viernes, 16 de marzo de 2012

IMBECILIDAD

Censura es otra cosa por María Zaldívar El magnificado episodio ocurrido en un canal de televisión cuyo bajísimo rating haría juego con los escasos escrúpulos de sus titulares, es el ejemplo perfecto del postulado del economista Ludwig von Mises: “El problema con el socialismo es que hasta quienes están en contra aceptan sus postulados”. El hachazo que le pegaron a un programa de entrevistas que estaba al aire y en vivo produjo la estampida de un grupo más o menos numeroso de noctámbulos twitteros que salió inmediatamente a teclear “Censura!” “Censura!” y a especular sobre el origen de la orden. Por mucho que desagrade, no se trató de censura alguna sino todo lo contrario: el dueño de un canal de televisión hizo uso de su libertad de transmitir o dejar de transmitir y su empleado también ejerció su libertad eligiendo quedarse y declinando la opción de renunciar tras el hecho. Fue un tema entre privados y el alboroto sobrevino por el motivo equivocado. La profunda incultura que tenemos los argentinos en materia de libertad enfiló mal el debate. El punto no era una censura que no existió sino la pavorosa connivencia entre el estado y el empresariado que, como en la Alemania nazi, viene haciendo estragos en nuestro país. No es tan grave que un funcionario pretenda no ser criticado o desenmascarado como que un empresario sepa que existe la impunidad suficiente para negociar privilegios mutuos con el gobierno de turno. A todo esto, la pregunta recurrente era quién había sido el responsable de interrumpir la jugosa entrevista que el periodista Marcelo Longobardi hacía al ex jefe de gabinete K, Alberto Fernández. Unos repetían el nombre del ministro De Vido, quien reemplazó al propio Fernández como monje negro del seguimiento de los medios una vez que aquel fuera expulsado de la órbita k. Entre el estupor por lo sucedido y el placer de escuchar a un ex oficialista criticar a su antigua jefa (nada inusual en la política argentina) algunos memoriosos recordaban que durante su segmento de poder y fama, el pulgar de don Alberto también había ejercido su poderosa influencia. Otros aullaban “Fue orden de Cristina!” y mientras tanto los minutos pasaban y la repetición del programa abortado, tampoco se pudo ver. El kirchnerismo “duro” (que para los extremosos es la totalidad) detesta cualquier expresión, de modo que el origen de la supuesta directiva es lo de menos. A ellos les encantaría que nadie opinara, ni siquiera a favor. Descreen de la comunicación interpersonal aún entre ellos mismos y por eso establecen contactos escasos y celulares. Para muestra basta la figura de Máximo, el mandamás de La Cámpora, quien por estos días es eje de la política nacional y nadie le conoce el timbre de voz. Los crédulos descontaban la renuncia inmediata de un Longobardi furioso porque el hecho había servido para descorrer de un cachetazo el velo de sus incólumes ojos y por primera vez había podido sospechar cierta connivencia “non santa” entre su jefe y la pelota de publicidad oficial que recibe el multimedio y que lo hizo dócil al supuesto pedido. Los bienintencionados twitteros que buscan afanosamente la punta a este ovillo malsano se entusiasmaron con la trascendencia que tomaría el ruidoso portazo del conductor. Pero tal portazo no llegó y por si le faltaba algún ingrediente agridulce al tortón, a cambio sólo tuvimos algunas horas después un amable encuentro entre el empresario Daniel Hadad y el locuaz periodista deportivo Víctor Hugo Morales explicando los detalles del episodio. Alguna audiencia recalcitrante que descree de la calidad moral de gente como Hadad o Morales, interpretó el encuentro de dos cruzados del régimen como el encuentro de dos cruzados del régimen. Aclarado por esos dos pilares de la libertad de prensa que en absoluto se trató de una torpe maniobra para acallar críticas que involucraban a la presidente y a su vice, ya quedaron pocas dudas de cómo y por qué se habían sucedido los hechos, si es que en algún momento las hubiese habido. Tamaña irregularidad llevó a un programa que, en el mejor de los casos, araña el punto de rating a los diarios y a un extenso debate en las redes sociales. Independientemente de aquello de “No aclares que oscurece” nadie salió bien parado; el peor fue Longobardi porque hasta el público más distraído tiene su opinión formada sobre Hadad, Victor Hugo, De Vido o quien sea que haya dado la orden. Pero que el “censurado” hubiese digerido sin chistar ese caramelo lo desluce y mucho. Suena igualmente sorprendente (o no) que el mismo Fernández se apurara a despegar al dueño del canal de cualquier conducta impropia culpando del hecho a la "imbecilidad política". En unos días, aquello será una anécdota más que ilustra y engrosa la teoría de que todo hombre tiene su precio y mucho más en la Argentina. Para el observador agudo lo que subyace es la preocupación de lidiar con una clase dirigente asociada y sin escrúpulos y unos dirigidos confundidos y sin parámetros.

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