jueves, 20 de noviembre de 2014

DIVIDIR PARA REINAR

¿Dividir para reinar? por Alfredo M. Olivera Cualesquiera sea la real estrategia del cristinismo, pero también la de quienes aspiran a sucederla, conviene indagar acerca de los estados de ánimo prevalecientes en la sociedad de cara a los comicios de octubre próximo. Empecemos por señalar –reiteramos- que proliferan encuestas, también de las confiables, en línea con las más recientes compulsas cívicas regionales, apuntando a una no descartable apuesta popular para el mantenimiento de lo esencial de lo registrado en pro de los sectores populares, sin descartar anhelos rectificatorios en cuestiones tales como la inflación y/o la precariedad laboral en un marco de mutuo respeto entre dirigentes políticos y sociales. Prácticamente las mismas indagaciones invitan a considerar cierto desacople entre la escasa atencionalidad actual de los respondientes sobre la temática comicial y las vagas o mayoritariamente genéricas formulaciones conceptuales a cargo de no pocos postulantes para la sucesión, bajo signos de eventual fragmentación. ¿Y? No es un secreto para nadie que CFK manifiesta que “todo tiene que ver con todo” cuando acusa a los ‘buitres de afuera y de adentro’ empeñados en la maquiavélica tarea de dividir para reinar. Desde la vereda opuesta, empero, han recrudecido caracterizaciones que ubican al kirchnerismo como portador de tales propósitos disruptivos en relación con cualquier ideal de unión nacional. ¿Nula objetividad? Resulta claro que el hoy debería ser cotejado con hitos previos decisivos a la hora de ayudar a la mejor comprensión de la actualidad: ¿o no es verdad que el frentevictorismo nunca ocultó, aún ante la impensada derrota de 2009, que la confrontación permanente entre ‘sus’ modos de aplicar el meneado modelo y cualquier otro no debería admitir matices desprovistos de vigor absoluto? La amistad cívica y/o los buenos modos, así, podrían incubar riesgosas traiciones. Aquél traspié, que en un principio hubo de justificar un fallido propósito de ‘mutis por el foro’, luego se transformó en un hiperactivismo legisferante, sobre todo a partir de la savia conceptual de la lucha contra los monopolios mediáticos sintetizada en la ley de medios cual elemento ordenador de lo esencial del relato que le es propio. Esta clave, que no se discute, pervive, a pesar de la irrupción de hechos nuevos como el fenómeno Berni frente a la inseguridad o el también flamante surgido en el proyecto de ley de telecomunicaciones. El oficialismo nacional, está más que claro, no se arredra en procura de sus objetivos de largo plazo. Sus elementos de expresión y/o difusión periodísticos parecieron elegir en forma pública al macrismo como supuesto enemigo principal, y –tal vez con sordina- paralelamente al peronismo no kirchnerista, con Scioli como bisagra velada de un presunto virus de aparente tibieza discursiva. Y así como el massismo, más allá de sus propósitos de reemplazo declarado, hace las veces de ariete ideal para un proceso cariocinético justicialista, nada menos que Elisa Carrió, en Unen, o un aliado renovador como Nito Artaza, semejan herramientas tácticas al servicio de los K. ¿Será eficiente la voz defensiva del radical Sanz? En otro orden, desde esta columna ya se alertó acerca del efecto devastador del crimen organizado y sus narcofinanzas como puentes hacia nefastos dominios territoriales hoy presentes aquí. Un ‘no pasarán’ enfático al estilo del enarbolado por el Papa y por ciertos políticos –peronistas o no peronistas- sirven a la Fe. Es curioso: hay quienes se limitan a mencionar el fenómeno con la mira puesta en la abolición de un contexto de cultura peronista-populista, análoga –dicen- a la de otros países al estilo mexicano y sus muertes en serie, supuestamente alimentadas desde combates de cuño estatal. Esas voces, ¡oh paradoja!, elogian a un nuevo Medellín pacífico, materializado, sí, tras Uribe y su férrea respuesta a los verdaderos responsables del grueso de la sangre derramada.

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