viernes, 12 de agosto de 2016

DETENIDOS-DESAPARECIDOS

SOBRE DETENIDOS-DESAPARECIDOS ERP, Montoneros, agentes dobles, espías traidores y la guerra sin final Otra vez la polémica acerca de cuántos fueron los detenidos-desaparecidos, que se insiste en contar a partir del 24/03/1976, como si la represión no hubiera comenzado durante el gobierno Perón-Perón, elegido por el voto popular y contra el que se levantaron Montoneros y ERP. La Triple A y la orden de exterminio en Tucumán fueron autodefensas de la democracia contra la insurrección terrorista pero ese capítulo insisten en omitir quienes cuentan el supuesto martirio militante de los detenidos-desaparecidos en días del fracasado Proceso de Reorganización Nacional. Urgente24 siempre ha adherido a las teorías de la "guerra sucia" y de "los 2 Demonios", enfoque que se remonta al regreso de la democracia con Raúl Alfonsín, doctrinas criticadas durante los 12 años K, cuando los sobrevivientes de las organizac iones terroristas '60/'80 lograron reescribir el 'relato' de los 12 años anteriores (Carlos Menem y sus indultos; y la levedad de Fernando De la Rúa). El final que ellos imaginaron para los militares que condenaron es el de la premiada película "El Secreto de sus Ojos"), pero eso no resuelve la brecha, impide a la sociedad concluir el debate, frena la reconciliación necesaria y no cuenta la verdad de lo acontecido. En definitiva, es cierto que ocurrieron torturas y acciones ilegales pero también es verdad que se detuvo el intento de convertir a la Argentina en Cuba. Los terroristas conspiraron contra la Constitución Nacional porque era el símbolo del 'Estado burgués', y los militares y sus aliados civiles conspiraron contra la mista Constitución promoviendo un golpe de Estado. No hay inocentes, no hay santos. Precisamente, buscando ir un poco más a fondo del relato convencional, el periodista Ricardo Ragendorfer escribió "Los doblados - Las infiltraciones del Batallón 6 01 en la guerrilla argentina", historias de traidores, de agentes dobles, de infiltrados y de delatores en la gran tragedia argentina. Aquí un poco de historia. Portada del diario La Razón, que por entonces era vespetino (2 ediciones, 5ta. y 6ta) y respondía directamente al Estado Mayor del Ejército. Aquí algunos fragmentos del texto de Ricardo Ragendorfer: “Esta, señores, es una guerrilla de inteligencia, y su clave es la información”. Con tamaña económica de palabras, el todopoderoso jefe del Batallón 601, coronel Alberto Valín, definió ante sus colaboradores el espíritu de la “lucha antisubversiva”, tal como los militares solían llamar la aplicación indiscriminada del terrorismo de Estado. Corría el 20 de octubre de 1975. Casi treinta años después, la frase fue evocada por uno de esos oficiales, el mayor Carlos Españadero (actualmente condenado por delitos de lesa humanidad), en uno de los encuentros periodísticos que mantuvimos entre mayo y julio de 2005 para un artículo en la revista Caras y Caretas. La primera cita con él fue en la cafetería Los 36 Billares. Españadero llegó antes de hora y, como buen agente de inteligencia, ocupó una mesa del fondo, dominando así el ventanal que daba a la Avenida de Mayo. Pero yo ingresé por la entrada de Rivadavia. Eso lo contrarió. Luego tuvo otro sobresalto ante el saludo de un conocido mío. Y termino por explotar al advertir la presencia de un fotógrafo que retrataba allí una estrella de la zarzuela, antes de su debut en el teatro Avenida. El hombre se creía víctima de un complot para desenmascarar su identidad. Fue difícil disuadirlo. Después se mostró muy expansivo. Y sus palabras salieron a borbotones. Resultaba extraño estar con él; era como la frase de Walsh al revés: “Hay un fusilador que vive”. Lo cierto es que tales entrevistas fueron el germen de este libro. Y aquel tipo, el actor que entrelaza el grueso de sus hechos y circunstancias. (...)" Luego de un buen relato acerca de la llamada Operación Primicia (ataque de Montoneros a un regimiento en Formosa), el autor agrega: "(...) Por días no se habló en Argentina de otra cosa. Los diarios y la televisión reprodujeron hasta el cansancio los detalles del ataque, pero sin transgredir la versión oficial. Esta había abultado las bajas de la guerrilla, exageró su capacidad operativa y negaba la perdida de armas del arsenal del cuartel. A su vez, las fotografías de los soldados muertos causaron temor y rechazo hacia los Montoneros. En tanto, la Conducción Nacional efectuó una lectura algo triunfalista del asunto, mostrándose satisfecha tanto por el despliegue militar como por las armas obtenidas. En un Parte de Guerra difundido a cuarenta y ocho horas de los acontecimientos, la cúpula calificaba esa operación como un “éxito parcial”, ya que; según sus propias palabras; “puse en relieve la debilidad del enemigo”. Tampoco se privó de señalar que dicha acción fue el germen de “un ejército regular que permitía la toma de poder por parte del pueblo de la patria”. No obstante, en ciertos ámbitos de la “orga” prevalecía una mirada crítica hacia el operativo. Los argumentos remarcaban su falta total de objetivos políticos, más allá de la pretensión infantil de humillar momentáneamente hasta qué punto valió la pena conseguir cuatro fusiles a razón de cada compañero caído. La ecuación no era alentadora. De modo que esta espinosa cuestión contribuyó a cimentar una atmósfera de disconformidad en las entrañas de Montoneros. También derivo en una suerte de debate teórico que rebasaría sus límites internos para extenderse hacia otros escenarios. Y con interlocutores de lo más inesperados. Muestra de ello fue una reunión celebrada por esos días en un coqueto departamento de Belgrano. Para sus dos únicos participantes se trataba de un sitio “neutral”. Uno de ellos, eligiendo cuidadosamente las palabras, disparó: -En esta forma de combate hay una especie de malentendido conceptual sobre lo que es ganar o perder. Bien podría haber sido un comentario de boxeo. La frase había salido de la boca del general Dalla Tea, quien en realidad trazaba un enfoque técnico sobre la batalla de Formosa. Su tono académico y distante se obstinaba por parecer el de un “gentleman” sin otro interés que el intelecto. Pero; ya se sabe; aquel hombre era nada menos que el jefe superlativo de la unidad atacada, dado que esta se encontraba bajo la jurisdicción de la Séptima Brigada de Infantería, cuyo titular era precisamente él. Sin ser interrumpido por el muchacho engominado que lo observaba de soslayo, el general continuó exponiendo su punto de vista. Entonces pasó a explicar que “la guerra convencional es una cosa y la guerra revolucionaria otra”. Y que en esta última modalidad, se cometía un error al medir los resultados en forma aritmética: Tantas bajas de un lado y tantas del otro. El muchacho se movió en la silla con incomodidad, pero sin abrir la boca. El militar entonces habló de los “guarismos cualitativos”, aclarando que un muerto para la guerrilla significa el equivalente de cien para un ejército regular. Reforzó la idea con el ejemplo vietnamita donde se consideraba como “baja” al militante de Saigón que pasaba a la clandestinidad tras ser detectado. En ese punto, con un tono burlón, le recomendó al otro leer los escritos del general Nguyên Giáp. Por último, enumeró los errores de la guerrilla montonera en Formosa. Su perorata, que ya había extraviado la elegancia del comienzo, culmino con una velada recriminación: -Ustedes no se llevaron tantos fusiles como andan diciendo por ahí. En ese instante, Rodolfo Galimberti saltó de su asiento como impulsado por un resorte y, extrayendo un papelito del bolsillo, replicó: -Tome, general. Acá está el inventario de los fusiles. Es para que no le mientan sus subordinados. Esa misma noche, Galimberti repitió palabra por palabra, su diálogo con Della Tea. Y Toni reía de buena gana. Se había citado en el restaurante del hotel Sheraton, desde cuyo ventanal se divisaba hasta la costa uruguaya. La elección del lugar corrió por cuenta del líder de la Columna del Norte. Seguidamente, Tonio le hablo de sus peripecias en Formosa. Galimberti escuchaba con mucho interés. Al concluir el relato, clavó los ojos en su amigo; recién entonces dijo: -Voy a confesar algo: cuando supe que estabas ahí, tuve el presentimiento de que no volverías. Y levanto la copa de champán. Quince meses después mientras esquivaba la represión de la dictadura, Galimberti quizás haya evocado aquella escena pero con la certeza de que ya no habría entre ellos otro brindis: Tonio acababa de caer en el agujero negro de los muertos-vivos. Una patota de la Armada lo había capturado durante la mañana del 10 de enero de 1977 en la esquina de Lavalle y Callao. En un operativo posterior, también fue secuestrada su mujer, Delia, y las dos hijas de la pareja, de tres y cinco años. Era probable; suponía Galimberti; que todos ellos estuvieran en la ESMA. Y que ninguno sobreviviera. Semejante pálpito perduró en él hasta el 15 de abril. Aquel viernes había quedado de una sola pieza al ver una fotografía de Toni con peluca, junto a dos encapuchados y una bandera montonera a sus espaldas. La imagen resaltaba en una hoja del diario italiano La Republica; en medio de un artículo a cuatro columnas; que, casi a modo de saludo, el recién llegado extendió ante su rostro. Era Miguel Bonasso, por entonces a cargo de la Secretaría de Prensa del Movimiento Peronista Montonero (MPM), cuyo lanzamiento oficial sería anunciado seis días más tarde por Firmenich en Roma, ciudad desde la cual la Conducción Nacional intentaba ahora impulsar la resistencia. De hecho, Galimberti ocupaba una mesa en un bar del Trastévere, sobre la ribera occidental del río Tíber. Bonasso tomó asiento a su lado, envuelto en un silencio sepulcral. El otro, con las cejas enarcadas, seguía inmerso en aquella página. En resumen, el artículo reseñaba una conferencia de prensa “clandestina”, ofrecida en una suite del hotel Eurobuilding de Madrid por tres montoneros “disidentes” ante una docena de periodistas europeos. La voz cantante la llevaba Tonio, y sus dichos, pronunciados; según la nota; con “un leve titubeo”, hicieron que los cronistas se cruzaran miradas incómodas. “La represión en Argentina es un invento de los líderes montoneros para confundir a la opinión pública internacional”, fue su remate. Luego tomó el micrófono el tipo con capucha sentado a su izquierda. Una sola frase le bastó para que la impostura se desplomara del todo. “Ingresé a la organización subversiva con el propósito de encausar mis sentimientos nacionalistas”, fueron sus palabras. Y los presentes estallaron en una carcajada. Galimberti, al leer la palabra “subversiva”, también se permitió reír. No tardó en saberse que el autor de esa frase era en realidad un integrante del Grupo de Tareas (GT) 3.3.2 de la Armada, el teniente del navío Miguel Benazzi. Y el otro encapuchado, el teniente de fragata Alberto González Menotti. Previamente habían visitado Suiza. Y en un banco de la ciudad de Zúrich se apoderaron de una parte del dinero obtenido por la “orga” en el secuestro de los hermanos Born. Para ello contaron con la inestimable colaboración de Tonio, quien tenía acceso a la caja de seguridad que atesoraba el enorme bolso con un millón de dólares, guardado allí por él a medidos de 1975. Tal novedad llegó a la base romana de Montoneros durante los últimos días de abril- En esa ocasión, Galimberti sólo atinó a decir: -Tonio se quebró en mil pedazos.´ Pero en octubre de 1975, durante la plácida velada en el restaurante del Sheraton, aquella circunstancia no era siquiera imaginable. Galimberti había levantado su copa. Y Tonio, con suavidad, la chocó con la suya. Aún latía en ellos la ilusión de un futuro venturoso. Con un paralelismo fantasmal, durante esa noche también trascurría otro encuentro a casi mil kilómetros de distancia; exactamente en un Peugeot 404 que circulaba sin rumbo por las calles de la ciudad de Corrientes. -¡Carajo! ¿Por qué no avisaste?- exclamó el que manejaba. Era un tipo petiso y ancho. Y no apartaba sus ojillos negros del camino. -No se pudo. Ya lo explique cien veces- Contestó el que estaba sentado a su derecha. Se refería a la imposibilidad de informar que el objetivo del ataque era el regimiento de Formosa, a pesar de su participación en el asunto. Y a modo de excusa, acotó: -Eso recién lo supimos ya concentrados en el arroyo. Entiéndalo de una vez, Vagras: No hubo modo de avisar. “Vagras” era en realidad el capitán Hugo Vergez. Y su interlocutor, nada menos que Lito. (N. de la R.: uno de los integrantes de Montoneros que participó de la 'Operación Primica' que lideró Raúl Clemente Yager, alias "Roque). En el asiento trasero había otro tipo, al que Lito llamaba “Wenceslao”. Se trataba del PCI (Personal Civil de Inteligencia) Walter Salvador Pagano. Su boca sin labios mostraba en ese momento una mueca. Era el mismo sujeto que estaba en la casona del Segundo Cuerpo cuando el coronel José María Gonzales le perdonó; gracias al papá; la vida a Lito. No fue gratis: Todo indica que, ese día, José Luis Aspiazú se convirtió allí en agente inorgánico del Ejército. O sea, en un “doblado”. Ahora, sin desatender el manejo del vehículo, Vergez lo escrutaba por el rabillo del ojo. Atrás, el tal Wenceslao persistía con su mueca. Quizás aquella mueca escondía la clave de un enigma: Los militares, pese a ignorar la fecha y el lugar de la acción montonera, sabían desde mediados de septiembre; luego de que Roque fuera a Corrientes para sumar a Lito al operativo; que había algo muy grande en marcha. Pero no impidieron el plan. ¿Acaso tenían un interés especial en que ese “algo” se produjera? Lito bajó del Peugeot en la calle Buenos Aires, frente a la Parroquia de la Merced. Y enfiló a pie hacia la casa que compartía con su pareja, Norma, y dos “compañeros”. Era ya de madrugada. Aun nadie sospechaba de él. De modo que siguió abocado a su simulada militancia con absoluta normalidad. Sin embargo, su suerte no sería eterna. El 13 de agosto de 1976, el coronel González; por entonces, interventor de Santa Fe; tal vez haya sentido un ramalazo de pesar al enterarse por medio de un escueto radiograma del súbito deceso de José Luis Aspiazú. El cuerpo de Lito, acribillado con tres disparos, acababa de aparecer en un arrabal de la capital correntina. Sobre su camisa había un papel con una breve inscripción: “Ajusticiado por espía”. Y una firma: “Montoneros”. Lo cierto es que Lito quedó al descubierto al ser analizada una docena de caídas en la Regional Nordeste. Las celdas eran precisas, quirúrgicas. Y las víctimas poseían un denominador común: todas, previamente, se habían cruzado con él. Por aquellos días, también intento establecer contacto con Roque, por cuya cabeza sus mandantes del Destacamento de Inteligencia 121 tenían sumo interés. Su ejecución; resuelta por un “Tribunal Revolucionario”; hizo que esa última tarea le quedara inconclusa. En rigor, Raúl Clemente Yaguer sería para la dictadura un trofeo tardío: fue asesinado el 30 de abril de 1983 en un oscuro callejón de la ciudad de Córdoba, dentro de su Renault, por una patota de policías y militares. La versión oficial habló de “un enfrentamiento”. Tonio, a su vez, fue puesto en libertad por sus captores en septiembre de 1977 y pudo reunirse con su familia en París. Por décadas, su paradero fue un misterio. En realidad, Pablo González de Langarica vive en algún lugar de Argentina. Epílogo “La idea era preservarlo al Oso. Pero eso no se dio”, repetiría el mayor Carlos Españadero una y otra vez a lo largo de los años. Sin embargo, en su momento no había tenido mucho tiempo para lamentar la ejecución de su “filtro” favorito, dado que ya preparaba al reemplazante: Un tal “Facundo”. Bien vale reparar en su historia. Y en un episodio que marcó para siempre su destino. El 14 de febrero de 1975; a cinco días de empezar en Tucumán el Operativo Independencia; una unidad de la Compañía de Monte recorría la orilla del Río Viejo Pueblo. El miliciano “Daniel” encabezaba la columna. Y a la altura del paraje Yacuchina, se topó con una patrulla militar. La escaramuza fue breve, aunque virulenta. Daniel hirió de muerte a un teniente enemigo, antes de que una granada lo pulverizara. Tenía veinticuatro años y su nombre real era Víctor Pablo Lasser. Una escuadra insurgente fue bautizada con su nombre. El homenaje no alivió la conmoción de Miguel Ángel Lasser por la muerte de su hermano mayor. Esa granada; tal como luego Españadero supo interpretar; también hizo añicos sus ideales. Hasta entonces, el muchacho hacía tareas de apoyo al foco rural del ERP desde San Miguel de Tucumán. Y decidió volver a la ciudad bonaerense de Darregueira, a treinta kilómetros de La Pampa. Sus integrantes creían que poseí datos del ERP. Y les sorprendió gratamente que él, con sumo beneplácito, ofreciera brindarlos. Estaba convencido de que la guerrilla había empujado a Víctor Pablo hacia una muerte segura. De modo que fue con ellos a Buenos Aires en libertad. Allí cató en manos de Españadero. Una larga conversación le bastó a este para convertir a Lasser en un agente “inorgánico” del Batallón 601. Sus primeros aportes: Delatar a conocidos e ir a operativos como marcador. A la vez, recibía lecciones básicas e Inteligencia. Luego; a modo de ejercicio; fue infiltrado como conscripto en el Comando de Arsenales, en Palermo, para espiar a los soldados. Esa tarea duró hasta el verano de 1976. Recién entonces pasó a ser un miembro de número en la troupe del “mayor Peirano”. En aquellos días moría Rafael de Jesús Ranier. Su viuda, Eva López, conto a Españadero que 'el Oso' estuvo casi una semana en poder de sus captores. En ese instante, comprendió que ahora el ERP tenía, al menos, su nombre de cobertura. Pero no le dio importancia: Él estaba muy concentrado en guiar los pasos del nuevo discípulo en las filas del Grupo de Infiltración. “El chico tiene condiciones”, le decía a su jefe, el coronel Alberto Valín. Lo cierto es que el “chico”, además, tenía una psicología algo inquietante. En un cuestionario motivacional que debió completar para su ingreso como PCI (Personal Civil de Inteligencia), una de las preguntas era: “¿Tiene amigos?”. Y su respuesta fue: “Ninguno”. Aun así, Españadero llegó a tener con él un notable vínculo afectivo, al punto de invitarlo a su hogar y presentarle a los hijos. En paralelo, supervisaba con celo su reconversión en “Facundo”, tal como le decían en el ERP. Aquello consistió en la búsqueda de viejos contactos para enquistarse en alguna célula de la Regional Capital. En eso estaba cuando las fuerzas armadas tomaron por asalto el poder. Inmediatamente después, ocurrió el bautismo de fuego del Ejercito en aquella nueva etapa: el 29 de marzo, un grupo operativo; probablemente, al mando del capitán Juan Carlos Leonetti; atacó una quinta en Moreno, donde se celebraba un aparatoso plenario del Comité Central del PRT. Allí había cuarenta y nueve personas. Además de su dirección y la cúpula del ERP, estaban los miembros del cuerpo organizador, invitados especiales de la JCR, personal de Logística y la escuadra de defensa. Treinta y siete guerrilleros pudieron escapar de la encerrona. Entre ellos, el propio Santucho y el jefe del MIR chileno, Edgardo Enríquez, precedidos por un guardia armado con un FAL. También se retiraron a los tiros los más altos dirigentes. Menos uno: el capitán Pepe. Juan Mangini, el último en replegarse, fue interceptado en una calle lateral por una patrulla de apoyo. Sus integrantes se lo llevaron con vida. No se sabe cuándo ni dónde fue asesinado. Un juego Idéntica suerte corrieron otras siete personas, incluida su mujer, Leonor Inés Herrera. Y cuatro cayeron en combate. A Mario Roberto Santucho le llegaría su hora el 19 de julio. Ese lunes, cuatro sujetos armados irrumpieron en el departamento de Villa Martelli, desde donde estaba por viajar a La Habana. El Roby pudo desarmar a uno y le disparó con su propia pistola antes de ser acribillado por otros. Así cayó el hombre que jugaba ajedrez con la Historia. Su agonizante rival, como en alguna novela de Joseph Conrad, no era otro que el capitán Leonetti, su tenaz perseguidor. Allí también estaban Benito Urteaga y el pequeño José, Domingo Menna y su mujer, Ana María Lanzillotto, además de Liliana Delfino. Mariano, alcanzado por las balas, quedó muerto en el living. El Gringo y las dos mujeres fueron llevados a Campo de Mayo, donde serían asesinados. José fue entregado a su familia paterna. Y partió con Pola a un largo exilio en Nicaragua. Aún hoy es un misterio el modo en que fue localizada aquella vivienda. A la mañana había sido capturado el secretario del Buró Político, Fernando Gartel, y se conjetura que una factura de farmacia hallada en su billetera habría sido la punta del ovillo. A partir de entonces, lo que quedó del ERP se extinguiría irremediablemente. En tanto, Lasser ya se movía en el “oficio” con soltura. Y gozaba de la estima de sus superiores, dado que sus logros informativos derivaban invariablemente en allanamientos y secuestros. A fines de octubre, el azar hizo que se topara en un vagón del subterráneo con un antiguo jefe de la Compañía de Monte, el “capitán Armando”. Era una pieza de caza mayor. Facundo le fingió amistad, y se dieron una cita para el día siguiente en la pizzería Imperio, de Corrientes y Federico Lacroze. Armando tuvo el tino de comentar el asunto a unos compañeros en una casa de seguridad, antes de ir al encuentro con él. Tras su partida, llegó un integrante de Contrainteligencia, y al enterarse con quien se vería Armando, exclamó: -¡Es una trampa! ¡Facundo es un “filtro”! Y salió con premura hacia la cita para tratar de atajarlo. Demasiado tarde: al llegar, a Armando lo sacaban esposado por una puerta, y Lasser salía tranquilamente por otra. Julio Abad, tal era su nombre legal, fue llevado a Tucumán. Allí fue visto en el centro clandestino Nueva Baviera. Se dice que murió tras brutales tormentos. Envalentonado por la hazaña, Lasser hizo una cita con otro militante en una parada de colectivos. Esta vez, la trampa fue para él: a culatazos y patadas fue subido a un Falcon verde, escoltado por otro del mismo color. -¡Guerrillero hijo de puta!- fue la frase de bienvenida. Y él no dudó en exclamar: -¡Paren! ¡Soy tropa propia! ¡Llamen a Peirano! Fue su confesión. Los presuntos represores eran en realidad del ERP. Tras un juicio revolucionario, Miguel Ángel Lasser fue ejecutado. Su cadáver pareció al día siguiente en un basural de Avellaneda. El mayor Españadero pasó a retiro en 1977, aunque siguió vinculado al área de Inteligencia del Ejército. Desde entonces, tuvo una extraña tarea: recibir a familiares de desaparecidos con nacionalidad alemana que pedían ayuda en su embajada. Él aprovechaba para interrogarlos, además de obtener unos pesos por informaciones falsas. De hecho, sobre él pesa una macabra acusación: haberle cobrado veinticinco mil dólares al teólogo alemán Ernst Käsemann a cambio del cuerpo de su hija, asesinada por los militares en ese año. El siglo XXI no lo encontró a Españadero bien parado. A los setenta y cuatro años vivía “de prestado” en un galpón de la calle Castañares, a pocas cuadras del Cementerio de Flores. Y trabajaba de taxista. A fines de 2005, ya bajo el impulso de los juicios de lesa humanidad, puso los pies en polvorosa. Y no se supo de él hasta la década siguiente. El 6 de septiembre de 2012 terminó tras las rejas por orden de la Justicia de Comodoro Rivadavia, debido a su rol en la desaparición del soldado José Luis Rodríguez Diéguez. Sus camaradas de causa: estaba con vida; Jorge Rafael Videla. El 14 de febrero de 2014, Españadero fue condenado a prisión perpetua. Y se alojó en la Penitenciaria Federal de Mujeres, en Ezeiza. En la actualidad; aquejado de asma bronquial, tabaquismo, hiperplasia de próstata, divertículos en el colon, artrosis de columna e hipertrofia ventricular izquierda; disfruta del beneficio de la prisión domiciliaria. Que Dios se apiade de él. (...)".