sábado, 25 de junio de 2016

PANORAMA

Panorama político nacional de los últimos siete días Entre el “brexit” y General Rodríguez Con la atención casi plenamente absorbida por la información político-policial, los bolsos revoleados y el súbito incremento de la productividad laboral de los jueces federales la opinión pública corre el riesgo de que el bosque de lo urgente le impida apreciar el árbol de lo importante. Importante es observar, por ejemplo, lo que ocurre y ocurrirá en Europa y el mundo (también los mercados emergentes, también en la Argentina) a raíz del referéndum en el que el Reino Unido decidió eyectarse de la Unión Europea. Verdad y consecuencia Si bien los protocolos europeos prevén un período de hasta dos años (que excepcionalmente pueden estirarse) para consumar un divorcio como el que decidieron los votantes británicos el 23 de junio, los actores políticos y económicos –y los ciudadanos, en general- tienden a anticiparse a lo previsible (y, a menudo, a precipitarlo por esa vía). Muchos observadores consideran que las repercusiones de esa separación pueden tener consecuencias comparables a la de 2008. En principio, subrayan el peligro que corre el papel de Londres como centro financiero de Europa y la vaticinable reducción del comercio entre el Reino Unido y Europa. Algunas cifras parecen avalar ese dramatismo: el Reino Unido (cuarto en el ranking de países por sus importaciones) consume el 16 por ciento de los bienes que exporta la Unión Europea. Simultáneamente, exporta a la UE por 183.000 millones de dólares, casi el triple de lo que a Estados Unidos. Dejar de ser miembro de la UE implica afrontar fuertes incrementos de los costes de exportación a ese destino, que es su principal destino comercial, ya que ser parte de la Unión Europea no sólo da derecho a los ciudadanos de sus países miembros a circular libremente dentro de la comunidad, sino también otorga ese derecho a los bienes, servicios y capitales, pues la UE funciona como un mercado único. Esaas facilidades se evaporan, el comercio se obstruye. Lo razonable sería pensar que, más allá del divorcio, la UE y el Reino Unido comprenderán que se necesitan y encontrarán una vía de resolver la cuestión (tal vez con un acuerdo de libre comercio), pero roto el vínculo, restaurar las quebraduras puede ser difícil cuando hay tantos intereses involucrados y cuando están de por medio las decisiones de elites políticas que no siempre atienden bien las necesidades de sus representados y a menudo las interpretan de manera simplista o demagógica. Lo que parece evidente es que las consecuencias del voto británico por abandonar la UE no se limitarán a la relación entre Londres y Bruselas. La onda expansiva va más allá. Los otros divorcios Hacia dentro del Reino Unido, en principio: Escocia, que busca su autonomía plena, procurará insistir con la búsqueda de separación para no perder la condición de miembro de la UE. En Escocia, la postura pro-permanencia en la UE resultó ampliamente triunfante. Londres afronta otro divorcio. Y quizás haya pujos similares de parte de Irlanda. El gobierno inglés está con la cabeza revuelta: el premier conservador David Cameron (partero del referéndum que sacó al Reino Unido de la UE) ha renunciado, aspira irse en octubre y tiene su partido dividido, con un fuerte sector interno hostil que apoyo la opción rupturista. El laborismo, que partidariamente se inclinó por permanecer en la UE, tiene un líder izquierdista que demoró su propia definición. Y en el firmamento político aparece una corriente marcadamente aislacionista y hostil a los inmigrantes que gana espacio, el Partido por la Independencia de Reino Unido (UKIP) que, bajo la dirección de Nigel Farage, había obtenido más de cuatro millones de votos en las elecciones generales de 2015 y que fue una de las fuerzas motrices del voto por la salida. La situación crítica del Reino Unido y el triunfo del “brexit” repercutirá probablemente en las elecciones españolas de la próxima semana donde, con lenguaje de izquierda, la coalición entre Podemos e Izquierda Unida expresa la contestación al establishment europeo que en el Reino Unido tuvo una voz de derecha, como la tiene en Francia con Marine Le Pen y el Frente Nacional, o la tuvo en Austria un mes atrás, donde los partidos tradicionales quedaron atrás de una opción verde ambientalista y otra nacionalista conservadora con rasgos que la aproximan al UKIP británico y al Frente Nacional francés. Los países Bajos tienen su propia, vigorosa versión de esa corriente, que un establishment mediático que parece tener una sola palabra para muchas cosas diversas define como “populista”. Tecnocracia y patria Como telón de fondo de la confusión que agita a Europa hay tensiones que surgen de la pretensión tecnoburocrática de homogeneizar lo heterogéneo por la vía fría de normativas y protocolos. Si el camino continentalista de la unidad responde a la lógica de la progresiva integración de los pueblos y a la física de la integración productiva, ese camino no parece posible transitarlo arrollando identidades. De Gaulle, un hombre nacido en el siglo XIX, concebía la lógica de la unidad que parece tan clara en este siglo, pero la planteaba como unidad “de las patrias”. Europa de las patrias, decía. En el fondo de esa idea se encuentra la posibilidad de adaptarse a la integración con la flexibilidad, los ritmos y los instrumentos que los socios definan desde sus propias soberanías. Es, por otra parte, más sencillo disimular las dificultades en tiempos de bonanza que en tiempos de rigor. El descontento que se canaliza por las disonancias ideológicas de distintos signo se nota en la situación del desempleo y en la pérdida de ingresos y en la caída de la condición social. La desocupación en Europa afecta a jóvenes, a obreros industriales y a amplios sectores de clase media, formados como profesionales. Sin ser el país con porcentajes más altos de desempleo, Gran Bretaña exhibía a fines del año último casi dos millones de desocupados. Los expertos calculan que por cada desocupado hay que contabilizar cuatro afectados (cónyuge, hijos, padres, hermanos, etc.). España irá a las urnas la semana próxima con una cifra de desocupados (5.400.000) que pone al país al tope del ranking por porcentajes (23,8 por ciento, cinco puntos más que Grecia). Francia tiene 10,8 por ciento de desempleo, un punto por encima de la media de la Unión Europea. Un paisaje difícil, del que estén alejados países como Alemania y sus vecinos austríacos, con menos de cinco puntos. Italia, donde la última semana triunfó en Roma y otras ciudades otra versión de la protesta (el movimiento Cinco Estrellas, orientado por un cómico aideológico), tiene un 12,5 por ciento de desocupados. Las repercusiones del “brexit” británico tienen, como se ve, condiciones propias de expansión, a las que se suma la conmoción de las decenas de miles de emigrantes forzosos que toman a Europa como territorio de refugio. Vuelo a la calidad y revoleo de bolsos En momentos de conmoción, dicen los expertos, las inversiones “vuelan hacia la calidad”, es decir, buscan puertos seguros aunque la rentabilidad no sea elevada (y hasta si es negativa). Alemania, primer país exportador del mundo, ha sido uno de los lugares adonde vuelan los capitales que buscan calidad. Llegaban allí incluso con tasas negativas. No es improbable que muchos de esos capitales ansiosos de seguridad empiecen ahora a buscar otros destinos. ¿Puede Argentina beneficiarse de esa incipiente estampida de inversiones, suscitada por la crisis que se avizora en el Viejo Continente? Hay algunos funcionarios que sueñan con eso, porque –dicen- si el país no puede aún, por cierto, ofrecer las seguridades de mercados establecidos y sólidos durante años, puede sí aparecer como una muy buena opción en la ecuación seguridad/rentabilidad, porque emerge como un mercado con grandes posibilidades y en la línea de largada de un proceso de reformas. Otros observadores, en cambio, suponen que durante un período de nerviosismo de algunos meses, la confusión creada por el brexit demorará el flujo de inversiones que se estimaba inminente en condiciones de mayor tranquilidad. La verdad es que Argentina tiene mucho para ofrecer. Sin excluir algunos entretenimientos. Los rasgos funambulescos de las correrías de José López por General Rodríguez -su acaudalada visita nocturna a un convento despoblado pero dotado de modernas cámaras de seguridad y de bóvedas expectantes- constituyen, por ejemplo, una tentación para audiencias atraídas por la peripecia y el esperpento. El riesgo reside en que lo grotesco termine encubriendo lo sustancial y “el reality” sustituya a la realidad. La corrupción como sistema Porque el tema que subyace – corrupción, impunidad, estado de la Justicia y las instituciones- tiene mucho que ver con la posibilidad de atraer o repeler la voluntad de invertir. Provisto del casco y el chaleco que últimamente lo caracterizan en las fotografías, el ex secretario de Obras Públicas que dispuso durante años la suerte de miles de millones de pesos del Estado y fue capturado in fraganti tratando de ocultar más de cien, es ofrecido como emblema de la corrupción. Para algunos, como su personificación excepcional, casi exclusiva: la golondrina que no hace verano. Conviene no extraviarse en esa interpretación ni en las que, menos singulares pero igualmente simplificadoras, vienen teñidas de faccionalismo (pretenden identificar la corrupción con una determinada corriente partidaria) o de indiscriminación (culpan genéricamente a “la política”). Por cierto, tampoco las autoincriminatorias y esencialistas, que culpan de la corrupción a presuntos defectos esenciales de “los argentinos”. La corrupción no es un fenómeno exclusivamente local, ni la Argentina tiene niveles de corrupción a los de otros países que no deberían arriesgarse atirar la primera piedra. Los problemas complejos no se satisfacen con respuestas elementales tipo “muerto el perro se acabó la rabia”. La corrupción es un problema sistémico, que requiere un tratamiento firme pero no recetas presuntamente mágicas y prácticamente chapuceras. Lo que sí parece evidente es que en la fuente del problema está la debilidad del sistema institucional del país - particularmente en materia de justicia- y la fragilidad del sistema político. Las instituciones públicas del país no han acompañado el proceso de reconversión del mundo, que desde fines del siglo pasado asiste a un fenómeno de integración económica transnacional acompañado por la competencia mundial entre empresas, sistemas nacionales y fuerzas laborales. Justicia ciega En ese proceso de integración, el país no puede aprovechar a pleno sus beneficios y recibir con fluidez los capitales que necesita para desplegar su desarrollo, porque sus instituciones son débiles. Prácticamente la totalidad de los inversores extranjeros en el país constituyen domicilio, a los efectos legales, en caso de litigio, en sedes foráneas (habitualmente Nueva York, o capitales europeas). Se trata de un juicio sobre la credibilidad y efectividad de la justicia local, otra expresión del riesgo-país. Se duda de que la Justicia argentina esté en capacidad de hacer cumplir los contratos. El espectáculo de fallos de la Corte Suprema incumplidos por el Estado Nacional o por estados provinciales (Santa Cruz nunca obedeció, por caso, la reiterada disposición de la Corte de reponer en sus funciones al exprocurador general, Eduardo Sosa, desplazado por Néstor Kirchner) contribuye a confirmar aquel diagnóstico, tanto como la inacción de jueces federales que retienen durante años denuncias por irregularidades de funcionarios públicos en ejercicio o precipitan los trámites para absolverlos sin investigación suficiente. Y sólo parecen actuar presionados por los acontecimientos, por los cambios políticos o por reclamos perentorios de la opinión pública. Un sistema político que no tiene institucionalmente reglado y garantizado su sistema de financiamiento básico y se desliza por el plano inclinado del financiamiento gris o negro y un sistema judicial aquejado por espasmos de acción e inmovilidad que consagran impunidades e incumplimiento de reglas están en la base de la corrupción. Se observa ahora que el asunto puede alcanzar un nivel superior de decadencia cuando se cruza con un plan sistemático de aprovechamiento de esas condiciones desde el centro del Estado. Llegado ese límite, se vuelve indispensable desarticular el sistema corrupto, pues éste se convierte en límite infanqueable para el desarrollo y la inserción en el mundo, que requiere transparencia, reglas de juego, eliminación de los mecanismos y refugios de impunidad que limitan la competencia pareja, capacidad de acción legal y práctica frente a la amenaza del delito organizado y el dinero negro. Ningún capital serio volaría al país buscando calidad en esas condiciones. El episodio de General Rodríguez, por eso, es apenas un capítulo pintoresco pero menor en el crucial proceso de reestructuración que afronta la Argentina, sin duda con el respaldo de la opinión pública y el empeño de los principales socios internacionales. Se esperan capítulos más densos. Jorge Raventos