viernes, 28 de octubre de 2016

NO SOMOS IDIOTAS

DESTACADO Carta de un científico a Barañao: "Quiere tomar por idiota a la ciudadanía" Un físico químico estudiando en Francia analiza las declaraciones del ministro de Ciencia y Tecnología. Lino Barañao señaló recientemente que “Hay que fomentar que la gente (los científicos) se vaya”. http://www.anred.org/IMG/jpg/a4dcad711912dbb96f23899b16eb2e10_xl.jpg Por Leandro Andrini* Grenoble. Ciudad milenaria, hoy capital de los Alpes franceses. Avanza el otoño… Dos kilómetros, de ida y de vuelta, es lo que transito a diario para unir mi residencia con mi trabajo, en el Instituto Néel. Es el centro científico-tecnológico más importante de Francia después de París, así me lo hacen saber las científicas y los científicos “grenoblois”. El instituto debe su nombre a un destacado investigador, Louis Néel, premio Nobel de Física en 1970. No vienen al caso en esta oportunidad los tecnicismos disciplinares, como tampoco belleza natural del paisaje que rodea este gran polígono científico, en el que emergen modernos edificios de institutos de investigación, uno tras otro, hasta culminar con la gigantesca obra del sincrotrón de la comunidad europea, ESRF. En el transcurso de esta semana recibí un video, recorte de la alocución en el Congreso por parte del ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (CTeIP), Dr. Lino Barañao. Sus palabras funcionaron a modo de “interpelación”, sobre todo desde algunas historias en términos de su desafortunada frase “tenemos que ver la manera de fomentar que la gente se vaya”. Y aquí ya no viene al caso si se trata de un video que es un recorte, por lo contundente de su frase. A mediados de los 60s el pensador y científico argentino Amílcar Herrera, muy poco estudiado en el país a pesar de la riqueza de su obra, dio en llamar “fuga de cerebros” a lo que el ministro llama “fomento para que la gente se vaya”. 1. En la misma década, casi simultáneamente a las categorizaciones de Herrera, unos militares encontraron políticas adecuadas para “fomentar que la gente se vaya”. Se la conoce como “Noche de los Bastones Largos”. Se cumplieron 50 años hace muy poco. 2. Unos años más tarde, la triple A y la dictadura cívico-militar (con la cual la familia Macri se enriqueció sideralmente; gobierno del cual Barañao es ministro -y lo digo así: gobierno de la familia Macri-) encontraron una política adecuada, para “fomentar que la gente se vaya”, más atroz todavía que los garrotazos del gobierno militar de Onganía. 3. Dos décadas después, el gobierno de Menem congeló la planta de CONICET, congeló el ingreso a planta docente en las Universidad Públicas Nacionales, pretendió eliminar las dedicaciones exclusivas. Su sucesor, De La Rúa, no le fue en saga. Pretendió cerrar la CNEA, dejó varados en el exterior a becarios postdoctorales, y todo lo que conocemos (aunque la memoria parece ser más corta que la duración del día), encontrando sendos gobiernos una política eficaz para “fomentar que la gente se vaya”. Quienes estudiábamos carreras científico-tecnológicas hacia fines de los noventa teníamos como horizonte único y posible, en función de lo que deseábamos ser disciplinarmente, nuevos exilios. Desgarrador y desmotivante como presente y futuro de un país. Parece ser cíclico, lamentablemente. Las políticas de fomento para que “la gente se vaya” son políticas de expulsión. Arriba se indican tres de estas políticas. Quizás por tratarse del ministro de innovación (CTeIP), tengamos alguna variante de las expuestas. Ateniéndonos al gobierno al que pertenece, puede que sume a los ministros Bullrich, uno que nos recuerda que hará una nueva campaña del desierto, otra que no teme en meter bala, aun cuando se trate de niños de una murga, o al ministro de Justicia y su secretario de DDHH encargados de custodiar la “amnistía” de represores condenados por delitos de lesa humanidad, y permitir que se encarcele con causal a posteriori a militantes del campo popular. Y, por otro lado, son contrarias, precisamente, a las políticas de radicación de científicos, las que ahora parece deplorar y que aplaudía como una foca de circo en otro gobierno. Estas políticas no son “un problema inverso”, un “problema de rebalse”, como dice Barañao. Son políticas que promueven los exilios, en función de las cuentas de los economistas que, precisamente, no cuentan que los números que ellos manejan no son la abstracción de una matemática platónica, sino un peso concreto sobre la espalda concreta de los pueblos concretos. No hay abstracción. Hay miseria. Es triste la actual validez de ese enunciado sartreano, según el cual, a diferencia de la riqueza, la miseria es la mejor cosa repartida del mundo y a nosotros parece que no han de faltarnos ni miseria ni miserables. El ministro quiere tomar por idiotas a parte de la clase política a la que le habla en el Congreso, a la ciudadanía y a sus propios colegas. Intenta convencernos apelando a falacias. Tan burdo es su artilugio que denigra sus credenciales científicas. Un discurso que se derrumba por el contraste con los sólidos datos. Así, Barañao se convierte en un personaje pre-galileano, más ligado a la clerecía inquisitorial que a la cuestión observable/mensurable que, en parte, exigen las metodologías de las ciencias fácticas. El ministro se muerde la cola en eso de “como hemos creado condiciones adecuadas”. Cabe preguntarse para qué se crearon las condiciones adecuadas, sino es para que las/os científicas/os cumplan con su función. Lo que es peor, el ministro nos anoticia que haber creado tales condiciones “es tremendamente nocivo”, por lo que debería renunciar retroactivamente por incompetencia en la función pública. Lo dice con una desfachatez tal que evidencia que no le preocupa ni la contradicción enunciada ni la propia coherencia mancillada, y menos el sistema científico-tecnológico nacional. Estos discursos, acomodaticios, contradictorios, insustentables, faltos de todo rigor (inclusive del que deviene de la honestidad ético-intelectual), forman parte de la esquizofrenia de quienes no tienen otro compromiso más que con el amo. Vayamos a algunas cuestiones, aunque parezca simpleza retórica. ¿Cuánta es la cantidad porcentual de científicos estadounidenses que se va al exterior para establecer nuevas líneas de cooperación? Me temo, muy qué le pese al ministro, que es menor que la cantidad porcentual de cualquier país del resto del mundo. ¿Será nociva esa política de “condiciones adecuadas” propia a las estrategias de desarrollo que se ha trazado EEUU? Vale lo mismo para Alemania, Gran Bretaña, Francia, Japón, Suecia y Finlandia. Y no estoy indicando que debamos copiar/imitar las políticas de estos países ¿O será el recurrente problema centro/periferia? O en palabras de tres pensadores coincidentes en la categoría, nombrados por orden cronológico en cuanto a producción, Arturo Jauretche, Aníbal Quijano y Edgardo Lander, ¿no se tratará, una vez más, del problema de la colonización/colonialidad del pensar/saber? Por otro lado ¿cuál es la merma en la cooperación internacional? ¿Por qué debo creer fielmente a la palabra de Barañao (comprobada en torsiones y deslealtades), y no se nos presenta dato alguno al respecto? ¿Cuál ha sido el número en términos de la caída de publicaciones internacionales? ¿Quién miente? ¿El ministro Barañao o los datos publicados en CONICET? ¿Publicar en una revista de alto índice de impacto es más importante, por citar sólo un ejemplo, que investigar en cómo hacer más nutritivo el pan a partir de las partes de las manzanas que se descartan en la elaboración de jugos y sidras en empresas regionales, tal como investigan científicas/os “platenses”? Esta última pregunta encierra múltiples complejidades de lo que podemos llamar “sistema científico” y “políticas en un sistema científico”: con quién cooperamos, para qué cooperamos, qué conocimiento producimos, para qué sociedad producimos ese conocimiento, cómo se inserta ese conocimiento en la sociedad, cómo modificamos la sociedad y sus relaciones a partir del conocimiento que producimos, y cómo la sociedad modifica el conocimiento en su instrumentalización. Así siguiendo. Pero el ministro nos pasa una topadora, fiel a Cacciatore, y aplana toda cuestión subsumiéndola en “fomentar que la gente se vaya” (sin contar lo que le cuesta al país en formar un/a científico/a altamente cualificado). El ministro está enrolado en la lista de los tránsfugas (aclaración necesaria para desprevenidos: en la acepción de “los dispuestos a la fuga”). En el gobierno de la fuga de capitales, el ministro -para mantenerse- aporta la fuga de cerebros (o capital humano, que es equivalente, pero más abstracto -la palabra “cerebro” remite inmediatamente a un cuerpo portador, cuerpo borrado en eso de “capital humano”). Me atrevo a opinar que el ministro Barañao demuestra una ignorancia supina sobre el complejo significado de “ciencias” que emerge en el siglo XXI. En el 2008 dijo, sin prurito alguno, “a mí me gustaría ver un cierto cambio metodológico; estoy tan acostumbrado a la verificación empírica de lo que digo, que a veces los trabajos en ciencias sociales me parecen teología”. Y bien vale recordarle sus palabras, ahora, cuando se encuentra forzado a la adulteración de los datos para defender un recorte presupuestario. Estos argumentos, como los que el ministro sostiene, han sido refutados tantas veces como han sido pronunciados. A esta altura “está claro que el desarrollo científico y tecnológico no tiene un camino predeterminado, sino que puede ser encauzado por diferentes vías y que debemos decidir mediante acuerdos sociales cuáles son estos caminos”, sostiene el matemático y filósofo mexicano León Olivé, dedicado a indagar sobre ciencia-tecnología-justicia social, entre otros campos de su quehacer. Es menester resaltar que en nuestra América se creó, a partir de la década del cincuenta, una corriente cuestionadora del canon que el ministro defendió hace días en el Congreso. Esta corriente se denomina Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo (PLACTED), y nucleó a pensadores como Rolando García, Manuel Sadosky, Jorge Sabato, Amílcar Herrera, Oscar Varsavsky, Darcy Ribeiro, entre otros. Casi no tendría relevancia que el ministro no los conociera como hecho de erudición en sí. El problema es que el ministro ha prologado las nuevas ediciones de algunas de las obras de estos pensadores, vulnerando la memoria de los muertos que no pueden defenderse del vituperio al que se los somete, contrariándoselos en una suerte de difamación usando su nombre para hacer exactamente lo contrario. Y al ministro no se le movió un pelo cuando la actual dirección de la Biblioteca Nacional -que gasta ridículamente en hacerse custodiar, imponiendo una carga simbólica y emitiendo un mensaje- decidió eliminar la edición de estas obras. No es para nada menor decir que se trata de obras de autores que fueron corridos la Noche de los Bastones Largos, y que fueron proscriptos, prohibidos y condenados por la atroz dictadura cívico-militar de la década del setenta, y en algunos casos sus libros integraron hogueras. Ahora arden en la desidia cultural de un oscuro personaje que viene a promocionar a Borges, sin entender un ápice la bifurcación compleja, contradictoria, de los senderos en el amplio jardín de las culturas de una biblioteca nacional. Más aún, la Resolución 881/2010 del anterior Ministerio de CTeIP por la que se crea el Programa de Estudios de PLACTED lleva por firma la de Barañao. Es MUY necesario leer esa resolución, para saber a quién creerle, si al ahora inepto ministro del 2010 o al adepto ministro del 2016. Leer esa resolución, escuchar al ministro, sopesar los discursos con sus obras y la contrariedad de sentidos que pretende unificar en que es coherente con quienes lo acompañan (como garantía inexcusable de sus zigzagueos ideológicos) me lleva a la fecundidad y lucidez con la que Deleuze-Guattari platearon el tema del esquizo, en esa redefinición spinozziana de lo político: aquellos que combaten para mantenerse en la servidumbre como si fuera, ese combate, la salvación. No me olvido, tampoco, la excepcional advertencia de Slavoj Zizek en Un yuppie leyendo a Deleuze (ideólogo del capitalismo tardío según el esloveno). El autor francés es un innovador teórico en la cuestión de la circulación impersonal de los afectos por encima de las personas: la real lógica de la publicidad, lógica en la que lo que “importa no es el mensaje acerca del producto sino la intensidad de los afectos y percepciones que se transmiten”. Digo esto, con precisión, porque nos encontramos frente a un gobierno de la propaganda -como pocas veces se ha visto en la historia-. El gobierno del spot de la empanada, el gobierno del timbreo, el gobierno de los globos, el del perro Balcarce, el gobierno de los tuiteros agrietadores, el gobierno “ratón Miguelito” del snapchat. Es así como el análisis racional se encuentra en un túnel -parafraseando una frase “célebre”, con poca luz, que nos dejará el 2016-. Se encuentra acorralado por la razón cínica, y la subjetivación operante del discurso de circulación de deseos y de manipulación de deseos. Mientras los yuppies leen/aplican el Anti-Edipo, pretenden que creamos que el gurú Ravi Shankar es un filósofo, y bajo esa axiomática a los científicos ahora nos dan cursos sobre innovación y emprendurismo “coaching ontológicos” (¿?), los que imponen un carisma que parece copiado a Irma Jusid (sería muy gracioso si no fuera real). El ministro es muy eficaz en esto de promover irse “al exterior”, porque no puedo negar que en nuestro ambiente hay muchas personas que se sienten confortablemente cómodas trabajando en el exterior; es más: esa ha sido y es su aspiración, y es muy loable en cuanto a la realización personal/individual (la consumación de la máquina deseante deleuziana). No critico ni pretendo criticar ello. El problema es de otra naturaleza, y sería falso plantearlo en términos reducidos al deseo del individuo. Es de naturaleza política, política y social (como lo enuncia Olivé), y concierne a las cuestiones relativas sobre la soberanía y la autonomía científico-tecnológica de un país, sin desconocer las múltiples relaciones en el complejo mundo globalizado. El ministro prologó las más resonantes obras que expusieron al detalle estas tensiones, y plantearon soluciones no lineales ni imitativas. No desconoce la historia: la contradice, porque el banquito al que está subido le permite medir unos centímetros más, no importa si los subsidios se han vistos diezmados por la inflación, si se desmantela el plan satelital o el plan Atucha, si se reduce la investigación situada, si los desarrollos tecnocientíficos no son protegidos frente a la libre importación, si los científicos hemos perdido capacidad adquisitiva salarial, si peligra el ingreso de nuevos investigadores, siquiera las alertas que emite a diario la comunidad a la que él se debe. Mientras que no le limen la altura del banquito parece que estará todo bien. Escribo desde Grenoble, donde estoy haciendo una estadía científica en el exterior hasta diciembre próximo, política a la que podemos acogernos investigadores y becarios postdoctorales CONICET, implementada en el gobierno en el cual Barañao creó condiciones tremendamente nocivas para el sistema científico. El gobierno que él integra cada día integra más personajes siniestros ligados a las dictaduras, por cuanto -al menos por solidaridad humana- debería ser más medido con sus términos, porque sus colegas gubernamentales se pueden tomar muy a pecho sus palabras y aplicar políticas añejas probadamente perjudiciales como las que aplican en otras áreas sin tener mínima contrición. Es posible que no quiera pegarnos un bastonazo en la nuca, por aggiornamento, pero pareciera que a las/os científicas/os quiere darnos una patada en el traste… * Investigador (CONICET) en Área Química (Química-Física)