jueves, 2 de febrero de 2017

INMIGRANTES

¡Basta de decir que EE.UU. es una nación de inmigrantes! Roxanne Dunbar-Ortiz - Monthly Review Una nación de inmigrantes: Este es un mito conveniente, que fue elaborado en los años sesenta como una respuesta a los movimientos contra el colonialismo, el neocolonialismo y la supremacía blanca. La clase dominante y su “grupo de cerebros” ofrecieron el multiculturalismo, la diversidad y la acción afirmativa en respuesta a las demandas por la descolonización, la justicia, las reparaciones, la igualdad social, el fin del imperialismo y una nueva narrativa de la historia —que no se limite a ser “inclusiva”— sino que sea verdadera. En reemplazo de la idea liberal del “melting pot” (crisol cultural) y la interpretación triunfalista y nacionalista del "país más grande del mundo y de la historia”, surgió el cuento de la “nación de inmigrantes”. En la década de 1980, el relato sobre las “olas de inmigrantes” hasta incluía a los pueblos indígenas --que habían sido brutalmente desplazados y asesinados por los colonos y las fuerzas armadas-- al aceptar la errónea teoría del “Estrecho de Bering” según la cual la inmigración indígena se produjo unos 12.000 años atrás. Ya entonces se sabía que la fecha era incorrecta, pues había evidencia de presencia indígena en el continente americano desde al menos 50.000 años atrás, y probablemente más tiempo aún, al igual que había también evidencia del ingreso de personas por el Pacífico y del Atlántico —quizás, como Dine Deloria, jr. lo dijo, las huellas de indígenas americanos hacia otros continentes serán reconocidas algún día. Pero, los nuevos textos de historia oficial proclamaron que los pueblos indígenas fueron los “primeros inmigrantes”. Decían también, que luego llegaron los inmigrantes de Inglaterra y África, seguidos por los irlandeses, después los chinos, los europeos del Sur y del Este, los japoneses y los mexicanos. Hubo algunas objeciones de los afroamericanos a que se considerara como “inmigrantes” a los africanos capturados, esclavizados y traídos encadenados a través del océano, pero no le hicieron mella al estribillo de “nación de inmigrantes”. La tergiversación del proceso de colonización europea de América del Norte, al representar a todos como inmigrantes, sirve para preservar la “historia oficial” de Estados Unidos como un país principalmente benigno y benévolo, y para enmascarar el hecho de que los colonos del periodo anterior a la Independencia eran exactamente eso, colonos, como lo fueron en África e India, o como los españoles en América Central y Sudamérica. Desde su origen, Estados Unidos fue fundado como un país de colonos, y como un imperio (“destino manifiesto”, por supuesto). Los colonos eran ingleses, galeses, escoceses, irlandeses de origen escocés y alemanes, sin incluir a los numerosos africanos que no eran colonos. El otro grupo de europeos que llegó a las colonias, y cuyos integrantes no fueron ni colonos ni inmigrantes fueron los pobres, los convictos, los sometidos a la servidumbre (indentured servants), los secuestrados de la clase trabajadora (vagabundos y artesanos desocupados), como lo definió Peter Linebaugh; muchos de los cuales optaron por unirse a las comunidades indígenas. Solo a principios de la década de 1840 comenzó lo que podría llamarse “inmigración” con la llegada de millones de católicos irlandeses empujados fuera de Irlanda por las políticas británicas. Los irlandeses fueron discriminados por ser mano de obra barata, no por colonos. Después de ellos vino el flujo de otros trabajadores de Escandinavia, Europa del Este y del Sur, más irlandeses, además de chinos y japoneses, aunque pronto el país prohibió la inmigración de Asia. Recién en 1875 se promulgaron las primeras leyes de inmigración, cuando la Corte Suprema de Justicia de EE.UU. declaró que la regulación de la inmigración era responsabilidad del gobierno federal. En 1891 se creó el Servicio de Inmigración. Sepultado por toneladas de propaganda —desde el desembarco de los “peregrinos” ingleses (evangélico-cristiano-protestantes fanáticos) hasta el increíblemente popular “El último de los mohicanos” de Fenimore Cooper que esgrimió “derechos naturales” no solo sobre los territorios indígenas sino también sobre los territorios reclamados por otros poderes europeos— reside el hecho de que la fundación de Estados Unidos fue una división del Imperio anglosajón, y que EE.UU. se transformó en un imperio paralelo a Gran Bretaña. Desde el principio, como quedó especificado en la Ordenanza del Noroeste que precedió a la Constitución de EE.UU., la “nueva república hacia el imperio” —como llamó Jefferson a Estados Unidos— visualizó su forma futura, lo que hoy son los 48 estados contiguos del país. Trazaron mapas rudimentarios, especificando que el primer territorio a conquistar sería el “Territorio Noroeste”, de ahí el nombre de la ordenanza. Ese territorio era el valle de Ohio y la región de los Grandes Lagos, que estaba poblada por comunidades campesinas indígenas. Una vez implementada la conquista del “Territorio Noroeste” mediante una combinación de campañas militares genocidas, asentamientos de colonos europeos traídos del este y el desplazamiento de los pueblos indígenas hacia el sur y al norte (adonde fueron buscando protección en otros territorios indígenas), la “república hacia el imperio” anexó la Florida española. Allí los esclavos africanos fugitivos y los remanentes de las comunidades indígenas que habían escapado de la matanza de Ohio resistieron luchando en tres guerras principales (Guerras Seminole) durante más de dos décadas. En 1828 el presidente Andrew Jackson (que como general había dirigido las Guerras Seminole) usó el Acta de Desplazamiento de los Indígenas para forzar a las naciones campesinas indígenas del Sudeste —desde Georgia hasta el río Mississippi— a abandonar sus territorios y trasladarse a Oklahoma, que había sido conseguido con la “Compra de Louisiana” a Francia. Los colonos anglosajones con los africanos esclavizados ocuparon los campos de agricultura que el gobierno les había quitado a los indígenas en la región del Sur. Muchos se trasladaron a la provincia mexicana de Texas —luego vino la invasión militar estadounidense de México en 1846, en la que el ejército de EE.UU. tomó la ciudad de México y forzó a este país a cederle toda su mitad norte, con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848). A partir de entonces, California, Arizona, Nuevo México, Colorado, Utah y Texas quedaron disponibles para el asentamiento “legal” de colonos anglosajones. También se legalizó a aquellos colonos que habían establecido asentamientos ilegales y con el uso de la fuerza previo al tratado. Durante los siguientes 40 años, las comunidades de mexicanos pobres y de indígenas, como apaches, navajos y comanches, que vivían en el territorio ocupado resistieron la colonización, como habían resistido anteriormente al imperio español, a menudo con la fuerza de las armas. En cambio, la pequeña clase de la élite hispana le dio la bienvenida a la ocupación y colaboró con Estados Unidos. ¿Es apropiado usar el término “inmigrante” para denominar a los pueblos indígenas de América del Norte? No. ¿Es apropiado usar el término “inmigrante” para denominar a los africanos esclavizados? No. ¿Es apropiado usar el término “inmigrante” para denominar a los primeros colonos europeos? No. ¿Es apropiado usar el término “inmigrante” para denominar a los mexicanos que migran para trabajar en Estados Unidos? No. Son trabajadores migrantes que cruzan una frontera trazada por el ejército de Estados Unidos usando la fuerza. Muchos de los cruzan esa frontera hoy en día provienen de América Central, de pequeños países devastados por la intervención militar de EE.UU. en la década de 1980, y que también tienen derecho a hacer reclamos en Estados Unidos. Entonces, basta de decir que “esta es una nación de inmigrantes”. Roxanne Dunbar-Ortiz tiene una larga experiencia como activista, profesora universitaria y escritora. Además de libros y artículos académicos, ha escrito tres memorias históricas: Red Dirt: Growing Up Okie (Verso, 1997), Outlaw Woman: Memoir of the War Years, 1960–1975 (City Lights, 2002), y Blood on the Border: A Memoir of the Contra War (South End Press, 2005) sobre la guerra de la Contra en los años 80 contra los Sandinistas. Fuente: http://mrzine.monthlyreview.org/2006/dunbarortiz290506.html

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