lunes, 16 de mayo de 2016

CON EL PAPA ENFRENTE

Con el Papa enfrente Por Luis Domenianni ¿Qué cosas de lo "políticamente correcto" el Gobierno debe respetar y qué cosas debe desechar? Es, sin dudas el dilema que la novel administración de Mauricio Macri debe enfrentar y, más que nada, resolver. Pero, de momento, no lo consigue. Son muchos los asuntos que se acumulan en los que hace falta una decisión política. A todas luces, el tipo de decisión más compleja para quienes, por el contrario, no les es demasiado grave optar cuando se trata de cuestiones administrativas. Así, eliminar el cepo cambiario, reducir o eliminar las retenciones a las exportaciones, destrabar el comercio exterior fueron cuestiones relativamente fáciles para Cambiemos. No es que no se trate de pasos políticos, lo político y lo administrativo siempre se mezclan. Pero fueron decisiones acometidas como inevitables, imposibles de no llevarlas a la práctica y, entonces, dejaron de ser políticas para convertirse en administrativas. Es más, el propio Gobierno no se vanagloria en demasía de haberlas implementado. Prefiere por el contrario ponderar el inicio en término de las clases en las escuelas públicas de la provincia de Buenos Aires, un tema sobre el que mucha tela hay para cortar si lo que se persigue es recuperar una educación de calidad. Nadie, con excepción de algunos sindicatos de docentes muy politizados, ignora que para volver a alcanzar excelencia, está bien -muy bien- recuperar las calificaciones de los alumnos. Pero nadie ignora, a su vez, que si no se rediscute el Estatuto del Docente, todo esfuerzo será en vano. De momento, el Gobierno prefiere soslayar la cuestión. Algunos dicen que "por el momento". Quizás sea así. Lo cierto es que de aquí en más, con clases que se inician en término, con sistema de calificaciones y con la anunciada evaluación de un muestreo de alumnos, será posible cubicar el grado de deterioro de la educación pública. Cubicarlo sí, solucionarlo no. Revisión del estatuto docente y sistema de evaluación de los docentes -no ya de los alumnos- y una estrecha vinculación entre resultados y salario son las herramientas sobre las que se debe trabajar. El resto es poco más que cháchara. Otro tanto ocurre con la represión frente a los cortes de calle. El Gobierno dice que implementó un protocolo para el accionar policial. Si es así, nadie comprende muy bien por qué no se aplica. Está claro que al primer manifestante detenido, el kirchnerismo y la izquierda boba acusarán al Gobierno de represor, así como los curas lo acusan de "despedidor serial" ¿Y? Nadie votó a este Gobierno para continuar con el desgobierno anterior en materia de espacio público. El riesgo de no prestar atención al voto de la población implica la pérdida de apoyos a cambio de nada. Ningún pseudo revolucionario de pacotilla dejará de serlo a cambio de no sufrir un coscorrón en algún momento de su vida. Mucho para perder, nada para ganar. Trabajo Hablar del espacio público conduce inevitablemente a reflexionar sobre las dicotomías opositoras que se manifiestan precisamente allí. Si por un lado, el acto de las centrales obreras a favor de la ley de suspensión de los despidos fue llevado a cabo con una prolijidad rayana en el cuidado de hasta el último detalle para no romper puentes con el Gobierno, por el otro sus integrantes lejos, muy lejos, están de alcanzar una unidad cuando persiguen objetivos diametralmente opuestos. Para las dos versiones de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) se trata de discutir salario y punto. Una especie de derecho natural a ganar más sin ningún esfuerzo y sin la más mínima consideración al estado ruinoso en que dejó al país la administración anterior. En cambio para los gremios privados, la cuestión ni siquiera pasa por el tema de los despidos, sino por las promesas incumplidas del macrismo: la elevación del mínimo no imponible para el impuesto a las ganancias que pagan los trabajadores en relación de dependencia y por la reducción del IVA para los alimentos de la canasta básica que favorezca a los sectores de menores ingresos. Tal vez Macri no comprendió la cuestión o tal vez la evaluó de manera diferente y, en todo caso, optó por mostrar los dientes: si la ley anti despidos es sancionada, la va a vetar. Fue un desafío innecesario. Primero porque no se verifica ninguna ola de despidos masivos. Segundo porque debe comprender que debe perder alguna batalla para avanzar en la guerra. Tercero, porque una vez más quedó atrapado en el juego de "gran decisor" que le propone Sergio Massa. Sin dudas, el Gobierno debe buscar equilibrios. Pero no debe confundir el encontrar esos equilibrios a costa de barrer bajo la alfombra. Para sus rivales, el kirchnerismo y los grupos pseudo radicalizados de izquierda, la táctica pasa por ganar la calle. Allí está su supervivencia. Y allí está el terreno de disputa. Ignorar ese terreno de disputa. Ilusionarse con una marcha pacífica y tranquila de los acontecimientos es desconocer al rival. Eso no existe y mucho menos cuando algunos de esos dirigentes corren serios riesgos de terminar presos. Corrupción Y aquí también el macrismo midió mal los tiempos. Imaginó que con una justicia semi colonizada y con una ética pública avasallada por años de tolerancia a la corrupción, nada iba a pasar. A lo sumo, algún corrupto menor iría preso y sanseacabó. Erró políticamente. No contó el hartazgo y el cansancio de una sociedad que despertó de la anestesia y exige esclarecimiento y sanción. No contó con la tradicional "voltereta" de muchos jueces, capaces de lo que sea para conservar el cargo. Fue tal su retraimiento que llegó a comentar extra oficialmente "que no era bueno que una ex presidente terminara tras las rejas". Curioso, ganó la elección gracias a un repudio a la política anterior y, no obstante, quiso poner el pie en el freno. Con todo, el tiro salió bien. Difícil, o al menos no creíble, será el intento de echar la culpa por persecución política. Ni la hubo. Ni la hay. Por el contrario, sobre abundan las pruebas y, más aún, sobre abundan las fortunas mal habidas. A esta altura del partido y con una justicia que arrastra los pies, ya están procesados la totalidad de los principales funcionarios del kirchnerismo. Y faltan por avanzar a la etapa de procesamiento numerosas causas más. Los procesados ya están. Ahora hace falta llegar lo antes posible al juicio oral y público. Si no, se trata de un "engaña pichanga". Entretiene pero casi todos siguen libres, vivitos y coleando. Cierto es que en una República que se precie de tal, los poderes del Estado deben ser independientes el uno del otro. Pero, independencia no significa abstracción. El Estado no puede quedar ausente del combate a la corrupción. Debe desempeñar un rol activo. Es el que se espera de Macri. El Papa Los argentinos vemos con sorpresa e incredulidad el rumbo que toman las actitudes del Papa Francisco frente a cuestión nacional. Ahora, llegó a un extremo. Luego de soportar insultos, improperios en el altar de la Catedral por parte de los cómplices de Hebe de Bonafini, el Papa se apresta a recibirla en el Vaticano. El mismo Papa que pasó de un duro enfrentamiento con los Kirchner a recibir a Cristina Kirchner, cuatro veces en Roma. Que habló de la necesidad de cuidarla a Cristina. Que organiza jornadas con los jueces K. Que envía rosarios de regalo para la procesada Milagro Sala y que se niega a recibir el ejemplo viviente de Margarita Barrientos. No se trata de perdón, ni de caridad cristiana. Se trata de ideología. El Papa es un populista -peronista para más datos-, enemigo de la modernidad, del racionalismo y del liberalismo. El Papa no es un demócrata, es un jerárquico. Un típico producto jesuita. Casi un militar. Forma parte de ese catolicismo ultramontano que habla de una sociedad de pobres con las consabidas excepciones jerárquicas. Un catolicismo ultramontano que engendró buena parte de los males de la Argentina del último siglo, donde se exterminaban entre ellos los militares ultra católicos con los montoneros también ultra católicos, los sindicalistas ultra católicos y los políticos peronistas ultra católicos. Frente a ellos, la denostada "patria liberal", la que pretende una sociedad de bienestar sin pobreza alcanzada gracias al esfuerzo y a la capacitación individual. Es, una vez más, el concepto de individuo frente al concepto de pueblo, entendido este último no como la suma de todos los individuos, sino como la masa. El Papa Francisco, en sus discursos, siempre habla de "pueblo", palabra que repite al por mayor. Casi nunca habla de democracia y, menos aún, de libertad. En su escala de valores, aún si le disgusta la corrupción, Cristina Kirchner, Milagro Sala o Hebe de Bonafini forman parte de su mundo. No así, Mauricio Macri o Margarita Barrientos. De allí los visibles y estudiados gestos de fastidio en la recepción del Presidente o la negativa a mantener un encuentro con la sacrificada y ejemplar -y sobre todo honesta- trabajadora social. El Papa pidió a los jóvenes que hagan lío ¿Se tratará del mismo lío que hicieron los jóvenes montoneros en los años 70? Dios nos libre y nos guarde. Internacionales El Gobierno decidió empujar la candidatura de la actual ministro de Relaciones Exteriores, Susana Malcorra, para ocupar el cargo de secretaria general de las Naciones Unidas. Malcorra conoce bien el organismo ya que se desempeñó allí, durante doce años en calidad de jefe de gabinete del actual secretario general, el surcoreano Ban Ki Moon, quien finaliza su gestión tras dos períodos de cinco años de mandato. El cargo no está ganado, ni mucho menos. El procedimiento es largo y todos los candidatos, que son numerosos, deben exponer ante una Comisión de Selección. Malcorra cuenta con ventajas y desventajas. Ser mujer es una de ellas, dado que parece haber llegado la hora de una secretaría general con ropas femeninas. Claro que no es la única mujer y que varias latinoamericanas compiten con ella. Su antiguo puesto de jefa de gabinete es otra. Con todo, el o la candidata favorita para quedarse con la responsabilidad es la ex primera ministro de Nueva Zelandia, Helen Clark. Es mujer, administra el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) -tercer cargo en importancia de la organización, por encima del que ocupaba Malcorra- y pertenece a los países del Pacífico que nunca hasta aquí coronaron un secretario general. Con todo, Malcorra aún tiene un largo camino por recorrer para llegar donde pretende. De todas formas queda en claro la diferencia entre una canciller considerada para ser la jefe de las Naciones Unidas y Héctor Timermann que ya ingresó en la noche de los tiempos, siempre y cuando algún tribunal no lo devuelva a la luz. Economía Las cuentas no van bien. Sencillamente, porque la inflación no afloja. Abril, con el 6,5 por ciento fue el récord de los últimos 14 años. Seguramente, Mayo verá una caída de trascendencia en el índice. Pero el problema sigue estando en el gasto público. El Banco Central, mediante la colocación de letras, absorbe dinero sobrante en plaza, pero debe destinarlo a pagar cuentas, casi de manera inmediata. Ya nada se puede hacer del lado de las tarifas sin correr enormes riesgos de protestas masivas. Imposible hacer crecer la presión tributaria, desmedida por cierto. Solo queda crecer para atenuar el impacto inflacionario. Un crecimiento que todos, Presidente incluido, prometen para el segundo semestre del año, al que cada vez falta menos para llegar. El Gobierno no miente. Su plan de obras públicas entrará de lleno a funcionar en dicho semestre. La reactivación es posible. Varios factores se conjugan: la crisis política brasileña, el incremento de los valores de la soja y los demás granos -la soja está al borde de los 400 dólares la tonelada, setenta dólares más que cuando comenzó la cosecha- y el eventual éxito del blanqueo y repatriación de capitales. Al respecto, vale la pena reproducir la oración final del discurso del ministro de Hacienda, Alfonso Pray-Gay en el Congreso de Ejecutivos de Finanzas. "Estamos bajando dos décimas de déficit por trimestre. Dejando de chorear, dejándole de regalarle al que no lo necesita y poniendo la economía en marcha, resolvemos el déficit fiscal, pero no lo podemos hacer en un mes". Es cierto, pero... ¿Habrá paciencia?