Revista Noticias - 10-Oct-09 - Opinión
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Tesis
Los Kirchner frente a Kraft
GALLETITAS. El disturbio social por la toma de la fábrica de
Kraft pone a Cristina frente a la disyuntiva de reprimir o no.
por James Neilson
Detrás de las manifestaciones de solidaridad para con los pobres que cada tanto formulan clérigos, intelectuales bienpensantes, políticos y otros, siempre puede encontrarse el miedo. Desde que el mundo es mundo, quienes tienen algo que perder temen que se alcen en rebelión un buen día los que no tienen nada. En América latina sobre todo, personas de clase media imaginan que si ellas mismas se vieran marginadas por el resto de la sociedad, le declararían la guerra; por lo tanto, suponen que es sólo una cuestión de tiempo antes de que lo hagan los hacinados en las villas miseria que rodean casi todos los centros urbanos de la región.
Por fortuna, el peligro no es tan grave como algunos temen y otros esperan. Felizmente para el grueso del género humano, no son nada frecuentes las rebeliones "espontáneas" de los rezagados: de lo contrario, el planeta entero sería un aquelarre permanente. En cuanto a las advertencias de políticos y burócratas internacionales que dicen que tarde o temprano la brecha entre los países ricos y los hundidos en la pobreza extrema dará lugar a guerras atroces, sus exhortaciones apasionadas tienen más que ver con su propia voluntad de avergonzar a sus adversarios ideológicos que con lo que la experiencia histórica debería de haberles enseñado. Sucede que a diferencia de los relativamente acomodados, quienes siempre han sido pobres suelen estar plenamente ocupados tratando de sobrevivir. Están acostumbrados a soportar con estoicismo los golpes que les depare el destino y desconfían de quienes les dicen que deberían combatir la desigualdad con violencia. Como descubrió en Bolivia Ernesto "Che" Guevara, con escasas excepciones los más pobres no se sienten tentados por la idea de que les corresponda desempeñar un papel heroico - mejor dicho, uno de carne de cañón- en un drama revolucionario inventado por intelectuales burgueses.
En cambio, quienes sí a menudo son reacios a resignarse a la miseria son los recién depauperados cuyas expectativas se han visto cruelmente frustradas. En la Argentina actual hay muchísimas personas en esta situación. Pronto podría haber muchos más: la recesión está triturando miles de puestos de trabajo y la inflación sigue erosionando el poder de compra de familias antes solventes que están al borde de la indigencia o que ya han caído en ella. Con la ayuda de activistas experimentados, los perjudicados por la evolución deprimente de la economía están comenzando a movilizarse.
Como no pudo ser de otra manera, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su marido se sienten alarmados por el conflicto que fue desatado por los problemas laborales de la empresa de capitales norteamericanos Kraft, ex Terrabusi. Los santacruceños temen que las chispas diseminadas por lo que durante más de un mes suponían sería a lo sumo un foco localizado molesto sigan propagándose hasta provocar una conflagración social de proporciones imprevisibles. Además de los sindicalistas de la izquierda combativa y los piqueteros no oficialistas que han aprovechado la oportunidad que les brindó el paro en Kraft para organizar marchas callejeras y cortes de ruta, estudiantes universitarios y hasta secundarios en todo el país se han sumado a las protestas. Lo que comenzó siendo un enfrentamiento limitado a una empresa determinada amenaza con convertirse en una causa popular. Si bien la planta de Kraft dista de ser el único lugar conflictivo en el cada vez más agitado universo laboral argentino, lo que ocurra en él incidirá mucho en todos los demás. Por decirlo de alguna manera, es un conflicto piloto.
Quienes están cortando rutas, tomando aulas y desafiando a la Policía dicen que son contra todos los despidos, aun cuando se trate de militantes acusados de haber cometido delitos graves, pero parecería que en el fondo lo que están reclamando muchos es una suerte de cambio existencial para que la Argentina sea un país radicalmente distinto del que conocemos, uno sin tanta incertidumbre laboral y con perspectivas que sean decididamente más promisorias que las vislumbradas por la mayoría. Aunque los métodos que han elegido para expresar el repudio a la precariedad generalizada resultarán contraproducentes, ya que sólo servirán para que el futuro del país sea todavía más incierto de lo que ya es, por lo menos constituye una alternativa a la pasividad. También está incidiendo en el estado de ánimo de quienes están protestando la sensación de que la Argentina ha perdido el camino y que los Kirchner sólo están interesados en el poder y en sus propios negocios ya afecta a sectores que hasta hace poco les daban el beneficio de la duda.
El gobierno kirchnerista, pues, se ve frente a una serie de dilemas de resolución nada fácil.
Desgraciadamente para él, lo que encarna después de más de seis años en el poder es el statu quo. Si bien los Kirchner quisieran que los revoltosos los tomaran por los líderes naturales de la lucha contra la injusticia, la desigualdad, la pobreza, la exclusión, etc., no les será del todo fácil convencer a los activistas de que realmente lo sean. Así y todo, parecería que han elegido tratar de resucitar las ilusiones que Néstor supo engendrar en sus primeros días en la Casa Rosada en que se las ingenió para transformarse de un caudillo provinciano adusto de perfil más derechista que izquierdista en el paladín de la progresía nacional.
Luego de vacilar durante más de un mes, los Kirchner, con el propósito evidente de apaciguar a los manifestantes por los medios que fueran, están procurando forzar a los directivos de Kraft a reincorporar a los delegados de la comisión gremial interna, pero entienden muy bien que si la empresa reacciona ante el hostigamiento gubernamental optando por retirarse de la Argentina el impacto económico sería muy negativo porque mandaría un mensaje ominoso a todos los inversores en potencia, trátese de extranjeros o nativos. Pero aunque tanto Néstor como Cristina se afirman contrarios por principio a reprimir, saben que a menos que logren frenar a los sindicalistas independientes, los piqueteros y ahora los estudiantes, podrían verse frente a una marejada de protestas de todo tipo protagonizadas no sólo por los activistas de siempre sino también por gentes de la clase media porteña hartas de vivir en medio del caos.
Desde adueñarse de la Casa Rosada en mayo del 2003, a Néstor Kirchner le atormenta una pesadilla en la que por la ventana ve una Plaza de Mayo colmada por una turba furibunda que le grite insultos, de ahí las alusiones frecuentes de sus partidarios más íntimos al "helicóptero" en que Fernando de la Rúa se alejó del lugar. También tiene presente la renuncia abrupta de su apadrinador, Eduardo Duhalde, luego de la muerte de un par de piqueteros en el Puente Pueyrredón.
Kirchner optó por aliarse con los piqueteros por entender que le sería menos peligroso tener que soportar las críticas de los comprometidos con un mínimo de orden que ser blanco de la ira de agrupaciones capaces de provocar desmanes descomunales. Consciente de que le sería muy difícil derrotarlos, decidió tratar de incorporarlos a su propio "movimiento" y aprovechar en beneficio propio el temor latente de la clase media a que en cualquier momento se produjera un "estallido social". Hasta fines del 2007, cuando Cristina lo reemplazó en la presidencia, la estrategia funcionaba de forma adecuada. La presencia inquietante de los piqueteros lo ayudó a mantener asustada a la clase media y reforzar la noción de que lo que el país necesitaba era un caudillo "fuerte". Pero desde entonces el esquema se ha hecho menos eficaz. Conformar a los piqueteros cuesta mucho dinero, pero la caja ya no está llena. Por lo demás, las rivalidades internas entre los distintos caciques piqueteros, y la militancia de grupos de la ultraizquierda que no toman en serio el doble discurso de los Kirchner que, fieles a las tradiciones latinoamericanas en la materia, hablan como progresistas solidarios pero actúan como conservadores natos de instintos oligárquicos, y que se destacan por su rapacidad comercial insaciable, han estimulado a quienes estiman que ha llegado la hora de adoptar una postura más opositora, cuando no netamente revolucionaria.
Hace algunas semanas, los Kirchner dieron a entender que estarían dispuestos a romper con los "luchadores sociales", motivo por el que Cristina les pidió acatar la ley y dejar de pisotear "los derechos del otro". Por ser la respuesta a la primera tentativa de "represión" una nueva oleada de cortes y protestas callejeras, los Kirchner, acompañados por Hugo Moyano y un pelotón de gordos que no quieren para nada a los izquierdistas, se han batido en retirada. Quieren que la empresa Kraft, que cuenta con el respaldo de la embajada norteamericana, se encargue de los platos rotos, aunque no pueden sino entender que el espectáculo brindado por policías armados obligándola a permitir el ingreso de delegados gremiales denunciados por sabotaje y pagar multas millonarias por negarse a respetar los fueros sindicales, no contribuirá en absoluto a embellecer a la Argentina a ojos de los empresarios locales y extranjeros. Antes bien, desde el punto de vista de muchos conformaría la sospecha de que los Kirchner la están transformando en una versión sureña, sin petróleo, de la Venezuela de Hugo Chávez y que lo más sensato sería alejarse de ella hasta que el panorama les parezca menos turbulento.
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