martes, 25 de octubre de 2016

BABYBOOMERS

Las culpas de los Babyboomers Escrito por Omar López Mato - Médico y escritor Se llama Babyboomers a todos aquellos nacidos después de la Segunda Guerra Mundial y hasta comienzos de los setenta. Esta época coincidió con el aumento de la natalidad que siguió al retorno de los soldados norteamericanos del conflicto armando en Europa y el Pacífico. En el resto del mundo también hubo un aumento de la natalidad gracias a las mejoras económicas y especialmente de salud, que permitió más embarazos, disminución de la muerte perinatal y una mejor alimentación de los hijos –de tal manera que aumentó la altura media de la población y hubo una disminución en los índices de desnutrición. Los avances científicos modificaron la forma de entender el mundo de los Babyboomers: el desarrollo tecnológico mejoraría su calidad de vida. Gracias a ello lograron una disminución de la mortalidad y más confort en su existencia, mejores medios de transporte, lugares más cómodos para habitar y una conectividad cada vez mayor. La ciencia fue en auxilio de sus necesidades: la medicina los hizo más longevos y la radio, el cine, la televisión, la telefonía y la computación (en orden sucesivo) los mantuvo entretenidos, informados y comunicados en forma casi instantánea. Los Babyboomer fueron responsables de los cambios tecnológicos y paradójicamente, fueron sus víctimas. Se convirtieron los artífices y actores del cambio más brutal en la historia de la humanidad: la globalización. El mundo estaba a sus pies, de China a París, de Nueva York a Tokio, las comunicaciones se volvieron instantáneas y el exceso de información, por momentos escindió sus mentes. Si bien los Babyboomers desarrollaron la tecnología digital, fueron sus hijos (las generaciones X e Y) quienes la dominaron. Por primera vez en la historia de la humanidad, los hijos tenían el "know how" y los padres, rompiendo una tradición milenaria, debían recurrir a sus vástagos para resolver los problemas de comunicación y avance científico que ellos mismos habían creado pero no podían manejar. La paradoja del Dr. Frankenstein se volvió realidad. Argentina no fue la excepción a esta onda de los Babyboomers con una característica particular. A diferencia del mundo, esta generación se dedicó a destruir los logros de las generaciones que las precedieron. Lógicamente, esta generalización acepta excepciones y atemperantes. El proceso de degradación institucional y económica venía de años antes, pero la opulencia del país había frenado, en parte, el deterioro. Cuando los idealistas de los setenta (casualmente Babyboomers) iniciaron una guerra ideológica con ayuda de una potencia extranjera (la Unión Soviética y su satélite cubano) hubo una resistencia por otra parte de la sociedad del mismo grupo etario. La guerrilla fue derrotada en la contienda armada, pero vencieron en el terreno de los hechos: los ideólogos de la guerrilla setentista están sueltos y sus sucedáneos llegaron a sustentar el poder, mientras que los vencedores de la contienda están presos y sus principios ideológicos sufrieron rechazos y postergaciones. Si bien el general Perón, artífice del gobierno populista en los cincuenta, había fogoneado el reclamo de estos "jóvenes idealistas" durante su exilio, estos se dedicaron a entorpecer el desarrollo de una nueva democracia que el viejo león herbívoro venía a liderar. Perón, entre sus muchos errores, eligió mal a sus sucesores. Si hubiese sido Luder o Balbín (como expresó en algún momento) antes que la insolvente intelectual de Isabelita, otro hubiese sido el destino del país. Perón se rodeó de personajes nefastos y al desaparecer su capacidad de contención, los bandos en pugna cayeron en un enfrentamiento armado, resuelto de la peor forma posible: a espaldas de la Justicia (que en la Argentina venía fallando desde 1930, al convalidar los golpes de Estado y quedar sometida a facciones en el poder: los jueces fueron los letrados de los poderosos de turno y no sus árbitros). Los militares, por su lado, priorizaron la táctica y no la estrategia. Copiaron el método exitoso de los franceses para pelear contra la guerrilla en Argelia, pero no vieron las secuelas que dejó, en dicha sociedad esa guerra sucia. Al caer en este error, le abrieron la puerta a la victoria ideológica de sus adversarios, que aprovechando un vacío de poder se entronizaron en el gobierno y cumplieron parte de sus sueños foquistas, obviamente atemperados por los cambios ideológicos propios de los tiempos. El mundo en el 2000 era distinto después del rotundo fracaso del modelo soviético que había guiado sus ideales políticos de los setenta. Este mismo grupo de Babyboomers se hicieron del poder con más canas y arrugas (atemperadas por tinturas y botox), pero no por eso con menos hipocresía. Al igual que los líderes montoneros habían vendido sus ideales por una "torta" de guita, que incluía la plata de los Born, el rescate de los secuestros y el dinero concedido por Massera para vender a sus seguidores como carne de cañón. (¿Dónde está esa plata, la sigue usufructuando la cúpula de montoneros?), la conducción kirchnerista ejercitó la misma hipocresía: vendió el relato progresista para elevarse como una cleptocracia. Conclusión, fueron los mismos babyboomers quienes destruyeron la apertura democrática de los setenta conduciendo al país a un conflicto armado. Fueron los mismos babyboomers quienes después acompañaron el saqueo del país en los noventa y fueron los mismos los que se dedicaron a la destrucción del Estado en la década reciente, dejando no solo una estela de 33% de pobres (cuando en los 70 no llegaban al 10%) si no una denigración institucional, degradando los organismos de control, además de una debacle económica. La generación de los babyboomers argentinos fracasó, porque no supo implementar una democracia sin caer en populismo y demagogia. Fracasó porque copió modelos perimidos en el mundo y desvirtuó las bondades propias de cada ideología. Ellos mismos sembraron la pobreza en todas sus formas: Cultural y estructural. Los babyboomers hundieron al país, al punto de poner en peligro nuestra identidad. Fracasaron (o mejor dicho, fracasamos, porque soy parte de esta generación y asumo mi parte de culpa) porque no pudieron, no supieron, ni quisieron salir de un modelo corporativista, donde cada cual mira su ombligo. Si no, no tendría explicación la resistencia de alumnos y docentes a la evaluación docente propuesta por este gobierno. No se entiende de otra forma. Con los restos del naufragio, otro babyboomer intenta encausar la nave, tarea que no solo tratará de rehabilitar una nación sino esta generación y las subsecuentes que ha perdido la grandeza. La tarea no es fácil –como dijo la madre del presidente Macri- pero es necesario aprovechar esta oportunidad y tener la paciencia que exige enmendar 40 años de desencuentros.