viernes, 13 de septiembre de 2013

CULTO AL TERRORISMO

La juventud kirchnerista y el culto al terrorismo Por Agustín Laje (*) 7 de septiembre de 1970. Para entonces, Aramburu ya fue secuestrado y fusilado por un grupo de jóvenes que, haciéndose llamar “Montoneros”, encontraron en el magnicidio la atención de todo un país. La ciudad cordobesa de La Calera, asimismo, también ya había sido tomada pocas semanas antes (1° de julio), en un operativo que incluyó la ocupación de la comisaría local, del correo, de la oficina de teléfonos, del municipio, y un robo al banco de la ciudad. No todo salió bien, sin embargo, en este último operativo. Al momento de la retirada, uno de los vehículos falló, y dos guerrilleros que debieron volver caminando fueron detenidos por la policía. Aquéllos no guardaron lo que sabían, y brindaron a los agentes policiales información suficiente como para empezar la búsqueda del grupo montonero de Buenos Aires, autor del “Operativo Pindapoy” que terminó con la vida de Pedro Eugenio Aramburu. El desorden organizacional que significó el desenlace de La Calera no impidió que los montoneros porteños redoblaran la apuesta y se decidieran por robar la sucursal del Banco Galicia de Ramos Mejía el 1° de septiembre de ese año, obteniendo 13 millones de pesos, una ametralladora Uzi y tres pistolas. Lo que no dimensionaban con suficiente claridad los jerarcas de la organización, era que las fuerzas de seguridad estaban tras sus pasos, y que apenas seis días más tarde darían con ellos. 7 de septiembre de 1970. Día histórico para la cultura montonera. Día del martirio y la santificación de lo que Pablo Guissani llamará años después, con notable precisión, “la soberbia armada”. Día en el que la historia pasará por donde quizás nunca antes había pasado: la localidad de William Morris, ubicada en el partido de Hurlingham, al oeste del Gran Buenos Aires. El hecho fue más o menos así: parte de la conducción montonera planifica reunirse en una pizzería llamada “La Rueda” a las 20.30 horas. En efecto, deben reorganizarse y tomar algunas medidas después del caos interno que produjo el episodio de La Calera. Sabino Navarro, Fernando Abal Medina y Luis Rodeiro ingresan al restaurante, mientras Carlos Ramus hace guardia afuera, desde un Peugeot 404. Tres policías ingresan al lugar, piden a los montoneros sus documentos, y éstos brindan identificaciones falsas que logran engañar a las fuerzas del orden. Pero el problema acontece afuera, cuando otros dos policías se acercan a Ramus y reciben de éste una ráfaga de tiros. Parapetado detrás del auto, el montonero pretende lanzar una granada a los policías que salen de la pizzería ante la alarma del tiroteo, pero ésta le explota en la mano y lo mata. Abal Medina se suma a la refriega y es rápidamente abatido. Los otros dos montoneros, de alguna forma, logran salvar sus vidas y pueden relatar lo acontecido. 7 de septiembre de 2013. Cuadragésimo tercer aniversario del “Día del Montonero” que, en memoria de aquel episodio de William Morris, homenajea el accionar de la organización terrorista de mayor envergadura que nuestra historia nacional conoció. La “soberbia armada” de Giussani se reafirma, así pues, año tras año, ininterrumpidamente, y desde hace no tanto con la venia oficial. No es sólo la exaltación de la muerte heroica, sino, por sobre todas las cosas, de una convicción revolucionaria fundamentalista, comprometida con la violencia armada. Es la exaltación de la sangre; de la capacidad de dar la vida propia, pero también, probablemente en mayor medida, de arrebatar la de los demás en nombre de abstracciones ideológicas. Es el aniversario no sólo de Ramus y Abal Medina; ellos son tan sólo el símbolo de la épica y la desmesura izquierdista. Es el aniversario de aquellos que se reconocen en Ramus y Abal Medina, es decir, de aquellos que no vacilaron en integrar una organización terrorista que acabó con la vida de cientos de seres humanos durante los trajinados años ´70 y que hoy, en un acto de irresponsabilidad histórica y moral, son conmemorados por organizaciones oficialistas. Al igual que ocurrió con el “Día del Montonero” del año pasado que contó con la presencia del activismo kirchnerista (Kolina, Negros de Mierda, Tupac Amaru y Movimiento Evita), en el nuevo aniversario que acaba de pasar hace apenas algunos días, las agrupaciones juveniles del kirchnerismo también participaron y convocaron a rendir culto al terrorismo setentista. Pero hay un dato que habla a las claras de una paulatina radicalización de quienes se asumen como miembros de una generación y una corriente política destinada a ser la continuidad ideológica del terrorismo montonero: mientras que en el año pasado los nombres de Kolina, Negros de Mierda, Tupac Amaru y Movimiento Evita figuraban un tanto escondidos en la folletería del acto, este año la llamada “Juventud Kirchnerista de Izquierda” lanzó un llamativo cartel que resume el culto a la violencia terrorista como estrategia de construcción política. En efecto, el cartel en cuestión es una ilustración de seis montoneros haciendo ostentación de armas largas y cortas, dueños de una mirada desafiante, punzante, fría, reposando sobre el logo de la agrupación K. Mucho se ha dicho y especulado sobre la radicalización de las juventudes kirchneristas en los últimos tiempos, tan influidas por el relato setentista y tan cercanas a ciertos personajes que integraron organizaciones armadas en su juventud, como Dante “Canca” Gullo, “padrino” y formador ideológico de La Cámpora. Las hipótesis, en general, van de un extremo a otro, sin matices. Hay quienes sostienen que los jóvenes kirchneristas adoptan como maquillaje el discurso setentista para lucrar en el Estado (y que no serían capaces de disparar ni con pistola a “cebita”), y hay quienes arguyen que los jóvenes kirchneristas son una fiel reproducción de Montoneros, y que llegado el momento, podrían resultar ciertamente tan peligrosos como éstos. Mi impresión es que ambas tesis, en la búsqueda de una respuesta determinante, resultan poco acordes a la realidad. En rigor, la verdad es un poco más grisácea: es probable que los cuadros más importantes de La Cámpora −y demás grupos juveniles K− se hayan subido al tren de la popularidad setentista embelezados por las mieles del poder (tal como hicieron sus referentes Néstor y Cristina Kirchner), pero no resulta creíble que absolutamente toda la juventud kirchnerista adopte una lógica instrumental en la configuración de su discurso neomontonero. Los “idiotas útiles” han sido una constante en este tipo de agrupaciones. Y en este sentido, el peligro no son las cabezas, sino sus bases. Salvando la distancia, no debe olvidarse que después de 1976 las cabezas montoneras se exiliaron del país, pero las fanatizadas bases se quedaron aquí, combatiendo, mientras sus líderes salvaban su propio pellejo a miles de kilómetros del peligro. Múltiples son los escenarios que pueden darse en este nuevo contexto político que tiene lugar en la Argentina, caracterizado por la caída sin freno −hasta lo que se anuncia como una inevitable muerte− del kirchnerismo. Si bien la salida ordenada es la posibilidad que por ahora los analistas políticos consideran como la más cierta entre los escenarios posibles, no debiera descartarse una salida desordenada. ¿Tan descabellado resulta pensar en una exacerbación de la confrontación política y social a medida que nos acerquemos al 2015, instancia en la que a muchos les llegará la fecha de vencimiento y se pondrán cada vez más nerviosos? ¿Tan poco factible resulta pensar en la construcción discursiva de una “guerra” contra las “fuerzas destituyentes” que movilice a los elementos más fanáticos del kirchnerismo a “poner el cuerpo” por la reina que no fue? Ciertamente estas posibilidades no nos resultan delirantes, porque ya estamos viendo algunos signos en este sentido, como el supuesto “golpe” que acusa Luis D´Elía, con fecha y todo. ¿Es potencialmente violenta la juventud kirchnerista? Tal es el interrogante más importante en esta dirección, pues si hay potencia, el paso que lleva al acto puede ser generado simplemente por las circunstancias (entre ellas, las antedichas). Y mi respuesta es que sí: la juventud kirchnerista es potencialmente violenta. Su socialización política ha sido efectuada con arreglo a una discursividad esencialmente belicosa: la setentista. La mitología que signó dicha socialización fue la de los héroes que no vacilaban en morir, pero tampoco en matar, y que hacían de la violencia un sacrilegio. La política se les presentó, así pues, como “una continuación de la guerra por otros medios”, donde no hay adversarios, sino enemigos. El problema es que si esos medios no llevan a la victoria, pues quedan latentes los otros. No debe olvidarse que la semilla del fanatismo nunca es difícil de hacerla germinar. Y en las juventudes kirchnerista, esa semilla ha sido muy bien plantada y en cualquier momento podría ser regada por la fuerza de las circunstancias de una caída sin retorno. (*) Su próximo libro, en coautoría con Nicolás Márquez, se titula “Cuando el relato es una FARSA”, y estará disponible en las librerías en las próximas semanas. agustin_laje@hotmail.com

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