martes, 17 de julio de 2012

BORRACHERA

BORRACHERA DE VELOCIDAD por Carlos Berro Madero carlosberro24@gmail.com El psicoanálisis ha llegado a la conclusión de que las neurosis no arraigan necesariamente en un complejo de Edipo o en sentimientos de inferioridad del ser humano. También pueden deberse a problemas de orden espiritual, conflictos morales, o bien una crisis existencial. Dice Víctor Frankl que “normalmente, la frustración existencial no es visible, sino latente y puede permanecer larvada y enmascarada dentro del individuo de por vida”. La llamada “manager´s disease” -enfermedad de los gerentes-, permite comprobar, por ejemplo, cómo quienes la padecen se entregan a una actividad sin sosiego, empujados por un afán incontenible de ver satisfecho su enorme deseo de poder y conquista de bienes materiales, desplazando totalmente la búsqueda de algún sentido de vida razonable. Estas personas no saben qué hacer con el tiempo del que disponen y tratan de adormecer su vacío interior mediante una manía de “hacer” y “aparecer”, tratando de huir de sí mismos por el horror que sienten ante dicho vacío. Viven así una “borrachera de velocidad” con la que pretenden curar su frustración existencial. Estas reflexiones explican también, por analogía, por qué algunos políticos supuestamente exitosos –al menos en lo formal-, se lanzan a una carrera profesional desenfrenada, casi rabiosa, que les permita apartarse de neurosis endógenas que suelen estar larvadas en su personalidad. Frankl se dedicó a explicar en detalle por qué el hombre debiera luchar siempre por darle sentido a su vida, pero advirtió al mismo tiempo que ello no significa ni debe confundirse con empeñar la voluntad para producir hechos “singulares” solamente, ni “divinizar” el trabajo. La cualidad de ser libre para formular determinadas elecciones que permitan encontrar dicho sentido no es un “factum”, dice, sino simplemente una facultad. Sin embargo, muchas veces el individuo se deja llevar por un comportamiento típicamente neurótico, planteando su existencia en un “tener que ser así de una vez y no de otro modo”, continúa Frankl. El mundo está lleno de políticos que luchan por el poder en esos términos. De este modo tratan de ejercer su influencia sobre los demás, arrastrados por un determinismo conceptual que los hace cometer errores irreparables: no es “la gente” la que importa para ellos, sino el satisfacer las presiones internas que les provoca su propio “yo” enfermo. Muchos de ellos –si nos atenemos a las clasificaciones vitales de Adler-, están aislados completamente de la vida y aparecen ante nosotros hablando siempre coléricos, mediante un simulado señorío que suele impresionar a primera vista por su elegancia y brillantez. El grado de adicción extrema que sufren al cumplir sus tareas estos enfermos, debe moderar cualquier ilusión puesta sobre lo que dicen que harán en nuestro “provecho” cada vez que nos prometen algo, porque las posibilidades de que adopten buenas decisiones dependen de las características de estas neurosis. En muchos casos –más de los deseados-, están tan sometidos por un deseo irrefrenable de huir de sus propios demonios interiores que le impiden ponderar correctamente las circunstancias que deben enfrentar. Si quienes leen estas reflexiones imaginan que hemos pensado en nuestra Presidente como paradigma de lo que hemos descripto, están en lo cierto. No es habitual asistir al desempeño de la función pública por parte de alguien como Cristina Fernández, que hace gala de tanta extravagancia, atropello y falta de respeto por los demás. Así lo habrá sentido seguramente el ministro de economía español Luis de Guindos, cuando fue señalado por ella en estos días como “el pelado ése que me atragantó las tostadas del desayuno” (sic). Dicen que “para muestra solo hace falta un botón”. Nosotros también lo creemos.

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