sábado, 21 de mayo de 2016

PANORAMA NACIONAL. Panorama político nacional de los últimos siete días El veto como excepción y el veto como política Finalmente, en relación con las normas antidespidos, el oficialismo optó por una combinación curiosa: actuó para que en la Cámara de Diputados se consagrara el dictamen del kirchnerismo (que ya venía con la sanción del Senado) y una vez aprobada la ley por el Congreso, el Presidente Macri anunció el veto. Un penal atajado Aunque al costo actual de una incoherencia (facilitar pasivamente que la ley se aprobara) y al eventual de futuros problemas para aprobar leyes (el Presidente puede usar el veto, pero no abusar del recurso), la Casa Rosada cree que ha hecho buen negocio. Quería poner fin a un debate que lo dañaba pues ha mantenido en la agenda mediática los temas sociales en los que el gobierno se siente más vulnerable. Además, con su paradójica conducta legislativa le arrebató una victoria al massismo (visualizado como su principal adversario potencial para el comicio del año próximo) y de paso eludió el costo de las reformas en apoyo de las pymes que incluía el proyecto de los renovadores. Al gobierno no le importa demasiado la victoria circunstancial del kirchnerismo, el oficialismo no caracteriza a este sector como un riesgo político sino, más bien, como un instrumento que puede ayudar a desordenar, devaluar y dispersar al peronismo (de hecho, eso ya parece estar ocurriendo) En cuanto al veto, los asesores de Macri consideran que esa medida no sólo da buenas señales a los que evalúan invertir en el país, sino que reconforta a sus votantes y simpatizantes, que aguardaban un pezzo di bravura del Presidente, una demostración de fuerza ejercida sobre el peronismo en general y los sindicatos en particular. La hipótesis del vetador serial Podría tratarse de una ilusión óptica. Si bien Macri cuenta con las capacidades que ofrece la Presidente una sociedad mayoritariamente presidencialista, también debe tomarse en cuenta que la onda que llevó a la Casa Rosada al líder del Pro lo hizo proclamando como banderas la división y equilibrio de poderes y los pruritos institucionales. ¿En cuántas ocasiones puede el Ejecutivo saltearse la voluntad de un poder Legislativo en el que se encuentra en minoría? ¿Hasta qué punto puede desafiar a un movimiento sindical políticamente vinculado a las fuerzas que prevalecen en las Cámaras y en los gobiernos de provincias? Algunos consejeros de la Casa Rosada repentinamente decisionistas observan que la imagen de las organizaciones gremiales no es muy buena y analizan el éxito de opinión pública que momentáneamente alcanzó un año atrás Enrique Peña Nieto, el presidente de México, cuando enfrentó al poder sindical (en ese caso, del gremio docente). Elisa Carrió alienta a Macri a avanzar por ese camino de confrontación y amenaza emplear la recién votada ley de acceso a la información (tiene la media sanción de Diputados) para investigar los fondos de los gremios. Macri va con un a de cal y otra de arena. Dio su señal de firmeza con el veto y al mismo tiempo ha cerrado acuerdos con los gobernadores (renovadas promesas de devolución de fondos previsionales por los que las provincias litigan, de financiamiento barato y de obras), reunió al Consejo del Salario y elevó significativamente el salario mínimo se dispone a dar otras noticias estimulantes en materia social (por caso, el pago de deudas reclamadas por decenas de miles de jubilados) para recuperar iniciativa, aislar a los sectores más críticos y alejar la amenaza de paros y protestas mientras espera que se cumplan sus vaticinios de un segundo semestre con inflación en retirada, reactivación productiva y mejora del empleo. Oteando las urnas de 2017 En el horizonte se recortan las elecciones de medio término, sobre todo, las decisivas urnas bonaerenses de 2017. Los estrategas de Cambiemos, más allá de cuál sea el candidato interno que prefieran para encabezar la puja por los senadores que asigna la provincia de Buenos Aires, coinciden en que esos comicios determinarán la suerte del gobierno nacional durante la segunda mitad de su período y sus chances de conseguir la reelección en 2019. La derrota de Raúl Alfonsín en 1989 fue precedida por la victoria de Antonio Cafiero en la elección para gobernador bonaerense de 1987 y, antes aún, por la definición de la interna peronista en la de diputados de 1985, cuando la renovación triplicó los votos del justicialismo “oficial” y generó una nueva conducción unificada, adecuada a la etapa y legitimada en las urnas. Si se afirmara la idea de que Elisa Carrió será el año próximo la cabeza de la lista oficialista en la provincia (un deseo que ella sostiene con combativo fervor y que cuenta con respaldos dentro del oficialismo y en un arco de lo que Macri denominó “el círculo rojo”), ello implicaría que Cambiemos, impulsado por la física de la política, se decide por una polarización franca con el peronismo, postergando o descartando las invocaciones al diálogo y el acuerdo que todavía formulan muchos de sus propios exponentes, particularmente aquellos (líderes parlamentarios, gobierno de la provincia de Buenos Aires, por caso) que se encuentran en situaciones de debilidad numérica objetiva y, por un tiempo al menos, necesitan construir puentes más que dinamitarlos. Puede pensarse -hay quienes lo hacen- que Carrió es la representante de Cambiemos que expresa con más transparencia las ideas y estados de ánimo del electorado de esa coalición. Aún así, conviene recordar que Cambiemos pudo imponerse en octubre merced a una candidata de estilo dialoguista y contemporizador que atrajo votantes de otras simpatías ayudada, además, por la imagen devaluada e hirsuta de su principal contrincante, Aníbal Fernández. Jugar con fuego Más allá de quién termine representando al gobierno en la elección bonaerense del año próximo (Jorge Macri, del Pro, y Gustavo Posse, de la UCR, también tienen aspiraciones), el oficialismo especula con la probabilidad de una división del peronismo que le facilite el triunfo. Es casi una certeza que el peronismo concurrirá dividido: Sergio Massa es número puesto como candidato de la renovación (incluso, como parte de un frente más amplio y ambicioso, integrado por corrientes de centroizquierda que toman como referente a Margarita Stolbizer) y no va a resignar esa postulación. La pregunta es si sólo habrá otro postulante peronista (uno que se ubique bajo la sombrilla del PJ ) o si habrá más de uno. Daniel Scioli deshoja la margarita de su ambición y un número importante de intendentes corteja a Florencio Randazzo para que se postule. La situación tiene sus curiosidades: Scioli viene de ser derrotado como candidato a la presidencia y Randazzo no quiso ser candidato a gobernador (cargo al que bien pudo haber accedido, cerrándole la victoria a la señora Vidal y evitando la catastrófica caída de su propio partido). ¿Encogerán sus aspiraciones pasadas para pelear por una banca de senador? Sucede que también existe la posibilidad de que la señora de Kirchner se rinda ante el reclamo de sus fans y gire su nombre para la candidatura a senadora por Buenos Aires. No habría que incurrir en suspicacias: si lo hiciera sería menos en busca de fueros especiales que para refirmar su liderazgo en el peronismo más allá de sus seguidores incondicionales y, eventualmente, con la ilusión de de allanarse el camino a un regreso en las presidenciales de 2019. Basta mencionar esos tres nombres- Scioli, Randazo, CFK- para pensar en incompatibilidades. El oficialismo tiene buenos motivos para pensar con optimismo en un cuadro de división. Y, si la ex presidente es de la partida, en una estrategia de polarización donde ella juegue el papel que cumplió Aníbal Fernández el año último. Es razonable que la señora Carrió imagine con anhelo ese cuadro, donde ella jugaría el papel del Séptimo de Caballería. Podría conjeturarse que la hipótesis de una polarización de esa naturaleza aproximada se esconde, si no detrás del veto puntual de esta semana, sí de la idea de una política de vetos sucesivos y ausencia de acuerdos y compromisos entre el gobierno y la oposición. Un veto no hace verano -particularmente cuando atañe a una ley que ninguna fuerza ponderable está dispuesta a defender a capa y espada. Puede, incluso, dar un buen rédito ante los inversores. Una continuidad de vetos sería otra cosa. Revelaría un nuevo fracaso de la política, restauraría escenarios de confrontación, supondría nuevos problemas de gobernabilidad. Jorge Raventos