sábado, 4 de junio de 2016

PANORAMA

Panorama político nacional de los últimos siete días Las tensiones internas y la salud del oficialismo El cuadro de arritmia experimentado el último viernes por el Presidente de la Nación es un episodio felizmente superado. Recuerda, sin embargo, los precios que sorpresivamente cobra la política a sus protagonistas. Macri todavía no ha completado medio año en la Casa Rosada y ya ha soportado una cuota notable de labor y de estrés. “Este es el peor momento”, había diagnosticado el jefe de gabinete, Marcos Peña, diez días atrás. Sucede que la pulseada con la inflación todavía no está coronada, las inversiones no se precipitan según los cálculos previos y lentamente el discurso oficial y paraoficial va corriendo la línea que dividirá los tiempos difíciles de los más aliviados. Desde el Palacio de Hacienda recuerdan que “el segundo semestre dura seis meses”, es decir, que no habría que esperar que las buenas nuevas ocurran el primero de julio, sino más bien “en el último trimestre” (que dura tres meses, podría puntualizarse). Voceros paraoficiales, como Javier González Fraga, avisan que la reactivación sólo llegará en 2017. Mientras recibe señales de alarma de intendentes amigos del conurbano por la situación social, el gobierno se ve obligado a postergar algunos objetivos (como la reducción del déficit fiscal) o a poner reversa en algunas decisiones (como los aumentos de tarifas). Algunos problemas se resuelven con plata. La propuesta de reparación a los jubilados (que tiene un costado, digamos, moral y otro práctico: contribuirá, cuando se aplique, a dinamizar la decaída actividad económica) y la perspectiva de un blanqueo exitoso, que se traduzca en recursos para el Estado y capitales para la inversión, le permitieron al gobierno recuperar iniciativa y proyectar expectativas benéficas para compensar la lenta maduración de sus pronósticos. Pero las presiones se sienten. No sólo lo evidencia el ritmo cardíaco del Presidente, sino el hecho de que se vuelva necesario desmentir renuncias o empiecen a trascender divergencias o trifulcas entre funcionarios (Hacienda- Banco Central; ministerio de Interior-secretaría de Energía) cuando las decisiones de un área perturban el cumplimiento de objetivos de otra. Las cinchadas pueden adquirir alta temperatura. Como ha sido el caso con los fogonazos entre Elisa Carrió y Gabriela Michetti. Michetti, Carrió y la competencia moral Elisa Carrió ha conquistado un espacio en la política argentina que depende menos de sus performances electorales (el voto que la acompaña es voluble y fluctuante) que de la onda expansiva de sus robustas opiniones y de la empecinada persistencia en asumir el rol de vestal republicana, fiscal de la ética pública, dispensadora de sanciones éticas, condenas e indulgencias. ”Tribuno de la plebe”, suele definirse ella misma. En una etapa en que la temática de la corrupción interesa a la sociedad y es acogida entusiastamente por los medios, la figura de Carrió crece. Con ese capital moral y comunicativo ella se transformó en una columna de la coalición oficialista, alguien que requiere una atención y concesiones especiales de sus socios y del Presidente. En otro momento del país, cuando era la temática de los derechos humanos la que fijaba el metro patrón ético-mediático, el gobierno kirchnerista tuvo a Hebe de Bonafini como patente de legitimidad propia y como látigo destinado a castigar a sus adversarios. La decadencia del kirchnerismo y las tramoyas en las que terminaron envueltas las Madres de Plaza de Mayo en sus sueños compartidos con los hermanos Shoklender erosionaron cruelmente el capital simbólico de que disponía Bonafini y el alcance de su influencia. Hoy de ella se ocupan más quienes la censuran que quienes la respetan. Bonafini compitió con brío - no siempre con éxito- para mantener una posición dominante en la simbología de los derechos humanos. Su principal contendiente ha sido la titular de Abuelas de Plaza Mayo, Estela de Carlotto, una dirigente que trabajó un perfil más contenido, menos agresivo que la jefa de Madres, desplegó con mayor cuidado sus relaciones con el poder K y obtuvo una recepción más atenta de parte de la opinión pública. No es extraño que se produzcan chispazos – y a veces verdaderos cortocircuitos- entre figuras que cumplen funciones del mismo carácter, en este caso, la certificación de determinados tipos de rectitud. Carrió y Bonafini se han rozado varias veces; la última, a raíz de la visita de la segunda al Papa Francisco (con quien Carrió también parece querer medirse en el escenario de la ética y la política). El encontronazo de la líder de la Coalición Cívica con la vicepresidente resulta más notable por el hecho de que ambas integran el oficialismo. Esa circunstancia, sin embargo, lejos de atenuar el choque, probablemente lo acentuó. Michetti, como Carrió, también juega un papel en la administración de contenidos moralizantes y desde el origen del Pro contribuyó decisivamente a dulcificar y suavizar las aristas que arrastraba el estilo de su partido y también a neutralizar las suspicacias que despertaba el apellido Macri en una cultura que sospecha de los empresarios, particularmente si los considera poderosos. Esos rasgos comunes parecían ser un puente de relacionamiento entre ambas dirigentes. Pero la situación varió. Carrió criticó al Papa y también al presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti (a quien calificó de corrupto). Michetti tomó distancia en ambos casos, explicó que esas posturas eran propias del “temperamento”de Carrió y la definió a ella como “inmanejable”. En otras circunstancias, el adjetivo podría haber sido asumido como un elogio por la diputada, pero en este caso prefirió tomarlo como un agravio. Probablemente porque olfateó condescendencia y lejanía en la frase de Michetti “ya sabemos cómo es Lilita”. Entonces contraatacó con vehemencia. Le advirtió a la vicepresidente: “Es mejor que haga silencio conmigo”, la acusó de entregar su conciencia, y mencionó “diferencias morales importantes”. El mensaje no parece haber tenido como destinatario exclusivo a Michetti. Era endosable a otros dentro de la coalición Cambiemos: "Me han faltado demasiado el respeto, todos y todas. Pero se terminó el juego y la superficialidad de las apreciaciones porque como soy capaz de callar, soy capaz de tirar una trompada, digo verbal. No me provoquen", señaló. Y también: "Tengo un dolor profundo, porque siempre me usaron. Hablan maravillas de mí en campaña electoral y después dicen estas cosas. No voy a romper, pero traten de tener un poco de cordialidad". Carrió quizás detectó que los dichos de Michetti representaban una ofensiva de contención que amenazaba su posición dominante en el terreno de la legitimación ética en la coalición oficialista, una pretensión mopólica a la que no renunciará. Y que, declara, es para ella innegociable. La muralla ética Carrió le imputó a Michetti haber “firmado” la designación de Ricardo Echegaray como titular de la Auditoría General de la Nación. En rigor, Michetti (junto al presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó) admitió el nombre que le propusieron los bloques del Frente para la Victoria, que en su condición de principal fuerza opositora tenían el derecho de nominar para ese cargo. Podrían haber negociado o forzado las cosas, pero lo cierto es que en el momento en que Echegaray fue designado la situación parlamentaria era algo diferente: no se había concretado la crisis que separó a kirchneristas puros de legisladores PJ, y el oficialismo parecía convencido de que iba a tener mucha más dependencia parlamentaria de esa fuerza que la que ahora está dispuesto aadmitir. Carrió quiere menos dependencia aún y quiere más acompañamiento en algunas de sus cruzadas moralizadoras. Que Ricardo Echegaray haya sido removido de su cargo 24 horas después de la catilinaria de Carrió sonó como una concesión a la diputada, una consecuencia de su arremetida contra Michetti, más allá de que esta y Monzó hayan argumentado que recién ahora, porque existía un flamante procesamiento de Echegaray, estaban facultados a tomar esa medida invocando una cláusula legal. Federico Pinedo, presidente provisional del Senado, donde Cambiemos tiene una situación de debilidad relativa, expresó su temor de que la revocatoria a Echegaray tuviera consecuencias: “Espero que no entorpezca lo que se debate en el Congreso”, dijo. Se refería al paquete reparación a jubilados/blanqueo. Pero pese a los riesgos, el gobierno no quiere o no puede desprenderse de su pesada muralla ética. Y tampoco quiere que se le derrumbe encima. El asunto es contenerla, para que despliegue su papel de un modo funcional a la estrategia de conjunto. Quebrando el reposo aconsejado por los médicos, Macri recibió el viernes a Emilio Monzó y al radical Ernesto Sanz para analizar cómo contener y encuadrar a Carrió. Tensiones de esta naturaleza indudablemente repercuten sobre la salud política de una coalición tan joven como Cambiemos. Jorge Raventos