por Gabriel Boragina ©
No parece haberse subrayado lo suficiente, en estos tiempos de exultante populismo, sobre el correcto significado –a nuestro modesto entender- de los vocablos que forman parte del título con el cual encabezamos nuestro tema actual. Vamos a insistir –entonces- sobre el diferente sentido que colectivistas e individualistas dan al término "democracia", ya que parece haber un acuerdo bastante generalizado acera del alcance de la palabra "monopolio".
En efecto, la mayoría de la gente parece tener en claro de qué se habla cuando se menciona la palabra monopolio, de la cual el diccionario de la Real Academia Española nos da las siguientes acepciones:
monopolio.
(Del lat. monopolĭum, y este del gr. μονοπώλιον).
1. m. Concesión otorgada por la autoridad competente a una empresa para que esta aproveche con carácter exclusivo alguna industria o comercio.
2. m. Convenio hecho entre los mercaderes de vender los géneros a un determinado precio.
3. m. acaparamiento.
4. m. Ejercicio exclusivo de una actividad, con el dominio o influencia consiguientes. Monopolio del poder político, de la enseñanza.
5. m. Situación de mercado en que la oferta de un producto se reduce a un solo vendedor.
6. m. desus. monipodio.
(REAL ACADEMIA ESPAÑOLA-DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - Vigésima segunda edición)
La gente habla y utiliza comúnmente todas estas significaciones cuando se refiere a un monopolio, a pesar que, desde distintas disciplinas, se le den acepciones diferentes. Por lo pronto, y a los fines de nuestro análisis, nosotros emplearemos aquí la palabra monopolio en el cuarto sentido que le da el diccionario de la Real Academia Española.
En general, el sentimiento que la gente expresa hacia estas significaciones de la palabra monopolio es negativo, y suele referirse al monopolio en un sentido peyorativo.
Los colectivistas no son excepción a ello, y suelen contraponer la palabra democracia a la de monopolio y en sus discursos hablan mucho y repetidamente de defender la democracia para "enfrentar" los monopolios. Pero ¿es la democracia lo contrario a un monopolio? Desde nuestro de punto de vista la respuesta es negativa, es más: estamos en condiciones de decir que la democracia es solo una forma de monopolio. Se trata de un monopolio de tipo político, cuya única diferencia con los monopolios económicos es que, en el caso de la democracia, siempre se trata de un monopolio de naturaleza político-jurídica aunque basado en una situación de hecho.
Para comprender lo que decimos el lector deberá tener presente que cuando hablamos de "democracia" nos referimos al gobierno de la mayoría, y el gobierno de la mayoría es un monopolio, el monopolio de la mayoría. Cuando hablamos de gobierno aludimos a lo que Ludwig von Mises llama el aparato de coerción y compulsión. Uniendo estos dos conceptos tenemos que la democracia es la posesión del aparato de coerción y compulsión en manos de una mayoría. Visto desde este punto de vista, la democracia no parece algo tan simpático ni tan "bueno" ni deseable, como -de ordinario- nos la presentan los colectivistas (hoy frecuentemente llamados "populistas", término este último del cual tenemos algunas reservas que exploraremos en otra oportunidad y no en este momento).
De esta manera, podemos observar con claridad que la dicotomía entre democracia y monopolio es falsa, porque, en definitiva, se está hablando de la misma cosa. En el mejor de los casos, la democracia es una forma de monopolio, una forma política. La confusión deviene que no se aclara –ordinariamente- a qué clase de monopolio se está la gente refiriendo. Pero ¿de donde proviene esta confusión?
Esta mezcolanza proviene -a su vez- de otra confusión mayor, por la cual los colectivistas tratan de imponer como sinónimos las palabras "democracia" y "libertad". Como la libertad se dice que es "lo contrario" a un monopolio, y si se cree que libertad es solamente un sinónimo de "democracia", se ve con claridad de donde proviene tal enredo. Pero veamos este embrollo más de cerca.
Si la democracia es un monopolio por el cual una mayoría detenta el poder de coerción y compulsión llamado gobierno, resulta claro que esto último tiene muy pocos puntos de contacto con el término "libertad". Aquí se observa manifiesto que no existe sinonimia posible entre "democracia" y "libertad". Esto es muy evidente. Veamos: si es una mayoría la que detenta el aparato de compulsión y coerción, también resulta obvio (para esta doctrina relativista) que la libertad estará reservada a esa mayoría. Es cierto que esto no implica –necesariamente- que la libertad le este negada -por ese solo hecho- a la minoría. Sin embargo, es frecuente observar que -en los hechos- suele estarlo, en función del relativismo moral que encierra la concepción actual de la democracia. En efecto, según este relativismo moral, la democracia sería "fuente de derechos", y según ese mismo relativismo moral, la libertad dependería, en última instancia, de lo que la mayoría definiera como "libertad", lo que a su vez -se concluye-, implicaría "el derecho" de esa mayoría a definir -también- quiénes, dónde y cuándo podrían "gozar" de ese derecho que, según esta doctrina solo la "democracia" podría "crear".
El individualista es contrario al relativismo moral, y no confunde libertad con democracia, porque ve con claridad que la democracia es un monopolio, en última instancia es el monopolio de la fuerza ejercido por una mayoría, pero ¿qué sentido tendría detentar el uso de la fuerza si no es para aplicar esa fuerza sobre la minoría? Ninguno. Ergo, no puede hablarse en una situación semejante de nada parecido a la libertad.
Tampoco acepta el individualista que la libertad sea el fruto de una concesión, gracia o prebenda de una mayoría, porque ¿qué ocurriría si esa mayoría dejara un día de serlo y la entonces minoría se convirtiera luego en mayoría?
Gabriel Boragina es autor –entre otros- de los siguientes libros: La Credulidad, La Democracia, Socialismo y Capitalismo , Apuntes sobre filosofía política y económica, etc.



















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