sábado, 14 de mayo de 2016

MÁSCARAS

Panorama político nacional de los últimos siete días El proyecto antidespidos y las máscaras del poder Los argumentos que –de un lado y de otros- se esgrimen en los debates por la ley antidespidos que ha venido agitando al Congreso son, si bien se mira, máscaras de operaciones destinadas a demostrar poder. El arco panperonista que respaldó el proyecto aprobado en el Senado sabe que la legislación restrictiva no sirve para impedir los despidos inevitables (los que ocurren cuando una empresa ha perdido demanda para sus productos o servicios) y suele operar como un disuasivo de nuevas contrataciones. La señora de Kirchner argumentó en ese sentido dos años atrás, igual que su entonces ministro de Trabajo, Carlos Tomada y el actual jefe del bloque kirchnerista de diputados, Héctor Recalde. El massismo es igualmente conciente del fenómeno. Lo puso en claro su mayor referente económico, Roberto Lavagna. Massa propone medidas positivas de promoción del empleo y diferencia el tratamiento de las indemnizaciones entre empresas grandesy pymes aunque admitió que en última instancia apoyaría la norma aprobada en el Senado paracumplir con compromisos adquiridos con las organizaciones sindicales. Los gremios, por su parte, reconocen que no hay en marcha una “ola de despidos”, sino caídas localizadas de empleo en actividades con problemas: el sector metalmecánico ligado a la fabricación de autos (debido a la deprimida demanda brasilera) y la construcción (por el frenazo de la obra pública y la suspensión de pagos del sector público; signo de la etapa, hasta las empresas de Lázaro Báez han entrado en quiebra). Ola o sensación El gobierno, por su parte, alega que no hay “ola”, pero reconoce que sí hay “sensación” de desempleo en puerta y comprende que las sensaciones generalizadas producen efectos políticos (pregúntenle a Aníbal Fernández). Por eso despertó morosamente de la atonía en la materia y produjo gestos apresurados: pidió a los empresarios el compromiso de que no echarán personal por noventa días y promovió medidas a favor de las pymes. Fracasó, en cambio, en involucrar a las conducciones sindicales en el simulacro de acuerdo social preparado el lunes 5 en el Salón Blanco. Los dirigentes gremiales habían sido convocados de apuro, dos o tres horas antes, para que aparecieran en la foto del compromiso empresarial. Se negaron: tienen buena voluntad pero no se dejan empujar a los panzazos. El Presidente mostró irritación cuando conversó con ellos por unos minutos. Pero esa irritación podría haberse economizado actuando a tiempo. A Macri no le faltan puentes con la dirigencia sindical: el vicejefe porteño , Diego Santilli, mantiene una relación cordialísima con Hugo Moyano , con quien supo negociar tantas cosas mientras era secretario de Espacio Público de la Ciudad. Y el influyente José Luis Lingeri, que colocó en el gobierno nada menos que al titular de la Superintendencia de Servicios de Salud (punto de concentración de la caja de las obras sociales), es un buen interlocutor de la Señora 8, la subdirectora de la Agencia Federal de Inteligencia, Silvia Majdalani. Polarización o acuerdo Había en juego elementos que permitían ( aún permiten, como se verá seguramente en la semana que se abre) acuerdos. Pero tanto el kirchnerismo como el oficialismo optaron por la confrontación. Los estrategas del oficialismo coinciden objetivamente con la dama de Calafate cuando unos y otra creen hacer negocio en una polarización que los tenga como extremos. La Señora busca determinar con sus posiciones duras al peronismo moderado que la resiste pero de todas maneras no se atreve a independizarse de ella (en el PJ restaurado que conducen José Luis Gioja y Daniel Scioli, el único que se diferenció tajantamente fue Juan Manuel Urtubey, quien declaró que él vetaría el proyecto de ley antidespidos, tal como prometió hacerlo Mauricio Macri). De su lado, y con la mirada puesta en la elección bonaerense de 2017, en la Casa Rosada consideran que empujar al peronismo a los brazos de la señora de Kirchner es una estrategia lúcida, ya que ella es “piantavotos”, sus índices de imagen negativa son altísimos, y suben más al ritmo de la cotidiana cantilena mediática que evoca bóvedas, coimas, enriquecimientos ilícitos y maniobras financieras. Para el macrismo la figura más peligrosa, mirando al 2017, es la de Sergio Massa y hay cierto regocijo en hacerle difícil el tránsito por su “avenida del medio” desde la que consigue ventajas “apoyando lo bueno y criticando lo equivocado” del gobierno. Tal vez por eso, para impedir que el massismo pudiera capitalizar una propuesta acuerdista , el oficialismo prefirió que cada fuerza presentara su propio dictamen y festejó que un diputado del Frente Renovador firmara el dictamen de mayoría, impulsado por el Frente para la Victoria. También celebró que el kirchnerismo no consiguiera formar quórum el miércoles, pero esa alegría se la debe al massismo, que está en situación de árbitro y decidió no bajar al recinto para subrayar a oficialistas y kirchneristas la importancia de ese posicionamiento estratégico. Se abrió, pues, una semana extra para las negociaciones y la esgrima. Se verá el resultado. Macri dice estar dispuesto a “pagar el costo” de vetar la ley antidespidos si ésta, finalmente fuera aprobada. Lo que el Presidente quiere, por lo menos, es subrayar su rechazo a la propuesta, seguramente para tomar distancia de los principios proteccionistas que la la cruz de la debacle demanda cualquier negociación. Alguien ha señalado agudamente que Macri puede ser, como asegura, un fanático del diálogo, pero se resiste mucho a los acuerdos. Uno de los costos del eventual veto presidencial se pagaría en la ventanilla de la opinión pública. El gobierno, que mide todas sus estrategias, no ignora que 7 de cada 10 personas miran con simpatía las normas antidespidos. El otro costo se pagaría en el Congreso. Sin acuerdos y con la estrategia a mediano plazo de hacerle la vida difícil a los peronistas moderados, sacar leyes puede convertirse en una misión imposible. Los consejeros puristas del Presidente practican un voluntarismo entusiasta, que muchas veces coincide con la propensión de Macri a ahorrarse la incomodidad de compromisos y alianzas. Pero la necesidad tiene cara de hereje. La necesidad aconseja realismo. Final con Bonafini y el Papa Algunos sectores de Cambiemos están enojados con el Papa, al que atribuyen un recelo desmedido hacia el Presidente y hacia el gobierno . Otros tienen miedo de que un peronismo, hoy carente de liderazgos políticos y cargado con la cruz de la debacle kirchnerista, encuentre en Francisco un vector de reordenamiento y unidad y recupere a tiempo su temida competitividad. Por esos u otros motivos, se observa que ciertos voceros formales o informales del oficialismo golpean a Bergoglio y procuran dañarlo. Uno de los últimos tópicos empleados con ese designio es la visita que Hebe de Bonafini se apresta a hacer a El Vaticano, donde el Papa la recibirá. Se desliza o se sostiene con tono indignado que el Papa no debería Es claro que la deriva facciosa (y dudosa) que adquirió la organización de Bonafini bajo su timón durante la décadhacerlo.a K la convirtió en un personaje antipático para la mayoría de la opinión pública. También se sabe que ella dedicó a Bergoglio (antes y después de que se convirtiera en Pontífice) palabras llenas de rabia y rencor, que hacían juego con el desdén y la inquina que fluían desde el vértice kirchnerista. Que Bonafini vuele a Roma a buscar la bendición de aquel a quien vilipendió y pretendió vejar con palabras y también con hechos (recordar el paso de las huestes que ella lideraba por la Catedral de Buenos Aires en marzo de 2013) es una incoherencia que constata su derrota. Que Francisco la reciba es consecuente con su prédica de perdón y de unidad, no, obviamente, una identificación con las actitudes de ella. Llamativamente, antes que destacar la implícita confesión de derrota de ella, algunos análisis prefieren cuestionar la misericordia de él. Ese enfoque tiene significación política. Jorge Raventos

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