miércoles, 1 de agosto de 2018

ALFREDO BRAVO

Jaime Rosemberg: "Alfredo Bravo fue ante todo un maestro" Jaime Rosemberg publica una biografía sobre el dirigente socialista Alfredo Bravo. Jaime Rosemberg es periodista de la Sección Política de La Nación. Acaba de publicar una impresindible biografía sobre el dirigente socialista y sindicalista docente Alfredo Bravo: Un maestro socialista. Vida, pasión y legado de Alfredo Bravo (Homo Sapiens). ¿Quién fue Alfredo Bravo? Alfredo Bravo fue un dirigente político socialista, gremialista docente, funcionario de Raúl Alfonsín y referente de los derechos humanos desde la época más oscura que vivimos los argentinos, la década del setenta, que incluye a la última y más sangrienta dictadura militar. Pero creo que fue mucho más que eso, y ante todo, un maestro. Intentó hacer docencia en cada uno de los lugares a los que llegó y pudo ocupar, Y se propuso en todos los casos dejar su huella en base a algunos principios, como la honestidad en el ejercicio de la función pública y la coherencia entre el decir y el hacer, algo bastante poco común en la política argentina de cualquier época. Tuvo errores, por supuesto, y pagó caro algunas alianzas con dirigentes de ese sector que terminaron en fracaso. ¿Por qué elegiste contar su vida? La elección data de 2001, cuando lo elegí como tema de mi tesis para aprobar el master en periodismo del diario La Nacion y la Universidad Di Tella. Esa tesis fue la base de este libro, la que me permitió conocerlo mucho más, compartir con él sus vivencias políticas y personales. Quince años después me reencontré casi de casualidad (una mudanza) con todo el material de la investigación, y me entusiasmé con convertir aquella tesis en un libro que refleje la vida de ese socialista tan particular, con tantos matices interesantes, de carácter volcánico, y con una veta popular que lo hacía respetado y querido por toda la clase política. En el libro se cuentan algunas aspectos poco conocidos de Don Alfredo, sobre todo de su infancia y juventud. El fútbol, como jugador en inferiores de Platense y el teatro, con algún éxito de taquilla incluído. ¿En qué influyeron esas experiencias en el Bravo político? Creo que esas experiencias fueron moldeando al hombre, y le dieron una pátina de cercanía con los fenómenos populares. El futbol, por supuesto, fue una de sus grandes pasiones, como jugador no tuvo demasiado éxito, pero como dirigente de su amado River Plate participó de manera activa en la vida política del club, incluso intentó ser presidente, aunque los números no le sonrieron demasiado. En lo que hace al teatro, tenía una veta artística que lo incluyó en aquel fascinante mundo del teatro y la bohemia de las décadas del 40, 50 y 60. No salió nunca de allí, más allá de que tuvo otras obligaciones y que dejó de lado esa vocación por las tablas. ¿Alguna vez se reeditaron sus obras teatrales? No que yo sepa. Tuvo bastante éxito con El cerco se cierra, que habla de un amor que no puede concretarse por los prejuicios de la época. Creo que es, a su modo, bastante autobiográfico, y refleja un espíritu inquieto que nunca terminó de aquietarse, ni aún a los 78 años que tenía cuando falleció. ¿Quiénes fueron sus inspiraciones políticas? Bravo nació en una casa anarquista, su padre Francisco fue un panadero malagueño de pocas pulgas, él hubiera querido que Alfredo fuera un poco más extremo en sus posturas, le salió un socialista moderado. Creo que Alfredo Palacios, ese quijote romántico con aquella estampa tan particular, con su bigote y su sombrero, fue su principal inspiración, porque más allá de su estética fue el abanderado de las leyes vinculadas a conquistas sociales que marcaron al socialismo argentino y que luego el peronismo plasmó en hechos concretos. Esas ideas lo enamoraron desde su adolescencia, y para meterse en ese mundo fue fundamental la figura de Italo Americo Foradori, socialista y sindicalista, que lo arropó para que se sumara tanto al PS como al gremialismo docente. Rara avis en el sindicalismo, un dirigente socialista fundando CTERA. ¿Cuál era su modelo sindical? ¿Qué relación o diferencias encontrás con los actuales modelos de sindicalismo docente? Bravo era un sarmientino de pies a cabeza. Al igual que el ex presidente, estaba convencido de que la educación es el pasaporte para salir de la ignorancia y desarrollar a un pueblo, a un país. Creía en un modelo sindical pluralista que respalde al docente como “apóstol”, alejado de las corrientes peronistas que lo veían como un “trabajador” y lo equiparaban de ese modo con otras profesiones. El decía que el maestro era como un médico, que no puede abandonar a su paciente salvo un caso extremo, con lo cual se distanciaba de los gremios peronistas que usaban (y usan) al paro como método casi te diría permanente de negociación con los distintos gobiernos. La preocupación era similar, pero los métodos eran muy distintos, y le valieron los insultos de los gremios vinculados al peronismo, que incluso le gritaban traidor en las asambleas que desembocaron en la fundación de la CTERA. Un punto en el que el sindicalismo docente suele posicionarse negativamente es respecto a la evaluación. ¿Crees que Bravo acompañaría dichos posicionamientos? A mi modo de ver, hubiera respaldado las evaluaciones a los docentes, su experiencia como funcionario en el área de Educación durante el gobierno de Alfonsín así lo demuestra, aunque a la vez hubiera desconfiado también, y cuidado que esas evaluaciones sirvan como modo de desprestigiar la labor docente. Ponía al alumno en el centro de la tarea educativa, y creo que en ese sentido nada es mejor para eso que un docente preparado, que revalida sus conocimientos cada día. Bravo estaba orgulloso de su único título, maestro de grado, más allá de que llegó a director, parte de los consejos escolares y funcionario del área educativa con su amigo Alfonsín. El recorrido político de Bravo es, si me permitís la comparación, quijotesco. Pero a la vez, muy anclado en la realidad y los márgenes que la política argentina permite. ¿Crees que es válida la comparación? Creo que sí, que su recorrido fue quijotesco. Siempre tomó decisiones según lo que le indicaba su intuición, sus tripas, aunque no fuera lo que más le convenía. En el 56 dejó el partido socialista, que se había jugado en buena medida para apoyar a la Revolución Libertadora, veinte años después la dictadura lo desapareció, lo torturó y lo tuvo preso mientras varios de sus compañeros de partido aceptaban cargos en la dictadura de Videla. Y en el 87 renuncia a su cargo, cuando la UCR instaura las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, aunque otros socialistas siguieron con Alfonsín hasta el final de su mandato. Todo este combo le permitió ser un referente de la centroizquierda cuando volvió a la política partidaria, en los noventa, más allá de sus cualidades personales, de hombre de barrio, con pasiones como el tango y el futbol, que lo convertían en una especie de sabio popular muy querible. No le alcanzó para ser gobernador, o Presidente, no sé si más allá de sus intentos quería de verdad llegar a esos lugares, le alcanzaba con dar testimonio. Derechos humanos, sindicalismo, política, deporte. En pocos dirigentes políticos se reúnen estos campos de acción. ¿Cuál era la fortaleza de Bravo para mantener esta línea y a la vez ser reconocido honestamente en todos estos ámbitos? ¿Qué lo diferenció de otros políticos? Creo que fundamentalmente fue coherente entre lo que decía y hacía en todos esos ámbitos. Su formación como maestro, sus experiencias personales, su apego a las cosas simples, fueron moldeando a un dirigente de convicciones firmes, tal vez demasiado rígido hacia el final de su vida, pero siempre con un norte, esos valores humanistas de igualdad y solidaridad que son marca registrada del socialismo, y que muchas veces quedaron pisoteados o bastardeados por conveniencias personales o mezquindades propias de la actividad política. Creo que la vida de Bravo es un ejemplo a tomar también por el progresismo argentino, tan de uno y otro lado de la grieta, que cada vez parece profundizarse más. Era, a la vez, amigo de Cristina Kirchner y de Elisa Carrió, de Alfonsín y de peronistas como Miguel Pichetto, de los organismos de derechos humanos y del general Martín Balza. No es poco en esta Argentina de la división y los personalismos.

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