martes, 28 de junio de 2016

LAS CLASES SOCIALES

LAS CLASES SOCIALES Posted: 28 Jun 2016 05:43 AM PDT Por Horia Sima A unidad de la nación está permanentemente amenazada por una serie de fuerzas de tendencia centrífuga: los partidos políticos, las corrientes regionalistas y las clases sociales. De todas estas fuerzas susceptibles de convertirse en un peligro para la existencia de la nación, cuando se corrompen y degeneran, las mayores perturbaciones son provocadas por la lucha de clases. La importancia que ha adquirido esta lucha en nuestros días no se debe a la enorme masa obrera que apareció en cada nación como consecuencia del proceso de industrialización del mundo entero, sino especialmente al desplazamiento de su centro de gravedad. La lucha de clase ya no se desarrolla hoy día dentro de las fronteras de un país, sino que es explotada por un movimiento con carácter internacional, el comunismo, cuya meta final. es la dominación de toda la tierra. José Antonio reconoce que la crítica hecha del liberalismo político por el socialismo es justa. El Estado democrático no ampara al ciudadano en el campo de la competencia económica. Este tipo de Estado se contenta con proclamar la libertad del trabajo y de todas las relaciones económicas; pero no se preocupa de la condición particular de cada ciudadano, de su resistencia económica, del capital con el cual entra cada uno en esta lucha. En un Estado demoliberal, el obrero se encuentra en iguales condiciones de trabajo que una persona poseedora de una fortuna inmensa. De esta lucha desigual, el obrero está condenado a salir permanentemente derrotado. En la teoría, el obrero puede emplearse donde le parezca y en las condiciones que él crea aceptables para sus propios intereses; pero en la práctica se convierte en esclavo de aquellos que poseen el capital. El hambre, la falta de medios económicos, le obligan a aceptar el primer empleo que se le ofrece. La libertad de que goza el obrero en el sistema económico capitalista es ilusoria. En realidad, esta libertad no beneficia más que al capitalista. El obrero no tiene recurso alguno para defenderse contra aquellos que poseen los medios de producción. Una retribución justa para su trabajo le está prohibida. Como subraya José Antonio: «El obrero aislado, titular de todos los derechos en el papel, tiene que optar entre morirse de hambre o aceptar las condiciones que le ofrezca el capitalista, por duras que sean» (56). En esta lucha, el Estado demoliberal no interviene. Es una cuestión que no entra dentro de sus atribuciones. El liberalismo político ofrece al obrero derechos y libertades, pero lo abandona a la explotación económica del capitalista. El capitalismo es responsable en las épocas de prosperidad de la proletarización de la nación, y cuando está agotado por alguna crisis, los daños los pagan siempre los obreros. Las fábricas cierran sus puertas, y millones de hombres quedan sin trabajo. Los proletarios bajan así un peldaño más en la escalera social: se convierten en parados. La justicia social se ha convertido en un imperativo de nuestros días. El problema social no se puede ni ignorar ni falsificar. Existe una clase de hombres que viven en la miseria, en la periferia de las grandes ciudades, y están buscando una vida mejor. Una de las soluciones del problema es la indicada por el marxismo. Esta doctrina sostiene que la emancipación económica de la clase obrera no se puede efectuar más que en el plan internacional. La injusticia social desaparecerá del mundo solamente por el esfuerzo común de todas las clases explotadas, de todos los países. Los obreros deberían unirse en un frente común contra un enemigo de clase, el único y lo mismo en todos los países. Para tener éxito en su lucha, ésta tiene que extenderse al mundo entero. El proletariado victorioso edificará entonces, sobre las ruinas de los Estados actuales, el imperio mundial de la justicia social, que el comunismo pretende representar de manera exclusiva. La lucha de clase no es un fenómeno específico de nuestra época. Aparece en el mundo junto con la Historia junto con la organización de la sociedad política. La innovación que aporta el marxismo consiste en sacar la lucha de clase del cuadro nacional y ponerla bajo un mando internacional. Según su doctrina, los obreros del mundo entero estarían enlazados los unos a los otros por intereses mucho más poderosos que aquellos que les unen a sus países. El hecho de pertenecer a una clase sería mucho más importante que el de pertenecer a una nación; el obrero de una nación estaría mucho más cerca, política y espiritualmente, al obrero de otra nación que a su propio connacional de otro origen social. La Humanidad tendría una fisonomía distinta de la que conocemos hasta ahora: en toda la extensión de la tierra estaría constituida por una clase poseedora y la clase de los explotados. Las naciones no serían más que variedades secundarias del género humano. El comunismo provoca una escisión artificial entre lo nacional y lo social. Desplaza la clase social del cuadro de la nación y la trata como si fuera un organismo mucho más importante que las naciones. Procede como si, arrancando el corazón y los pulmones de un organismo biológico, se pretendiese que toda la vida se resume en ellos y que pueden vivir aislados. Bajo el pretexto de introducir un nuevo orden social, de hacer justicia a las víctimas del capitalismo, se atenta a la integridad misma de las naciones. El hombre es reducido al estado de un animal social. El ideal comunista es el de una Humanidad amorfa, en la cual estaría apagado hasta el recuerdo de una vida nacional. Corneliu Codreanu, José Antonio y todos los nacionalistas del mundo eligen otro camino para solucionar el problema obrero. Ellos se oponen con todas sus energías a esta solución abominable, obra de un cerebro demente o satánico. Para realizar la justicia social no es imprescindible hacer volar al aire todas las instituciones del pasado. El camino de las reivindicaciones obreras no pasa obligatoriamente por encima del cadáver de la Patria. Es tan absurdo -decíamos en otro trabajo- como si se pretendiese que prendiendo fuego a una casa se arreglase una puerta o una ventana estropeada. La injusticia social indica el mal funcionamiento del organismo nacional. Es suficiente restablecer su buen funcionamiento para que la injusticia social desaparezca. La mejoría del nivel de vida de la clase obrera se puede realizar perfectamente respetando los límites nacionales. Nada nos obliga a sacrificar la Patria. Es absurdo que, a causa de un grupo de individuos anárquicos e irresponsables que detentan los medios de producción y rehusan hacer justicia al obrero, aniquilemos los esfuerzos milenarios de un pueblo. La Patria está por encima de las reivindicaciones sociales. Ella representa el sentido histórico de la existencia del hombre. Una revolución social no puede venir desde fuera. Ella debe efectuarse sobre la plataforma de la nación. Sólo la nación tiene el derecho de hacer revoluciones. Cuando interviene una fuerza extranjera en una acción revolucionaria, se atacan los derechos de la nación y se es infiel a la misma revolución; y los que se sirven de dicha fuerza para destruir el orden interno no son más que traidores de la Patria. Los partidos comunistas, que están a las órdenes de una potencia extranjera, no son partidos nacionales. Por eso, un Estado consciente de su misión sólo puede tratarlos como a un ejército extranjero invasor del territorio nacional. «No permitimos a nadie -dice Corneliu Codreanu respecto a este asunto- que levante sobre la tierra rumana otra bandera que la de nuestra historia nacional. Por grande que sea la razón de la clase obrera, no le es lícito levantarse por encima y contra las fronteras de nuestro país. No admitirá nadie que por tu pan arrases y entregues en manos de una nación extranjera de banqueros y usureros, todo lo que fue ahorrado por los esfuerzos dos veces milenarios de una estirpe de trabajadores y de valientes. Tu justicia dentro de la justicia de la estirpe. No se admite que para tu justicia destruyas la justicia de tu nación» (57). Comentando la revolución de Asturias, del mes de octubre de 1934, José Antonio subraya que su gravedad reside especialmente en la intervención de una potencia extranjera. Los soldados que han ahogado aquella revolución no han defendido el orden burgués, como afirmaban los partidos conservadores, sino las permanencias de España, amenazadas por el marxismo. Admira el valor de los mineros de Asturias y deplora al mismo tiempo que se han dejado engañar por los agentes de la internacional comunista: «No empleéis vuestro magnífico coraje en luchas estériles. Haced que os depare, además de la justicia y el pan, una Patria digna de vuestros padres y de vuestros hijos» (58). La lucha obrera para un porvenir mejor es legitima cuando se mantiene dentro del cuadro nacional. Todo el que se asocia con una potencia extranjera -no importa el motivo de su lucha- infringe la disciplina nacional y la reacción de un Estado consciente de su misión es inevitable. Pero esta norma debe regir para todas las clases sociales. La clase poseedora es igualmente antinacional cuando invoca a la Patria, a la tradición, a la autoridad, al interés nacional, sólo para defender su propio interés de clase, prolongando un régimen social injusto. Atrincherándose al amparo de la autoridad del Estado, en posiciones económicas privilegiadas, la clase adinerada impulsa a las masas a caer en el pecado de rebelarse contra su propia Patria. Esta clase tiene una gran responsabilidad en la orientación extranacional de las fuerzas obreras. Cuando los dirigentes de un Estado hacen un llamamiento a los sentimientos patrióticos del obrero para respetar el régimen de solidaridad nacional, no se pueden sustraer ellos mismos de este deber. La Patria no puede tener significados distintos según las diversas clases de ciudadanos que la constituyen. Corneliu Codreanu condena aquella clase de obreros que en nombre de la justicia social se levantan contra su propia Patria, pero con la misma vehemencia se dirige también contra todos los que abusan del poder que detentan en el Estado para mantener una organización económica injusta: «Pero tampoco admitiremos que al amparo de las fórmulas tricolores -refiriéndose a la bandera nacional- se instale una clase oligárquica y tiránica a costa de los obreros de todas las categorías y les despelleje literalmente, pregonando sin cesar los nombres de Patria -a la que no quiere-, de Dios -en el que no cree-, de la Iglesia -en la que no entra nunca - y del Ejército -al que envía a la guerra sin armas» (59). José Antonio niega a los partidos burguesesconservadores el derecho a erigirse en defensores de los valores espirituales de la Patria cuando al amparo de grandes palabras encubren intereses de clase: «Las derechas invocan. grandes cosas: la patria, la tradición, la autoridad ... ; pero tampoco, son auténticamente nacionales... Si las derechas, (donde todos estos privilegios militan) tuvieran un verdadero sentido de la solidaridad nacional, a estas horas ya estarían compartiendo, mediante el sacrificio de sus ventajas materiales, la dura vida de todo el pueblo. Entonces sí que tendrían autoridad moral para erigirse en defensores de los grandes valores espirituales. Pero mientras defienden con uñas y dientes el interés de clase, su patriotismo suena a palabrería; serán tan materialistas como los representantes del marxismo» (60). La clase capitalista -especialmente los poseedores del gran capital financiero- dañan también a la nación, de otra forma. Su tendencia es desplazar el centro de gravedad de sus negocios fuera de las fronteras del país. «El gran capitalismo es internacional -dice José Antonio-; «cuando recibe un golpe en un país, cubre las pérdidas con lo que en otros países gana» (61). Al no poseer una residencia fija, el gran capital no puede tener apego a ninguna nación. El capital financiero no tiene Patria. Emigra de un país a otro y crea constantemente a su favor una red de intereses que se sobreponen a los intereses de los distintos países. «Llega el momento -afirma Corneliu Codreanu- en el cual los partidos políticos no representan más la nación, sino los intereses de la finanza internacional (62). A semejanza del comunismo, el gran capital rompe el cuadro de la nación, creando estructuras supranacionales y antinacionales. Advirtiendo el doble peligro que representa para los intereses de la nación el gran capital financiero, José Antonio preconiza una serie de reformas destinadas a reintegrarlo al control del Estado nacional. Sus adversarios, pertenecientes a los partidos burgueses-conservadores, lo atacan de una manera cobarde. Lo acusan de tendencias bolcheviques. Corneliu Codreanu sufrió las mismas invectivas por parte de los partidos políticos, porque pedía que el país se asentase sobre una base socialeconómica más justa (63). José Antonio da a sus calumniadores una réplica magistral. Primero se pregunta ¿qué es el bolchevismo? Es una actitud materialista frente a la vida. En último análisis, el bolchevismo significa la materialización de la vida, la extirpación en el alma de los pueblos de todo lo que representa un residuo espiritual: Religión, Patria, Familia. El antibolchevismo no puede ser más que la posición desde la cual se mira el mundo bajo el signo de lo espiritual Bolchevique -concluye José Antonio- «lo es todo el que aspira a lograr ventajas materiales para sí y para los suyos, caiga lo que caiga; antibolchevique es el que está dispuesto a privarse de goces materiales para sostener valores de calidad espiritual (64). Los representantes del mundo capitalista, que encuentran su suprema satisfacción en la acumulación de fortunas superfluas, son los partidarios de la interpretación materialista del mundo y, como tales, los compañeros de los bolcheviques y verdaderos bolcheviques. «Y con un bolcheviquismo de espantoso refinamiento: el bolcheviquismo de los privilegiados» (65). El estado nacionalsindicalista se apoyará sobre el trabajo y derrumbará el mito de oro que sofoca a España y a los españoles. Corneliu Codreanu ostenta la misma reacción frente al bolcheviquismo disfrazado bajo otras formas de materialismo: «No negamos, y no negaremos nunca, la necesidad de la materia en el mundo, pero negamos y negaremos siempre su derecho al dominio absoluto. Atacábamos, pues, a una mentalidad en la cual el becerro de oro era considerado como el centro y el sentido de la vida. La única fuerza moral, en los primeros tiempos de nuestra acción, la hemos encontrado en nuestra fe, inquebrantable, en que solamente apoyándonos en la armonía originaria de la vida -subordinación de la materia al espíritu- venceremos las adversidades y llegaremos a la victoria en contra de las fuerzas satánicas, coligadas para destrozarnos» (66). La tajante réplica de José Antonio no es una polémica baladí. Se refiere a una situación real. El criterio recomendado por él para diagnosticar la infección bolchevique dentro del organismo nacional conserva su intacta validez en la actualidad. El mundo occidental se halla tan intoxicado por el marxismo, que no se da cuenta que ha llegado a pensar en categorías marxistas; no se da cuenta de que ha consentido que toda la lucha se desarrolle en el plano ideológico del adversario. Al materialismo marxista no se le opone hoy día una actitud espiritual, sino que se le contesta con otra afirmación materialista de principios, con otra clase de materialismo. Si se hiciera una encuesta entre los hombres políticos del Occidente, preguntándoles en qué residen las divergencias entre el Este y el Oeste, la mayoría no dudaría en afirmar que en la base de aquéllas se halla la distinción de estructura económica entre los dos bloques: la sociedad de tipo capitalista se enfrenta con la sociedad de tipo comunista. Este juicio tiene sus orígenes en la dialéctica materialista de la Historia. Quien afirma que la lucha se da entre el capitalismo y el comunismo, acepta implícitamente la tesis marxista, que explica todos los acontecimientos históricos por los cambios que se efectúan en el sistema de producción de la sociedad. El Occidente se distinguiría en su constitución política del bloque comunista sólo porque la forma de producción es otra. Las diferencias de orden político son provocadas por la infraestructura económica distinta de estos países. No son las libertades humanas que se enfrentan con la esclavitud, no es la Iglesia que se enfrenta con los que quieren arrancar a Dios de las almas, no son los pueblos que se enfrentan con el imperialismo soviético, sino que toda la lucha se reduce a un conflicto entre dos sistemas económicos. Nos hallamos delante de una formidable operación de desvío ideológico en favor del comunismo. Contentándose con la explicación servida por el enemigo, el Occidente se expone a los más grandes peligros, porque pierde de vista la parte esencial de la lucha en que se ha comprometido. Los objetivos del comunismo son mucho más profundos que la implantación de un nuevo orden económicosocial. La lucha entre los dos sistemas económicos constituye sólo una faceta, una cortina de humo detrás de la cual se ocultan intenciones mucho más terribles. Lo que realmente debe preocuparnos en el comunismo es el impulso satánico de esta revolución. El Estado soviético es una proyección total del mal en la Historia. Nada de lo que hoy día forma los fundamentos de la vida humana quedaría en pie, en la eventualidad de una victoria comunista total en el mundo. Todos los valores multimilenarios que han asegurado hasta ahora el equilibrio en la sociedad humana -la Religión, la Nación, la Propiedad, la Familia, el Derecho, la Moral, la Persona humana-, todos están destinados a desaparecer asesinados por los partidarios de la ideología marxista. Los verdaderos anticomunistas no se sitúan sobre una posición materialista, no hacen el juego a los adversarios declarándose los defensores de un sistema económico contra otro sistema económico. «Nosotros somos también anticomunistas -dice José Antonio-, pero no porque nos arredre la transformación de un orden económico en que hay tantos desheredados, sino porque el comunismo es la negación del sentido occidental, cristiano y español de la existencia» (67). Corneliu Codreanu también ve en el comunismo, ante todo, una calamidad de orden moral y espiritual: «El triunfo del comunismo en Rumania significaría: supresión de la Monarquía, disolución de la Familia, desaparición de la propiedad privada y la pérdida de la libertad. Significaría nuestro despojo de todo lo que forma el patrimonio moral de la Humanidad y, al mismo tiempo, la pérdida de todos los bienes materiales» (68). El marxismo no es un sistema económico-social. Es la negación total del hombre. Tiende a la extirpación del alma humana, de los más profundos y sacros vestigios de espiritualidad y de vida libre. José Antonio ha presentado en expresiones estremecedoras la vida de infierno que prepara el comunismo a la Humanidad: «Si la revolución socialista no fuera otra cosa que la implantación de un nuevo orden en lo económico, no nos asustaríamos. Lo que pasa es que la revolución socialista es algo mucho más profundo. Es el triunfo de un sentido materialista de la vida y de la Historia; es la sustitución violenta de la Religión por la irreligiosidad; la sustitución de la Patria por la clase cerrada y rencorosa; la agrupación de los hombres por clases, y no la agrupación de los hombres de todas las clases dentro de la Patria común a todos ellos; es la sustitución de la libertad individual por la sujeción férrea a un Estado que no sólo regula nuestro trabajo, como un hormiguero, sino que regula también, implacablemente, nuestro descanso. Es todo esto. Es la venida impetuosa de un orden destructor de la civilización occidental y cristiana; es la señal de clausura de una civilización que nosotros, educados en sus valores esenciales, nos resistimos a dar por caducada» (69). Para evitar la caída de la nación bajo el dominio del comunismo, no es suficiente proclamarse uno anticomunista, aunque quisiéramos comprender bajo esta denominación lo que es justo que se entienda: la lucha por la defensa de la civilización cristiana. Frente a una creencia, a una mística, que ha logrado convertirse en el polo de atracción de las masas obreras, no se puede oponer una negación. El ideal comunista sólo puede ser combatido con éxito oponiéndole otro ideal, otra creencia, otra mística que sobrepuje en intensidad a la mística comunista. Sólo un movimiento político dotado con una fuerza de atracción superior a la agitación comunista puede reintegrar a los obreros en el seno de la Patria. Todo el problema de la lucha anticomunista en un país libre se reduce en el fondo a lo siguiente: encontrar una fórmula política dinámica que arranque a los obreros del ambiente marxista y les convierta en militantes de la nación. «La única solución -afirma José Antonio- es que estas fuerzas proletarias pierdan su orientación internacional o extranacional y se conviertan en una fuerza nacional que se sienta solidaria de los destinos nacionales» (70). Los antiguos partidos políticos no tienen fuerza para reintegrar a las masas obreras en la nación, porque ellos mismos defienden intereses de clase. Mediante este egoísmo de clase alimentan los conflictos sociales y provocan la deserción de los obreros del frente nacional. Al asalto marxista, ellos no pueden oponer otra cosa que una actitud de inmovilidad política, funesta no sólo para los partidos, sino para la nación entera. No son capaces de una movilización de las energías nacionales contra el comunismo, porque no están iluminados por una gran fe. Les falta el ímpetu y la generosidad. Sólo los movimientos nacionales pueden oponer a la aspiración revolucionaria del comunismo otra aspiración revolucionaria capaz de llenar la grieta operada en el edificio de la nación. Sólo ellos pueden realizar la síntesis entre lo social y lo nacional, porque sólo ellos se dirigen al país desde el centro de interés de la nación entera. Un movimiento no representa intereses subalternos; no une su destino a una clase o a un grupo de individuos; abraza los intereses de todas las clases sociales. Los dos fundadores tratan el problema obrero desde un punto de vista superior a la lucha de clases. Para ellos lo social no es más que un aspecto de lo nacional. La separación entre las dos nociones es artificial. Siendo las clases sociales subdivisiones de la nación, las dificultades de convivencia entre ellas se eliminan buscando la solución en función de las necesidades del organismo entero. La lucha de clases modifica completamente su carácter si se enfoca desde la perspectiva de la nación. La nación no tiene ningún interés en que una parte de sus miembros vivan en la miseria, ya que -dice Corneliu Codreanu- «la nación encuentra apoyo igual entre los ricos y los pobres» (71). La elevación del nivel de vida de la población no es sólo una cuestión de justicia social. Es una cuestión nacional. Sólo cuando se salva a las masas de la miseria y de la ignorancia, el genio de un pueblo se puede desarrollar en su plenitud. Su base de creación se ensancha abarcando también las filas anónimas de la población. El interés de la nación es que desaparezca la plaga de los sufrimientos materiales. La pobreza constituye un peso muerto en la lucha diaria que sostiene la nación para realizar su destino. Una nación azotada siempre por el hambre y por faltas materiales es una nación encadenada. No se puede emancipar de las necesidades cotidianas para consagrar sus energías a la cultura y a la historia. La justicia social es un derecho del individuo, derivado de la mera pertenencia a una comunidad política. Las aspiraciones de los obreros se integran en la aspiración total de la Patria. «El bienestar de cada uno -dice José Antonio- de los que integran el pueblo no es interés individual, sino interés colectivo, que la comunidad ha de asumir como suyo hasta el fondo, decisivamente. Ningún interés particular justo es ajeno al interés de la comunidad» (72). José Antonio y Corneliu Codreanu piden que sea sobrepasada la lucha de clases en nombre de una realidad que abarca los intereses de todos. Tanto la clase obrera como la clase adinerada son culpables ante la nación, porque los unos como los otros tienen la tendencia a subordinar la nación a sus intereses de clase. Pero la nación tiene sus fines propios, independientes de los fines individuales, independientes de los fines de partido y de los fines de las clases que la constituyen. Todas estas categorías sociales deben dar primacía a los intereses de la nación, que, a su vez, les tomará a todos bajo su protección. Ella cuida de los intereses de todos como si se tratara de sus propios intereses. Debe cesar la rivalidad entre el patrono y el obrero para dejar sitio a su cooperación en el conjunto de la producción nacional. De la absurda lucha entre el patrono y el obrero no puede aprovecharse más que el comunismo. Los patronos serán desposeídos de sus bienes y los obreros serán despojados de su libertad para ser rebajados a esclavos del capitalismo de Estado, tal como ha ocurrido en todos los países que han caído bajo la dominación comunista. ¿Cómo pueden ser convencidas las clases sociales para que renuncien a sus egoísmos y se integren en la comunidad nacional? La tarea no es fácil. Sus intereses representan algo vivo, concreto, palpable, mientras que la nación representa algo muy lejano, una imagen vaga, que sale fuera de las preocupaciones comunes de la vida. El impulso para la confraternidad sólo puede venir cuando se actualiza el destino histórico de la nación Sólo cuando se proyecta sobre la pantalla de la conciencia nacional una gran misión histórica, las clases se desprenden de su egoísmo, y tanto el rico como el pobre están dispuestos a hacer sacrificios por la Patria. Al impulso destructivo del marxismo hay que oponer el impulso creador de la nación. Para atraerse a las masas populares hay que infundirles el sentido nacional de la existencia bajo una forma accesible a su comprensión y a su imaginación. Sólo la visión del destino nacional puede salvar la integridad de la Patria. A las masas se les debe insuflar el gusto de las grandes realizaciones históricas. Entonces serán fieles a la Patria, entonces olvidarán sus sufrimientos y serán capaces de sacrificios ilimitados. Las masas no exigen lo imposible de sus dirigentes. Sólo piden que su esfuerzo tenga un sentido, que sea realizado en provecho de la comunidad nacional. Lo social y lo nacional no pueden fusionarse más que bajo el techo de la Patria espiritual. La aspiración total de la nación debe convertirse en la aspiración de la clase obrera. Solamente por el empeño de la nación entera en una empresa colectiva se puede superar la lucha de clases. «Contra la anti-España roja sólo una gran empresa nacional puede vigorizarnos y unirnos. Una empresa nacional de todos los españoles. Si no la hallamos -que sí la hallaremos, nosotros ya sabemos cuál es-, nos veremos todos perdidos» (73). «No cabe convivencia fecunda, sino a la sombra de una política... que sirva únicamente al destino integrador y supremo de España» (74). Supongamos ahora que mediante un feliz conjunto de circunstancias lográramos organizar una base humana de existencia para el pueblo entero. Esta conquista de orden económico y social no defiende a una nación del peligro de su desintegración. La justicia social no crea automáticamente buenos ciudadanos y buenos patriotas. El motivo es bien conocido y se relaciona con la psicología del hombre. Las necesidades materiales del hombre tienden a aumentar infinitamente. Nunca se dará por satisfecho con lo que posee. Siempre verá injusticias cuando compare su situación material con la de las personas mejor situadas que él. En vano buscaremos la paz social sólo en la satisfacción de las necesidades materiales, por generosa que sea la actitud de la nación hacia el individuo. Para que la justicia social no se transforme en una fuente continua de descontentos, debe ser realizada con vistas a un fin más alto: La armonía total en el seno de una nación «no puede surgir sino de la comunidad de ideales», dice Corneliu Codreanu (77). La pasión de poseer se aplaca y el alma se serena cuando la vida del hombre está anclada en una realidad que pueda disminuir el interés por los bienes materiales. José Antonio sintetiza esta posición en la siguiente proposición: «Por eso la Falange no quiere ni la Patria con hambre ni la hartura sin Patria: quiere inseparable la Patria, el pan y la justicia» (78). Es un grave error creer que el obrero sólo tiene por aspiración la de ser bien retribuido. No se le puede integrar en el Estado ni se le puede conquistar para la nación, por excelentes que sean las condiciones materiales que se le ofrezcan. Esto no basta para satisfacer sus aspiraciones. En Francia, en Italia, en otros países, los obreros gozan de un alto nivel de vida. Viven como pequeños burgueses; tienen unos salarios superiores a los funcionarios del Estado y, sin embargo, su adhesión al partido comunista continúa siendo elevada. ¿Cómo se explica este fenómeno? Ahora no es la miseria la que empuja a los obreros hacia el comunismo. ¿Qué es entonces? ¿Qué les determina a perpetuar su enemistad hacia la nación? El obrero quiere algo más que un trozo de pan. Quiere salir de la categoría de paria de la sociedad y ser considerado como un ciudadano igual a los demás ciudadanos. Quiere convertirse en un miembro respetado de la comunidad política y en esta calidad, que se le resuelva también la cuestión de su existencia material. La falta de consideración con que es tratado por las demás clases sociales le hiere más profundamente que la falta de un pan mejor. Para el obrero, el Estado representa un instrumento de represión social, que defiende los intereses de la clase explotadora. El obrero quiere que el Estado se convierta en una casa abierta para todos, en la cual pueda ser recibido con su parte de responsabilidad, de derechos y de beneficios. «Hay que tratar la cuestión profundamente y con toda sinceridad -dice José Antonio- para que la obra total del Estado sea también obra de la clase proletaria. Lo que no se puede hacer es tener a la clase proletaria fuera del poder» (79). Corneliu Codreanu pide que el obrero sea elevado a la dignidad de ciudadano: «El Movimiento Legionario dará a los obreros algo más que un programa, algo más que un pan más blanco, algo más que una cama mejor. Dará a los obreros el derecho de sentirse dueños de su país, igual que los demás rumanos. El obrero andará con paso de amo, no de esclavo, en las calles llenas de luces y de lujo, donde hoy no se atreve a alzar su mirada. Por primera vez sentirá el gozo, el orgullo de ser amo, de ser el amo de su país» (80). Fragmento de "Dos Movimientos Nacionales#