sábado, 29 de marzo de 2008

PIQUETE Y CACEROLA

PIQUETE Y CACEROLA, LA LUCHA NO ES UNA SOLA



Por Diego Gonzalo Díaz



El divorcio se produjo de hecho y en un escenario similar al que usaron para jurarse amor. La cacerola y el piquete volvieron a cruzarse en una Plaza de Mayo que albergó su irrupción como actores políticos de peso, pero esta vez no los encontró en la misma vereda ni bajo la misma lucha. La división se palpó entre quienes estaban a favor del campo (sic) y los que vieron más allá de una manifestación espontánea, los ingredientes de una oposición al gobierno transformando las quejas en repudio a la gestión.



La escena estaba planteada, pero ¿de qué lado estar? ¿cómo entender con más claridad una dicotomía que nadie puede explicar bien? ¿qué es estar a favor del campo o en contra de él? Muchas preguntas y pocas respuestas de parte de los protagonistas, pero también demasiada desinformación por parte de los medios masivos de comunicación que no reflejan el problema de fondo sino que solo se limitan a mostrar los acontecimientos con la mira puesta en posibles incidentes.



Desde la información dura, el paro del campo se produce ante un aumento de los aranceles de exportación a la soja y al girasol, acompañados del descenso de los mismos para la venta al extranjero de trigo y maíz. Dichos índices son móviles y mantendrían la renta del campo tanto para un aumento del valor internacional de los granos, como a una posible baja de las divisas. Todo esto acompañado de una política de incentivos a los pequeños productores para los eslabones que agreguen valor al producto. El objetivo del gobierno es impedir que el precio internacional en alza pudiera repercutir en los productos en el mercado interno tanto en forma de inflación o desabastecimiento. Las medidas buscan también generar previsibilidad en la producción rural para los próximos cuatro años.



Mas allá de que estas normas, que a priori, parecerían correctas y contarían con el apoyo de la sociedad, la protesta o movilización no se produjo en el primer día del paro sino en el 13. Y no obedeció a la escasez de alimentos sino a una supuesta reacción ante un discurso vehemente y hasta cierto punto combativo de la Presidenta Cristina Fernandez de Kirchner. Las formas le volvieron a ganar a los hechos y la suma de confusiones logró el resto. La pertenencia sociocultural de los caceroleros sumadas a las agrupaciones opositoras prontamente generaron la reacción de sectores que apoyaban al oficialismo.



En este caso se puede demostrar cómo la mirada de los medios puede enturbiar una situación. Como reacción a la manifestación de los opositores a Cristina Kirchner, grupos piqueteros, agrupaciones juveniles y otros manifestantes llegaron a la Casa de Gobierno para defender a su gobierno. No todos eran piqueteros como se informó, si bien estaban los homónimos que responden a Luis D'Elía, se podía observar la presencia de legisladores o grupos juveniles cuyas actividades no tienen que ver con los piquetes. El resto era previsible. De los tumultos a las provocaciones, de ello a la agresión y de allí a los disturbios, pero de las dos partes; entre los participantes de ambas columnas pudieron observarse a agresores y a personas tratando de contener y aguantar una situación violenta. La batalla de posiciones y posesiones terminó en el alejamiento de los primeros manifestantes. Este incidente no arrojó ninguna víctima, algo a lo que muchos tuvieron miedo apenas sonó el primer recipiente de cocina.



La cacerola fue un arma importante para demostrar un descontento social, pero lo que la legitima es una sociedad detrás movilizada espontáneamente en su conjunto. Eso ocurrió la noche del 19 de diciembre de 2001, donde representantes de todos los sectores sociales salieron a la calle a demostrar su descontento ante una situación extrema. Pero el ruido de las cacerolas no tiene sustento en sí mismo, y menos si solo aglutina el peso de una parte de aquella sociedad. Esto fue el producto de los enojos y los enconos que se vieron en las calles del país; el sonido metálico esta vez expresaba la visión de una minoría y el efecto de contagio fue muy reducido. El imago, aquella imagen de los utensillos de cocina sonando y una helicóptero abandonando la Casa Rosada con un presidente renunciante adentro, no fue el reflejo de la realidad de este momento. Y la manifestación popular se encontró con los otros protagonistas excluyentes de aquel tiempo, que le objetaron los contenidos y las formas de la misma. Los mismos protagonistas, poco más de 6 años después se encontraron con visiones distintas de país y ya no entonaron "piquete y cacerola, la lucha es una sola", sino más bien todo lo contrario.



CRÓNICA Y ANÁLISIS

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