sábado, 20 de agosto de 2016

CRISIS PAMI

UN PEDIDO DE AUXILIO QUE NO PUEDE ESPERAR PAMI no da abasto con tantos afiliados y quiere achicar el régimen jubilatorio Administrar una obra social de jubilados con la misma cantidad de afiliados que sumando las sindicales y las prepagas, pero compuesta de adultos mayores con achaques que van de menor a mayor según los DNI puso nervioso al director ejecutivo Carlos Regazzoni y le hizo instalar un debate que lleva tiempo en Europa, pero que con todos los problemas de gestión que acumula el gobierno de Mauricio Macri sonó a extemporáneo: alargar la edad jubilatoria. Por suerte para él, las tarifas, Aranguren y la Corte habían copado la agenda mediática y el lance no tomó forma, porque cuando aún no se sentaron las bases para que la economía se ponga en marcha, lleguen las inversiones y se creen los empleos, debatir un achicamiento del régimen jubilatorio hoy no tiene goyete. Esto no significa que no haya un problema estruc tural de raíz demográfica a resolver: que dentro de cinco años con los aportes previsionales que genere cada adulto activo, entre 18 y 65 años, hipotéticamente habría que mantener a tres jubilados, pensionados o beneficiarios de subsidios sociales. La cuenta no cierra. O tiene que haber más que aporten o menos que se jubilen. En ambos casos, se impone bajar la evasión. Hay de todos modos alguna alternativa previsional para los años previos a la jubilación, como sería implementar un esquema de retiros o flexibilidad, que coordine el retiro con el trabajo. U otra sería una mezcla de trabajo con jornada laboral que combine puntos y horas. Pero parece que PAMI no puede esperar. Jubilados, un tema que no se aborda con creatividad y decisión. El director ejecutivo de ANSeS, Emilio Basavilbaso, le lleva una enorme ventaja a su colega de PAMI, Carlos Regazzoni, en la administración de la enorme masa de jubilados que les toca atender a ambos: que si no le alcanza le queda el timbre de la Tesorería para tocar, mientras que los tiempos de la salud son literalmente de vida o muerte. Sólo así se entiende que el responsable de la obra social de los jubilados haya elegido quizás el momento menos indicado, políticamente, para anticipar un debate que se viene: estirar unos años la edad para jubilarse. Con sus jefes de la Casa Rosada acorralados por la sociedad y la Justicia por el tarifazo y en pleno proceso de “reparación histórica” de los jubilados, hablar de un achicamiento del régimen fue como salpicar con un combustible inflamable la hoguera. No es que Regazzoni se haya plegado a la tendencia que llega de Europa de incluir en la agenda el tema de elevar la edad mínima para jubilarse, como viene haciendo desde hace 10 años el gobierno de Alemania que la subió de 65 a 67 años, pero en etapas hasta 2029, cuando ahí sí abarcará a toda la población. Pero la polémica se mantiene viva. Bundesbank salió como vocero de los que no se conformaron con el retoque que hizo la administración de Angela Merkel y advirtió que las tendencias demográficas son tales que la edad promedio de la sociedad alemana seguirá en aumento, con lo que propone que se eleve la edad mínima para jubilarse a 69 años para el 2060. También su socio en la Unión Europea, Francia, está en esa línea y tras llevar la edad de 60 a 62, la está aumentando, y llegará a 66 en 2018. En Argentina cada año se jubilan a los 65 los hombres y 60 las mujeres, que gracias a la medicina moderna y los hábitos más saludables cobran los haberes durante 10 años en promedio. En muchos casos, ni cuando mueren cesa el beneficio, ya que se transforma en pensión para el cónyuge. El régimen jubilatorio contributivo exige 30 años de un aporte mensual entre empleador y empleado que supera el 40 % del salario. Es por esto, que sólo 4 de cada 10 trabajadores podría estar haciéndolo. Por eso la cobertura previsional era baja (63% aproximadamente) hasta que se hicieron las moratorias y ahora el 90 % tiene jubilación, a pesar de que más de la mitad de los activos siguen sin aportar. El administrador de PAMI se queja de que la organización no da abasto para cubrir en forma directa al 70% de la población mayor de 64 años y al 98,7% de los mayores de 80. Después de la gran moratoria kirchnerista reunió en total 4,5 millones de afiliados (lo mismo que la suma de las obras sociales sindicales y las prepagas), de los cuales 94,2% utiliza la cartilla: > 2 millones cuentan con una cobertura al 100% en sus medicamentos, aunque desde abril les excluyeron del listado 150; > en 2004 sólo 9.000 tenían el beneficio de la gratuidad. Tampoco hay que olvidar que los enfermos, los viejos, los inválidos, los viudos/viudas y convivientes y niños, que están financiados por el trabajador aportante sano, terminan siendo atendidos por PAMI. Argentina tiene el mayor porcentaje de inclusión previsional de LATAM: el 90% de los adultos mayores cobra un haber y tiene acceso irrestricto a la obra social. De ahí que Regazzoni le haya dicho a Juan Miceli para PM, el noticiero on demand de LaNación.com, que "en el mundo entero, a los 65 años, la gente está muy bien y puede seguir trabajando". Fue inclusive más allá al señalar que "la medicina dice que lo mejor es seguir trabajando porque es lo que mejor mantiene la cabeza. Yo lo que creo es que la gente tiene muchos años de vida saludable por delante. En el PAMI, es difícil que una persona empiece a tomar remedios antes de los 72. Estamos hablando de 7 años, que hace la misma vida que cuando estaba activo", afirmó. En el CEM, manejan otra percepción: los que tienen arriba de los 65 lideran las franjas etáreas en atención médica y remedios con el 44% del gasto. Le sigue en demanda sanitaria la de 41 a 60 años, con 25%; la de 21-40 tiene 21%, y la de menos de 20 años, 10%. El PAMI, una obra social sobreexigida porque termina asumiendo funciones propias de la salud pública. Vivir más no es vivir mejor Y ni qué hablar si Regazzoni leyó el reporte del médico y profesor de salud global de la Universidad de Washington, Rafael Lozano, para quien vivir más años y estar aptos para producir a pleno no son sinónimos. “En 1990 la población argentina perdió, en promedio, 9,4 años de vida sana; mientras que según las mediciones de 2010, esa cifra subió a 11,2 años”, destaca. Pone de relieve que si bien el país logró disminuir la mortalidad en todos los grupos de edad, particularmente en los menores de cinco años, tiene un perfil muy cargado hacia las enfermedades no transmisibles de larga duración. Y, al contabilizar las pérdidas de salud asociadas a la discapacidad de las enfermedades, observa que la esperanza de vida saludable –los años que se viven sin enfermedad– es de 64,7 años, cuando en 1990 era de 63,1 años. En expectativa de vida saludable, en relación con los países de la región, Argentina se ubica mejor que Perú, Colombia y Brasil, aunque no que Chile. A nivel global Argentina ocupa el lugar 45. A la cabeza están Japón, Corea y España. Con matices, el aumento de la esperanza de vida y el descenso en la calidad se da en todo el mundo. Las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de la pérdida de años de vida saludable entre los argentinos de ambos sexos. Siempre en base a la evolución entre 1990 y 2010, siguen los accidentes cerebrovasculares (ACV), la depresión, la lumbalgia, las infecciones respiratorias bajas, los accidentes de tránsito, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), las complicaciones en el embarazo, la diabetes, otros trastornos musculoesqueléticos y dolor cervical. La lista incluye en total 25 causas principales. Quienes trabajaron en el estudio global explican que la depresión o la lumbalgia no son causas de muerte, que nadie se muere por ellas, pero se sufren y durante varios años. Dicen que son consecuencia de las condiciones en las que se vive, de una pobre calidad de vida, de la falta de actividad física o de la obesidad, y que en definitiva expresan una gran carga de enfermedad. Es evidente que el avance de la medicina permitió en esos 20 años un mayor acceso de la población a los tratamientos médicos. Y eso hizo que las enfermedades que antes eran mortales se convirtieran en males crónicos que no matan, pero se sufren, provocan secuelas o discapacidades y, según la patología y el caso, brindan una mejor o peor calidad de vida. Pero lo indudable es que estirar la edad jubilatoria significaría esterilizar el padrón del PAMI, cuya cobertura digiere pesadamente el crecimiento de la expectativa de vida en más de 30 años que hubo en el último siglo, al pasar de 47,3 años a 76,8 en el 2000. El actuario y demógrafo Carlos Grushka no ve que se haya modificado el llamado índice de dependencia adulta, que es la relación entre el porcentaje de la población entre 20 y 50 años con respecto al mayor de 65 años, aunque sí observa que en los años 50 estos últimos se enfermaban más y como que estaban en una etapa casi terminal, mientras ahora gozan de un buen estado de salud que abre otras expectativas y no quieren jubilarse sino sólo reducir horas de trabajo. Aspiran a mejores condiciones de vida, de vejez, porque probablemente no se sienten en una antesala del final. Indica que la gente no hace trabajos físicos que demanden un desgaste corporal, como en tiempos pasados, sino que las computadoras alivianaron las tareas y además se aplican cada vez más prácticas saludables en alimentación y ejercicios, que estiran los años de vida. Sostiene que hay una mayor proporción de viejos que pueden seguir trabajando, con lo cual la mayor parte del gasto en atender la salud se concentra en los últimos años de vida, que es cuando se juntan las enfermedades. A los que viven más de 70 a 80 años, el gasto en salud se les amontona en los dos últimos años. Así interesaría únicamente a dos de los 15 años de la pasividad, lo cual abarata en gran medida el costo integral en salud. Casi como que Regazzoni podría firmar a libro cerrado los dichos de Grushka. Taponar el ingreso de los jóvenes El Defensor de la Tercera Edad, Eugenio Semino, le respondió a Regazzoni en Radio 10 que si se amplía la edad jubilatoria en 2 o 5 años “lo que va a hacer es estancar el ingreso al mercado de trabajo. Aumentar de 65 a 70 años la edad jubilatoria significa que no entrarán al mercado de trabajo los chicos de 18 a 23 años porque no se están generando nuevos empleos". A efectos de equilibrio previsional, en todo caso, la menor cantidad de chicos en el sistema de salud compensaría en parte los mayores costos de los mayores de 65 años. Estudiosa como pocos de la temática del retiro, la directora de Mercer, Ana María Weisz, desarrolló en una entrevista publicada en Mercado un enfoque diametralmente opuesto: “Los cambios económicos por el envejecimiento llevarán a postergar la edad de retiro, porque las empresas necesitarán que las personas más experimentadas cubran el bache por una menor y más tardía incorporación relativa de los jóvenes, que planifican familias con menos hijos”. Y que por otro lado, “mientras hablamos de la postergación de la edad de retiro, vemos una obsolescencia temprana por razones de necesidad de reestructuración o renovación de generaciones. Es imposible pensar que si la ley posterga la edad, automáticamente estas necesidades del mercado laboral desaparecen. Primero viene la competencia por la retención del joven y luego vendrán las adaptaciones para que el adulto mayor resulte productivo”. Por de pronto, la perspectiva de prórrogas inquieta a los que les faltan menos de 10 años para entrar en edad de jubilarse. Weisz describe la repercusión hacia atrás en la clase activa: “Los jóvenes de 25 años de hoy que se gradúan y consiguen empleo, que se aprestan a reunir como mínimo los 30 años de aportes para poder jubilarse a partir de 2055, si son hombres, o en 2050, en el caso de las mujeres, sólo distinguen un futuro de crecimiento: en la profesión, en el trabajo, en la familia, como personas. La etapa etárea más próxima va a ser la de los 40 años, dentro de 15, ya entrado el 2030, que es la que concentra la mayor parte de la población. Que podrá estar activa y encaminada, pero que mejor no se ponga a pensar qué será de su jubilación cuando tenga que acogerse, si podrá mantener el nivel económico desde el que aportó al sistema previsional en lo que le toque vivir y si dispondrá de un cuidado de su salud acorde a los achaques de la edad”. La clase activa La Organización Iberoamericana de Seguridad Social mostró la situación socio-ocupacional de Argentina tomando el período entre 1997 y 2010, en el que la población económicamente activa subió 28%, de 12.888.598 a 16.540.000 personas, mientras los ocupados pasaron de 11.007.178 a 15.357.000, 39% más, y los desocupados, de 1.880.920 bajaron a 1.183.00, que representaron una merma de 37%. La cobertura de riesgo de trabajo por ley saltó de 4.124.726 en el ´96 a 7.971.725, un 93,2% más. En América Latina existen 2 sistemas: de capitalización y reparto y a veces mixto (por ejemplo Uruguay). El problema de la longevidad no queda solucionado por la opción de un tipo de sistema por sobre otro. El sistema de reparto queda determinado como de solidaridad intergeneracional y debe haber un justo equilibrio entre activos y pasivos. El envejecimiento de la sociedad deteriora esta relación. El Estado tendrá que buscar reglas de financiamiento para compensar el déficit contributivo de la seguridad social. Los sistemas de capitalización provocan en los beneficiarios enormes dudas sobre la mantención del poder adquisitivo con fondos que deben durar más tiempo. Además en países que han crecido, el PIB per cápita sobre el que se aportaba al sistema hace 20 años era significativamente menor, o viéndolo de otra manera, los aportes realizados son insuficientes si se pretende un beneficio relacionado sobre el PIB per cápita actual. Según el Indice de Pensiones elaborado por Mercer (Melbourne Mercer global Pension Index), que evalúa 25 sistemas de seguridad social en 2014 entre los que está Chile, el posicionamiento global de su sistema de seguridad social en promedio de todas las ponderaciones (adecuación, sustentabilidad y transparencia) es 8, incluso arriba de países del 1er. Mundo. Pero cuando vamos al posicionamiento del índice de adecuación (cuantía de la prestación) el número baja a 17. ¿Y por qué la tasa de sustitución es tan baja en este momento? Por más de un factor. La mejora en la longevidad sin duda es un factor determinante, pero para un sistema de ahorro como el chileno, el crecimiento del PIB per cápita en los últimos años también lo es. La sociedad chilena aportó durante años sobre un salario inferior al actual, y es el actual con el que cada uno se compara. El estudio ofrece al modelo uruguayo como un buen ejemplo a considerar, porque todos aportan al sistema público hasta un determinado umbral de monto de salario, por encima del cual pasa al sistema de capitalización. “Este esquema de que primero hay un límite para el sistema público y que por encima va a capitalizar garantiza un salario mínimo razonable para toda la población en edad de jubilarse y luego las personas que tienen más capacidad para ahorrar lo hacen sobre el excedente de ese nivel”, simplifica. Cuando en Argentina el kirchnerismo estatizó las AFJP y puso tope a los haberes jubilatorios, se gestó un crecimiento importante en los seguros de retiro contratados por personas con ingresos altos para complementarlos, que superó el 53%. La ejecutiva de Mercer los define como “planes de ahorro que mejoran la situación al momento de jubilarse. Para entonces, ya el beneficiario ha pensado en el costo de vida, en la calidad de vida durante el retiro, en achicar los metros de vivienda y busca soluciones eficientes; ha analizado el costo de vivir en grandes capitales y ha seleccionado un destino menos oneroso y que esté de acuerdo con sus preferencias. Todo ello hace al bienestar en el retiro. Jubilarse puede ser caro”, advierte Hay casos como el español, en el que el patrimonio acumulado en planes de pensiones asciende a 97.000 millones de euros, con un capital medio por partícipe de 7.000 euros.