo pateó el tablero con las peores formas.
Ese estado de rebelión interna tan a la luz del día tiene un punto de partida. Ocurrió poco después de aquella sesión en la que se produjo el empate por la ausencia de Menem, cuando Kirchner llamó desde Olivos a Miguel Pichetto y le ordenó que el bloque abandonara sus bancas. En la misma puerta del recinto, hubo fortísimos reproches al senador rionegrino, por parte de varios de sus colegas."¡Hasta cuándo este tipo nos va a llevar de las orejas, y encima nos hace quedar como los malos de la película!", fue un coro de airadas voces que Pichetto atajó como pudo.
En suma, no son pocos los que han decidido que es hora de plantear que Kirchner ha llegado demasiado lejos y que es el único responsable de llevar las cosas al límite de la crispación y hasta de alguna grave colisión con los otros poderes constitucionales, como puede ocurrir desde que Cristina dijo, en la Casa Rosada, que hará lo que le venga en gana, le guste o no le guste al Congreso o a la Corte Suprema de Justicia. Sus defensores tienen siempre un argumento a la mano, para justificar tanto desatino: "Néstor no va a ceder, porque sabe que la única lectura que hará la gente es que le torcieron el brazo".
Han tenido lugar otros gestos que terminan de pintar el cuadro. El miércoles, uno de los días más calientes que recordará la historia de este verano lleno de tensión y crispación al límite, hubo una reunión del grueso de los intendentes que todavía se mantienen bajo el ala de Kirchner, nucleados en la Federación Argentina de Municipios (FAM), que dirige el caudillo de Florencio Varela, Julio Pereyra. La idea fue armar una marcha de apoyo a Kirchner, una renovada muestra de fidelidad al jefe, y, de paso, disparar la consabida munición contra la oposición "golpista y destituyente". Lo cierto es que, durante ese encuentro, hubo más catarsis que otra cosa, abundaron los reproches a aquella conducción a los empellones del santacruceño y a los peligros de estar todos subidos a un tren que va camino de estrellarse contra una pared, como graficó uno de ellos, si alguien no hace algo para sacar el pie del acelerador. En conclusión, no hubo acuerdo y nadie se quiso hacer dueño de la idea de poner fecha y lugar a la manifestación. Todo se zanjó de una manera que hubiese resultado impensada hace apenas un año: se resolvió llevarle la idea al propio Kirchner y que él decida cuándo y dónde quiere hacerla. Una linda excusa para decirle que se haga cargo, pero que ya no habrá alineamiento automático. Un día después, Hebe de Bonafini organizó una marcha en la Plaza de Mayo, para apoyar a Cristina y denunciar un intento de golpe en su contra, en el que, inopinadamente y en plan jurásico, volvió a mezclar botas con mocasines. La demostración reunió a un centenar de personas, que no son diferentes en número y ropaje a las que realizan las habituales rondas de los jueves alrededor de la pirámide.
Hay gobernadores que están abiertamente en contra de seguir con ese estado de sumisión automática. Son los mismos que ahora plantean que, sin sacar del todo los pies del plato, como corresponde a todo peronista que cuadre, están dispuestos a apoyar el proyecto de la oposición para dar vuelta como una media la actual distribución del impuesto al cheque. Puede que Kirchner sea hoy un caudillo caído en desgracia entre su tropa, pero la movida rebosa pragmatismo y herético sentido de la oportunidad por donde se la mire. Ese cambio en el reparto de lo que se recauda por el impuesto al cheque significaría un ingreso extra al año, para todas las provincias, de once mil millones de pesos. Mandatarios del kirchnerismo puro, como los de San Juan, Mendoza, Jujuy y Tucumán, o los radicales K de Santiago del Estero y Río Negro, por citar sólo algunos, están a favor de analizar esa iniciativa, del mismo modo que lo hacen otros de sus pares críticos del oficialismo, como los de Córdoba, Santa Fe, Chubut y San Luis.
En el gobierno, reconocen que si la oposición mantiene en el Senado el quórum propio, tal como con más holgura ocurre en Diputados, no hay forma de parar una movida de esa naturaleza. Sólo queda salir otra vez a machacar con el clima destituyente y a plantear ante la sociedad que la oposición diga de dónde va a sacar el Tesoro los recursos que perdería por tener que ceder aquella montaña de plata a los gobernadores.
Hay algo peor que eso y que se busca ocultar: si aquella ley es aprobada, puede esperarse que lo primero que se termine es la política del látigo y la billetera ejercida por el santacruceño todos estos años. Se acaban los gobernadores o intendentes mendigos a las puertas de la Casa Rosada. Y los Kirchner se quedarían, además, con una nueva espada colgándoles sobre sus cabezas: nuevas deserciones pueden sobrevenir en el Congreso, si los legisladores deben responder a esa nueva realidad de sus provincias. Kirchner podría perder todavía más soldados para su desgajada causa, y no parece ser sólo una expresión de deseos de algunos que no lo quieren. Es curioso, pero en el propio gobierno se ha puesto de ejemplo a Daniel Scioli: "Si sabe que con el nuevo reparto del impuesto le van a llegar limpios dos mil millones más al año, sin tener necesidad de seguir agarrado al saco de los Kirchner, su alineamiento de ahora puede terminar abruptamente", dice un operador político por excelencia de la Casa Rosada. Un escenario de pérdida de la provincia de Buenos Aires para las aspiraciones del ex presidente de mantener el control del poder en ese vital distrito sería algo más que un mal sueño o sólo fantasmas que agitan sus opositores.
Hay mucho rencor acumulado por el destrato de todos estos años, y se refleja en algunos comentarios que se escuchan entre la tropa de gobernadores que esta semana visitó el Congreso, y en diálogos entre propios legisladores del oficialismo. Es cierto que nunca los unió el amor, sino la necesidad de permanecer fieles para no quedarse al margen del reparto de obra pública a cargo de Julio de Vido. Esta nueva realidad que pareciera ir plasmándose a medida que el poder de los Kirchner cae en picada, hace que no pocos sostengan, en aquellos diálogos, que hay que empezar a superar la actual etapa y salir en busca de nuevos liderazgos. No están inventando la pólvora. Apenas ocurre que los peronistas están oliendo sangre, y se aprestan para la tarea de reemplazar al santacruceño por un nuevo líder, al que, de hecho, todos y cada uno se rendirán, como ha ocurrido desde que Juan Perón fundó el partido.
En despachos oficiales, hay quienes, por estas horas, han vuelto a alertar sobre el verdadero estado de ánimo de Néstor Kirchner. Llamó la atención el cerrado mutismo en el que cayó después de su presencia en el Congreso, durante la Asamblea Legislativa, y tras el otro golpe de nocaut que le propinó la oposición, al dejarlo sin mayoría en el Senado. Quienes conocen el paño de Olivos dicen que ha reclamado una guerra santa contra la oposición, los jueces y la Corte Suprema, en línea con el tremendo discurso de la presidenta del jueves. En verdad, si se profundiza en el contenido de esas palabras cargadas de tensión, hay una línea de conexión entre el matrimonio. Ya se sabe cómo piensa Kirchner cuando le toca toparse con la adversidad: no hay más que recordar sus amagues cuando perdió la batalla con el campo, en julio de 2008.
Esto de jugar a todo o nada, en los límites de las formas democráticas, en los extremos, lleva a sostener a algunos observadores que Cristina Fernández se ha colocado, por estas horas, más cerca de Alberto Fujimori o Manuel Zelaya que de Lula o Pepe Mujica. El mensaje en cadena nacional del jueves, donde dejó clarito que ella no está dispuesta a acatar una ley de la oposición parlamentaria, a la que vetará de inmediato, o un fallo de la justicia que no convenga a sus intereses, va en esa línea.
A los Kirchner amenaza con lloverles sobre mojado: esta semana, se reunirá la oposición de la Cámara de Diputados, para analizar la derogación del nuevo decreto de necesidad y urgencia que dictó Cristina y anunció en su discurso del uno de marzo. Ese trámite pasaría luego al Senado, para que sea definitivamente sacado de circulación. Conclusión: en un par de semanas, el Fondo de Desendeudamiento Argentino dejaría de existir y el gobierno no podría utilizar las reservas que escamoteó mediante aquella trampa del lunes último, de la que fue cómplice Marcó del Pont. "Sería catastrófico", se limitó a comentar un funcionario, que, sin embargo, no cree que la oposición cometa "semejante acto de irresponsabilidad institucional".
La sesión en la Cámara Baja está asegurada a partir del repentino compromiso de los quince diputados de la centroizquierda de sumarse al recinto, luego de negarse a hacerlo en la oportunidad prevista para el miércoles último. El cambio obedece a que el resto del arco opositor aceptó introducir un párrafo en el que se crea una comisión que deberá investigar el origen de algún tramo de la deuda. Era lo que reclamaba Pino Solanas de Proyecto Sur, que aporta once escaños a un quórum que llegará a los 140 legisladores. Se dice que Kirchner intentó vanamente, en las últimas horas, convencer de no asistir a dos de sus aliados de ese espacio, como Carlos Heller y Martín Sabatella, que defendieron el Fondo del Bicentenario y ahora lo hacen con el de Desendeudamiento, pero no obtuvo respuestas.
La preocupación se torna directamente en desazón, cuando en el gobierno se hacen cuentas: es muy difícil que el oficialismo pueda recuperar la mayoría propia en el Senado, lo que augura un año en el que, efectivamente, Cristina Fernández deberá apelar más de una vez al veto; en especial, en los proyectos que figuran en la carpeta de radicales, peronistas y socialistas. Si Kirchner no pudo conseguir 37 senadores en el momento más acuciante de sus necesidades, como fue la sesión en la que la oposición impuso su nueva realidad y se quedó con mayoría en todas las comisiones, difícilmente pueda hacerlo en el futuro.
"Habrá que ver; no todo el rejunte de la oposición va a estar de acuerdo cien por ciento en todas las leyes; habrá que construir proyecto por proyecto", elaboró aquel encumbrado operador político de los Kirchner. Y planteó un interrogante que flota en el ambiente parlamentario: ¿qué hará Menem cuando haya que votar en el recinto la destitución de Marcó del Pont? El riojano no está dispuesto, hasta hoy, a bajarle el pulgar a una mujer a la que admira y que fue funcionaria suya.
Lo que asusta, de cara a lo que viene, es esa, al parecer, inevitable colisión entre una oposición cebada y deseosa de venganza, después de años de destrato, y un oficialismo cegado y dispuesto a todo, hasta a desconocer que existen otros dos poderes constitucionales. Es probable que ese choque encuentre otra vez a la gente en el medio.
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