miércoles, 8 de julio de 2009

PERÉZ ESQUIVEL


Premio nóbel de la paz defensor de la violencia totalitaria

Continúa siendo para mí un misterio cuáles son los criterios racionales que sirven de base a ciertos organismos internacionales para decidir sobre el galardón de determinadas personas y la concesión de pomposos títulos tales como premio nóbel de la paz. Así, por ejemplo, me pregunto cuáles fueron los méritos extraordinarios de Adolfo Pérez Esquivel para recibir tal distinción.

Más aún, ¿puede seguir ostentando este título una persona que se perfila cada vez con mayor nitidez como promotor de la violencia? Me parece incompatible una cosa y otra. Y sin embargo, el hecho es que el Sr. Premio Nóbel de la Paz constantemente predica, en lugar de la armonía, la confrontación de clases y hace apología de las fuerzas que luchan – en el sentido literal de la voz- por instituir sociedades que viven sojuzgadas por la violencia de poderes despóticos.
Ahora, en relación a los acontecimientos de Honduras, acaba de enviar una carta al Secretario General de la OEA que rezuma odio contra los Estados Unidos – al que achaca erróneamente de ser el instigador del derrocamiento de Zelaya- con “la complicidad de empresarios, sectores eclesiásticos y políticos que siempre abusaron del poder para dominar al pueblo”. Reclama seguidamente “sancionar a los militares (…) parlamentarios, magistrados, empresarios y eclesiásticos”, porque ellos constituyen “remanentes de fuerzas armadas golpistas, impregnadas de la doctrina de la Seguridad Nacional y con añoranza de las dictaduras”. Recuerda que “sectores antidemocráticos golpistas intentaron imponer un golpe de Estado contra el gobierno legítimo del Presidente Hugo Chávez”
Está claro que para el Sr. Esquivel la democracia real y la paz verdadera sólo existen en sociedades gobernadas por execrables déspotas, tales como los hermanos Castro, el venezolano Chávez o el racista Morales. En esos países, efectivamente, la paz está firmemente garantizada por la violencia estructural del poder totalitario.
Sin duda alguna hay que respaldar al Premio Nóbel de la Paz cuando lanza un no rotundo a los golpes militares, pero pienso que debería completar su pensamiento con un no a los poderes espurios que imponen sistemas de vida que condenan a sus miembros a la miseria y a la esclavitud, sin libertad para pensar y decidir por sí mismo, sin libertad sindical, sin libertad de culto, sin libertad de enseñanza, sin libertad de información. En una palabra: para vivir dignamente, como persona humana, en una sociedad libre.

José Leopoldo Decamilli

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