viernes, 26 de agosto de 2016

LA BURKINI

DEBATE EL COMBATE QUE NO PELEA CAMBIEMOS La batalla cultural: De la burkini a Macri La “batalla cultural” sucede para intentar reconfigurar el “sentido común” de la sociedad. Este “sentido común” no refiere a lo que suele considerarse como conocimiento innato o autoevidente, sino que designa una serie de concepciones genéricas históricamente construidas. Antonio Gramsci lo definió así: “El sentido común es la filosofía de los no filósofos, es decir, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en los que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio”. El “sentido común” de Gramsci es el “clima de opinión” de Friedrich Hayek, es decir, “un conjunto de preconcepciones muy generales” sobre la existencia. En el “sentido común” se expresa la hegemonía, función que Gramsci atribuía a la “socie dad civil”, vale decir, al conjunto de organismos de naturaleza no coercitiva que se sumergen en la batalla por la dirección intelectual y moral de la sociedad, esto es la batalla cultural. La sociedad global se encuentra repleto de batallas culturales. Las más publicitadas: Occidente vs. el Islam, Occidente vs. China, el Islam moderado vs. el Islam fundamentalista, etc. etc. De la burkini vs. bikini a Macri en la Argentina pos K: 2 batallas culturales. Días atrás, Francia provocó un revuelo cuando comenzó a implementar la prohibición sobre la burkini, una prenda de baño especialmente diseñada para mujeres musulmanas que solo deja al descubierto la cara, las manos y los pies. La implementación cayó en medio de un intenso debate sobre la progresiva islamización de Europa, la negativa creciente a la asimilación entre nativos e inmigrantes en Francia, y “el fracaso de los Estados laicos en su capacidad de uniformar la identidad”, escribió Matilde Sánchez en el diario Clarín. El traje de baño que está en el eje de la controversia ya fue prohibido en 4 playas francesas, invocando la ley de laicidad de 2015 y el clima pos-atentados. Mientras tanto, hubo 2 declaraciones que muestran los 2 extremos del debate, en el que se enfrentan idiosincrasias radicalmente distintas. Sin embargo, el viernes 26/08 el Consejo de Estado francés, la mayor autoridad administrativa del país, suspendió el decreto de Villeneuve-Loubet, en el sur de Francia, que prohibía el burkini en sus playas, luego de un recurso presentado por la Liga de Derechos Humanos, y el Comité Contra la Islamofobia en Francia, opuesto al decreto dictado en Villeneuve-Loubet, en la Costa Azul francesa. El fallo, muy esperado, hará jurisprudencia. Podría aplicarse, en caso de recurrir a la justicia, a la treintena de localidades del país que se han sumado a lo largo de verano europeo a esta prohibición, en un contexto marcado por los atentados yihadistas de julio en Niza y en Normandía. El Consejo estimó que la amenaza al orden público, principal argumento jurídico en el que se basaba el decreto, no lo justifica. Lo suspende por estimar que atenta contra las libertades fundamentales. "El 'burkini' no sólo es un retroceso, sino una degradación para la mujer, es una falsa libertad. Es una prenda donde las musulmanas se refugian de un patriarcado que les han impuesto", dijo la marroquí musulmana Intissar El Mrabet, militante feminista de la Asociación de Iniciativas para la Protección del Derecho de las Mujeres, doctora en la Universidad de Casablanca. Agregó: "La realidad en los países musulmanes es que la mujer no es libre por la presión de la sociedad, por lo que hay que considerar que el 'burkini' es una imposición, y no una elección". Fatiha Daoudi, doctora en Ciencias Políticas por la Universidad de Grenoble (Francia) y jurista islámica, le dijo al diario madrileño El Mundo que llevar 'burkini' "no puede constituir una libertad. Las mujeres que lo llevan lo hacen bajo la influencia de un argumentario radical que reduce su cuerpo a su sexo y a un elemento de seducción que deben esconder. Paradójicamente, el 'burkini' no esconde el cuerpo de la mujer, sino todo lo contrario: lo remarca". Para el primer ministro francés, Manuel Valls, la burkini “no es compatible con los valores de la República” ya que no es solo una “nueva gama de trajes de baño” de moda, sino la traducción de un proyecto político fundado “sobre la esclavitud de la mujer”. Lo que para el primer ministro es un símbolo de esclavitud, para la creadora de la burkini, la libanesa australiana Aheda Zanetti, es un símbolo de “felicidad, alegría y fitness”, creado para dar a las mujeres musulmanas la libertad de practicar deportes y bañarse en una pileta en público. Lo que Valls ve como símbolo del sometimiento de la mujer, Zanetti –que comparó a los políticos franceses con los talibanes- manifiesta que es su empoderamiento. Dentro de esta controversia, una sola cosa queda clara: las batallas más importantes y largas se juegan en el plano cultural. El poder lo tiene quien define qué quiere decir una burkini, símbolo de qué es (¿sometimiento o libertad?), y mucho de eso se juega a través de los medios de comunicación, la educación, y los discursos de los políticos o líderes de opinión. Llevando el tema al terreno la Argentina, el Gobierno de Mauricio Macri debe entender que necesita generar un cambio de paradigma en la sociedad argentina para poder implementar con éxito las políticas que desea. Hay 2 valores que el Gobierno anterior se encargó de distorsionar: ** por un lado la meritocracia, que apunta al valor del esfuerzo individual en una sociedad (el kirchnerismo tildó a este concepto de sectario y conservador); y ** por otro lado el valor de la cultura del trabajo, teniendo en cuenta que hay familias en Argentina que hace 3 generaciones que viven de planes sociales (algo que el kirchnerismo pretendió naturalizar). Un cambio cultural se puede y se debe llevar a cabo para volver a dar a estos 2 valores una percepción positiva en la opinión pública. De lo contrario, será muy difícil para el país recorrer el camino que Macri propone. “Sólo cuando la democracia liberal pueda demostrar que es capaz de terminar con la pobreza, el populismo perderá definitivamente su poder de convocatoria”, escribió Julio Rajneri, el director del diario Río Negro, en el diario La Nación. La oportunidad única que tiene el Gobierno de Macri “En noviembre del año pasado se produjo una elección con un resultado inesperado. Por primera vez en la historia del país, desde que se estableció el voto secreto, universal y obligatorio, un candidato que se manifestaba partidario de la economía de libre mercado, claramente proveniente del sector empresario y al que sus contrincantes acusaban, con muy buenas razones, de ser un exponente de la economía liberal y de tener planeado -en caso de resultar ganador- un ajuste antiinflacionario, el arreglo con los fondos holdouts y con el FMI, ganó ajustadamente la elección presidencial”, escribió Rajneri, quien pasa a aclarar que es necesario dimensionar la victoria en el marco de una batalla cultural en la que por primera vez las ideas de la democracia capitalista “han alcanzado un volumen electoral levemente superior a la de los representantes de las ideas anticapitalistas que han sido dominantes desde la década del 40 del siglo pasado.” Así, el Gobierno tiene una oportunidad única de trasformar el país, pero para ello la implementación de sus políticas debe estar acompañada de un discurso que apunte a generar un cambio cultural. De esa manera, el Gobierno debe reconstruir valores que han sido vapuleados. Cuando la oposición acusa al Gobierno de tomar medidas que favorecen únicamente a los ricos y a los empresarios y que van en contra de los intereses de los asalariados y los obreros, el Gobierno debe contra-argumentar: “Cualquier análisis de un mínimo de lógica llegaría a la conclusión inversa. Si no hay empresas exitosas, si no hay estímulos para exportar y crecer, si la economía no funciona adecuadamente, si destruye y no crea empleos, los primeros perjudicados son los asalariados, los que tienen empleo, y en especial, los que están desocupados. Suponer lo contrario es creer que cuando peor les vaya a los empleadores mejor les va a ir a los empleados”, escribió Rajneri. En el año 2014, el Centro de Estudios Pew publicó una encuesta realizada en medio centenar de países, la que los entrevistados debían contestar a la siguiente afirmación: “La mayoría de las personas están mejor en una economía de mercado, aunque algunas personas sean ricas y otras pobres”. El país más anticapitalista, con un 48% de respuestas negativas ante esa afirmación, fue Argentina. Ese resultado debería dejar en claro a Macri que a menos que emprenda un camino de cambio cultural para construir consenso y confianza en sus medidas -un camino que deberá ser cuesta arriba porque ya de por sí su punto de arranque es la desaprobación-, la reacción de gran parte de la población a sus políticas será negativa. A favor y en contra de la meritocracia Este año, Chevrolet lanzó un clip televisivo para su más nuevo auto, el Cruze II, en el que proponía: “Imaginate vivir en una meritocracia, en un mundo donde cada persona tiene lo que merece”. El concepto fue así puesto en un primer plano y el diario La Voz del Interior publicó dos opiniones encontradas al respecto. Por un lado el sociólogo Mariano Barberi criticó la idea de meritocracia, por considerarla la base de las explicaciones sobre pobreza y riqueza a partir de los talentos individuales, el esfuerzo y el sacrificio, pero ignorando la discusión sobre la falta de oportunidades. “La meritocracia acusa al pobre de su pobreza”, dice Barberi. “No es casual que resucite este concepto en una época en la que son cuestionados muchos de los mecanismos de solidaridad (subsidios, regulaciones, derechos). Es innegable: el mérito existe, el esfuerzo. Pero un sistema basado sólo en la diferencia es un modo conservador de organización y antisolidario. En las antípodas de este pensamiento está el concepto de movilidad social, basado en el achicamiento de la brecha social. La trama, por mucho que se oculte, tiene una impronta ideológica: mientras la política es una manera de habitar el mundo colectivamente, el mérito es un recorrido individual”, considera el sociólogo. En la vereda opuesta está parado Adrián Simioni, periodista de La Voz del Interior, quien rescató el concepto de meritocracia aunque criticó la manera en que está presentado en el clip de Chevrolet: “Un spot publicitario de General Motors en el que se frivoliza la meritocracia y la decisión de la Provincia de Buenos Aires de restituir las calificaciones escolares del 1 al 10 bastaron para incendiar la pradera. Una legión de activistas políticos, profesores universitarios y empleados del Conicet se volcaron a las redes sociales y a los medios para repudiar la idea del mérito”, escribió. Entre los titulares y frases de los indignados estuvieron: “La meritocracia es muy riesgosa, puede ampliar las desigualdades” y “La idea de meritocracia es profundamente selectiva, antipopular, y traducida en una política educativa es inconstitucional”. Señala Simioni: “Casi no hubo alusiones positivas a la idea del mérito.” Y advierte que traspapelar la discusión sobre el mérito a la de la igualdad es un error. “Sin distinguir entre el agua y el bebé, en general se tira todo el contenido de la bañera”, advierte Simioni. “Si no fuera tan desproporcionado el poder de los que no quieren que nadie sobresalga por nada del mundo, se podría hacer esta propuesta: separar el tema de la igualdad de la del mérito. No porque la llaga de la desigualdad no exista, sino para que su omnipresencia no nos impida pensar en nada más.” Y argumenta que, a causa de que la promesa de igualdad viene un poco demorada, mientras tanto no nos hace nada mal como sociedad pensar qué es lo mejor que cada uno de nosotros puede poner de sí mismo, para cada uno y para los demás. Foreign Affairs: “La cultura importa” En 2011, Oscar Arias, premio Nobel de la Paz 1987 y ex presidente de Costa Rica, de la revista Foreign Affairs se formulaba la siguiente pregunta: “Aproximadamente dos siglos después de que los países de Latinoamérica ganaron su independencia de España y Portugal, ni uno solo de ellos está verdaderamente desarrollado. ¿Qué han hecho mal? ¿Por qué han países de otras regiones, una vez muy atrasados, han conseguido alcanzar relativamente rápido los resultados a los que los países latinoamericanos aspiran desde hace tanto tiempo?”. La respuesta probablemente se encuentre condensada en el título de la nota: “La cultura importa”. Arias explica que uno de los problemas de los países latinoamericanos es que muchos en la región responden a esa pregunta echando culpas a los demás. Por ejemplo, muchas veces se echa la culpa de la falta de resultados al imperio español, por haberse llevado las riquezas del continente en el pasado, o al imperio norteamericano, que se supone continúa desangrando la región hasta la fecha. Otros culpan a las instituciones financieras internacionales, que supuestamente planean las cosas para mantener a la región bajo su yugo, o a la globalización, diseñada deliberadamente para mantener a Latinoamérica en las sombras. “En resumen, echan la culpa de su subdesarrollo a cualquiera menos a Latinoamérica misma. La verdad es que ha pasado tanto tiempo desde su independencia, que los latinoamericanos han perdido el derecho a usar a otros como excusa de sus propios fracasos”, escribió Arias. “Varios poderes de afuera han en efecto afectado el destino de la región. Pero eso puede decirse de cada región del mundo. Los países de Latinoamérica no son los únicos que se han enfrentado a una batalla cuesta arriba en la historia. Las naciones latinoamericanas han empezado esta carrera en condiciones iguales que, o incluso mejores que, otros a los que hoy les va bien”, explica Arias, y brinda como ejemplos a Corea del Sur y Singapur. Dos países que tardaron 150 años más que América Latina en ser independientes y que a pesar de su pasado como colonias explotadas y su falta de recursos naturales significativos, tienen un PBI mucho mayor. Y el punto clave del artículo de Arias en Foreign Affairs es que muchos países latinoamericanos, en su intento de negar su propia responsabilidad respecto de su destino, han caído en una desconexión entre discurso y realidad. “Visitar el campus de una universidad latinoamericana es como viajar al pasado –escribe Arias-, a una era en la que el Muro de Berlín no había caído y Rusia y China todavía no habían adoptado el capitalismo.” Para Arias, Latinoamérica necesita para desarrollarse que sus universidades inviertan en ciencia y tecnología. Otro rasgo cultural sobre el que hay que trabajar es la desconfianza. En el año 2000, la Encuesta de los Valores del Mundo encontró que en respuesta a la pregunta “¿Se puede confiar en la mayoría de la gente?”, entre el 55% y el 65% de los encuestados en 4 países nórdicos –Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia-, dijo que sí. Solo el 16% de los encuestados latinoamericanos dieron esa respuesta. “Los latinoamericanos dudan de las verdaderas intenciones de todos los que se cruzan en su camino, desde políticos hasta amigos”, explica Arias. “Creemos que cada uno tiene un interés oculto y que es mejor no involucrarse en esfuerzos colectivos”, argumenta, lo que tiene como resultado una sociedad en la que cada persona contribuye lo mínimo posible al bien común. “La inseguridad legal es un problema especial. Con alarmante frecuencia, los ciudadanos de países de Latinoamérica no saben cuáles serán las consecuencias legales de sus acciones o cómo reaccionará el estado a sus proyectos.” Para Arias, la nueva ideología en los países latinoamericanos debe ser la que adoptó el gran reformador de la economía china, Deng Xiapong, quien implementó las reformas de liberalización que permitieron a China alcanzar las impresionantes tasas de crecimiento. “No importa que el gato sea blanco o sea negro. Mientras cace ratones, es un buen gato”, dijo el pragmático Xiaoping, quien fue el máximo líder de la República Popular China desde 1978 hasta mediados de la década del ’90. Deng Xiaoping y el caso chino: la revolución después de la revolución “La ‘batalla cultural’, para definirla de manera simple y concreta, es aquella que se lleva adelante en orden a configurar el ‘sentido común’ (gramsciano) de la sociedad”, escribió Agustín Laje en el sitio Gramscimania. La china pos-Mao es un ejemplo de batalla cultural librada. Deng Xiaoping, “tal vez el hombre más inteligente que haya gobernado un país en la última centuria”, escribió José García Domínguez en el portal LibreMercado, “descubrió que la fórmula magistral para sacar a China de la miseria consistía en implantar el capitalismo, pero incumpliendo la mitad de las reglas de la economía de mercado.” La mayor contribución del revolucionario veterano llegó cuando Xiaoping rondaba sus 70 años, y la reacción contra la Revolución Cultural de Mao Tse-Tung lo había propulsado hasta lo más alto de la elite gobernante china. Al ascender al poder en 1978, Deng ridiculizó el eslogan de la Revolución Cultural que decía que “es mejor ser pobre en el socialismo que rico en el capitalismo”. El franco y pragmático Xiaoping dijo en cambio: “La pobreza no es el socialismo”, y alentó la creación de una economía de mercado y de empresas semi-capitalistas. Para principios de la década del ’90, sus reforman habían ayudado a sacar a alrededor de 170 millones de campesinos de la pobreza extrema. “Una de las primeras reformas de Deng fue abolir las comunas rurales de agricultura y permitir a los campesinos cultivar en parcelas familiares. Rápidamente se incrementó el cultivo de granos, y otras reformas siguieron”, explica el portal de CNN. “Se le permitió a la población urbana empezar negocios a pequeña escala, a los ciudadanos comunes comprar bienes de consumo, y Deng salió a seducir a la inversión internacional. También impuso duros controles poblacionales que incluían abortos forzados para limitar a las familias a 1 o 2 hijos.” Pero nada de esto hubiese dado resultado para sacar al país de la pobreza si no hubiese sido porque Xiaoping -que no tenía el atractivo carismático de Mao ni estaba interesado en construir en torno suyo el culto a la personalidad que había auspiciado el líder de la Revolución Cultural- entendió que al mismo tiempo debía librar una batalla cultural, para convencer al pueblo chino de aceptar un modelo distinto al que había sido introducido por Mao. “Deng empujó para reformar la educación en China, acusando a la Revolución Cultural de haber producido ‘una generación entera de lisiados mentales’ al cerrar escuelas y chupar a la población estudiantil hacia las omnipresentes Guardias Rojas. Deng permitió que los estudiantes salieran a estudiar afuera, disparando una manía por aprender inglés”, explica CNN. Xiaoping libró la batalla cultural y la ganó, consiguiendo así que hasta la fecha, “la voz dominante del discurso intelectual en China haya sido el racionalismo económico, para el que la eficiencia debería tener prioridad sobre la justicia. La suposición que está por debajo de esto es que si, y cuándo, la eficiencia lleve a una mayor riqueza en el país, todo el mundo estará mejor”, escribió Mobo Gao en el libro “La batalla por el pasado de China”.