lunes, 18 de junio de 2012

NEGROS DE MIERDA

Por Carlos Manuel Acuña Muchas veces la estupidez puede se peligrosa pero en política, lo es casi siempre y si viene cargada de ideologismo y resentimiento, ya no caben dudas de su peligrosidad. Pese al tiempo transcurrido de la tremeda decadencia que nos agobia, no terminamos de acostumbrarnos a soportarla y lógicamente queremos sacárnosla de encima cuanto antes. El esfuerzo bien vale la pena. La vulgaridad del título que hoy utilizamos forma parte de ese esfuerzo o al menos, esa es la intención. También es el nombre elegido por un grupo de jóvenes que decidieron con esas mismas palabras ingresar en esa agencia de colocaciones llamada "La cámpora" y ocupar un puesto en el sistema administrativo de nuestra burocracia. No hace mucho, uno de sus principales activistas - un verdadero jefe militante - resolvió probarse a si mismo y se vistió con el adecuado atuendo de "pibe chorro": zapatillas sin medias, pantalones ni cortos ni largos, una camisa sucia y desordenada, una barba de varios días y la testa coronada con la clásica gorra de visera invertida. Con las manos en los bolsillos y "silbando bajito" como en el tango, encaró decidido hacia la guardia externa de una cárcel ubicada en la periferia capitalina e inevitablemente, fue detenido por el agente del Servicio Penitenciario Nacional que, atento, ocupaba su puesto. Divertido, el desarrapado joven lo miró desafiante a los ojos y se identificó como el nuevo Director Nacional del Servicio. Constatada su identidad, los asombrados Guardianes lo recibieron y acompañaron a Víctor Hortel - tal es su nombre y apellido - abogado y escribano de unos cuarenta años de edad que inauguró el estilo de hacer inspecciones sorpresivas con ese atuendo. Su llegada al importante cargo que ahora ocupa, se concretó gracias a los esfuerzos del CELS que dirige Horacio Verbitsky y a su vinculación con el CUD, el organismo universitario que funciona en las cárceles y que le dió el título de abogado a Sergio Shoklender. Desde que está en funciones, no fue difícil obervar que Hortel no abandonó su afición a las bebidas espirituosas, realidad que a veces explicó la adopción de medidas extrañas que rompieron y rompen el estilo y las normas que rigen la función de tratar con detenidos de diversas categorías. Es partidario que en las cárceles de mujeres a las presas se les organizen fiestas para que bailen con sus guardianes, iniciativa que fue enfáticamente resistida por los especialistas en la materia por las obvias razones nada difíciles de advertir, con el agregado de que en el fondo, como objetivo principal, existe la ideología que apunta a destruir las jerarquías y el orden. Pese a todo, el debate continúa como también la especialidad adoptada que no depara sorpresas habida cuenta de las circunstancias: las requisas en aquellos calabozos donde están recluídos los presos políticos. Como si la inconstitucionalidad y persecución a la que son sometidos fuera insuficiente, el propio Víctor Hortel se dedica a fotografiar los pocos bienes que poseen, al mismo tiempo que hace notar hasta el exceso la autoridad con que actúa. En ejercicio de ese detalle, organizó para los delincuentes verdaderas "batucadas" con tamboriles y un derroche de alegría que altera las formas del ámbito donde se desempeña. Mantiene conversaciones con los presos comunes que exceden las normas de la prudencia y que salvando las distancias, traen a la memoria la opinión social y política que le merece al ministro de la Corte Suprema, Dr. Zaffaroni, el sentido de la culpa con que viste su concepción doctrinaria sobre el derecho penal. Para Hortel, corresponde mantener un vínculo coloquial con la población encarcelada por distintos delitos comunes y ofrecerle beneficios de toda naturaleza al mismo tiempo que se muestra despectivo con los integrantes del Servicio Penitenciario. Estos guardan un significativo silencio acerca de la situación y nada dicen de la irrupción de jóvenes "camporistas" en los distintos niveles administrativos y especializados de la difícil tarea que cumplen. Hay reemplazos y designaciones, altas y bajas y las novedades trascienden a duras penas, excepto aquellos actos como los que registran las fotografías que ilustran este comentario. Nuestros lectores se asombrarán pero pueden acercarse, por ejemplo, a la cárcel de Villa Devoto, la misma cuyos vecinos todavía recuerdan el extraordinario y peligroso escándalo que se registró en mayo de 1973 cuando Abal Medida, Esteban Righi - para ese entonces ministro del Interior del flamante presidente Hector J. Cámpora y hoy en desgracia - organizaron la salida desorganizada e ilegal de los jóvenes subversivos que luego amnistió el Congreso y que de inmediato "volvieron a las andadas", como quien dice. En los hechos, ese suceso concretó la decisión de Juan Perón de sacarlo a Cámpora de la Casa Rosada, lo que se concretó cuarenta y pico de días después. La coqueta puerta pintada de rosa es la misma que se intentó derribar para liberar a todos los presos, lo que pudo evitarse gracias a la decidida acción de los Penitenciarios que impidieron desgracias mayores. Hubo muertos y heridos y lo ocurrido forma parte de una historia que se quiere tergiversar pero también repetir. La pintada, las coloridas flores y la curiosidad de la mujer que simbólicamente rompe las cadenas, por órdenes expresas de Hortel está a cargo de un grupo de presos que ya en la calle deben quedar bajo la vigilancia de un único guardia. Cuando se le señaló al Director el peligro potencial de que uno de los "pintores" pudiera escapar, la respuesta es defícil de calificar, clasificar o interpretar: "bueno..., entonces que se vaya...". Como podrá obervarse, el espíritu "liberador" y la capacidad de iniciativa de la que hace gala el jefe militante de la línea interna "Negros de mierda", se tradujo en la falta de ortografía que caracteriza a los integrantes del curioso batallón (vatayón) de presidiarios dedicados a desparramar ideología entre los de su misma categoría. Esperanzados, aguardan que en algún momento se concrete la libertad para cumplir con lo que deben hacer a partir de su reclutamiento.

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