sábado, 15 de octubre de 2016

EL DISCURSO

Por Francisco Indra l "El cuestionador Mantovani, en “El ciudadano ilustre”, no la emprende contra los oligopòlios editoriales, ni contra los medios de comunicación, ni contra los marchands del arte, ni contra las ONG´s y las Fundaciones acomodaticias; le basta con condenar a los políticos como los causantes exclusivos del malestar en la cultura". Si un objetivo queda claro, después de ver la película de la dupla Cohn-Duprat, es que sus realizadores no escatimaron esfuerzos en su intención de irradiar un discurso ajustado a los tiempos del poder. Sólo muy ingenuamente podría admitirse otra mirada, aun considerando los aciertos formales estrictamente cinematográficos del filme en su clara dirección de elaborar un producto popular que, apelando a una complicidad mecánica con el espectador, con el lugar común y un facilismo pletórico de guiños, posibilite esa lectura. El argumento básico (escritor nacido en un pueblo que, luego de más de 40 años en Europa recibe el premio Nobel, y acepta el homenaje que le propone su lugar de origen, sitio del cual se nutre argumentalmente toda su obra), anticipa desde el sobreentendido gran parte de las secuencias que se van a suceder. Lo que no anticipa es la utilización consecuente del discurso del protagonista, quien tomando la voz del ficticio Daniel Mantovani, va a derramar su bajada de línea sobre el paradigmático pueblo de Salas, sobre los espectadores del filme y, por extensión, sobre el aparato cultural argentino y su historia política. La primera duda que asalta al espectador surge en el inicio mismo del filme. Si vamos a aceptar la convención de que un escritor argentino, refugiado en Europa, gana un Nobel escribiendo historias pueblerinas, estamos ante el primer forzamiento de verosimilitud. Cuando un autor de la talla de Manuel Puig, inició sus pasos en la literatura con dos enormes novelas que aludían a su Gral. Villegas, fue proclamado poco menos que persona non grata en su ciudad. Incluso cuando Torre Nilsson filma Boquitas pintadas, no se permitió proyectar el filme en Villegas, por lo cual se generó una silenciosa caravana de villeguenses acudiendo a verlo a una localidad vecina. Pero Puig recién iniciaba la obra que el tiempo y el reconocimiento internacional, sus traducciones a decenas de lenguas, y fundamentalmente su acceso a Hollywood a través de El beso de la mujer araña, le procurarían el indulto de Villegas y el posterior homenaje permanente y revindicatorio. Nada de eso lo aproximó siquiera al Nóbel como al afortunado Daniel Mantovani, que en cuarenta años de ausencia, con tesonera lealtad, no alteró ni su acento argentino. ¿Era necesario en El ciudadano ilustre, forzar la historia de un imposible Nobel, si con un premio importante de Bs. As. hubiera bastado y sobrado para producir lo mismo? Este exceso, cuasi paródico anuncia otros desmadres que no serán accidentales. Desde lo fílmico, la secuencia de la Academia Sueca es de una visión imponente, suntuosa y creíble, que sorprende de golpe -y tropieza- con el discurso casi irreverente del homenajeado ¿Qué tiene que ver esa proclama anti establishment sobre la canonización, la cristalización y la lápida que se cierne a partir del mismo sobre el autor; con el desplante público, respecto de lo que se sugiere que escribe ese tipo? Si realmente se trata de un autor enfrentado, o al menos crítico del sistema, cosa que uno ignora como espectador, con no aceptar el premio hubiera sido suficiente. En ningún momento se advierte que Mantovani haya superado ética o estéticamente el desafío de encarar historias pueblerinas, aludiendo a personas/personajes que todo Salas reconoce. Con tan poquito le alcanza para su consagración; debería haber asesorado a Borges. Esta secuencia- “capítulo” del Nobel sólo se va a justificar una vez terminada la película, con la necesidad de establecer una convención de lectura "internacional" para el argumento, sin por ello ganar en credibilidad. Pero admitamos la convención del planteo, por más tirada de los pelos que resulte ¿Justifica acaso esto que el escritor perore y dictamine todo el tiempo, en cada oportunidad que pinte propicia? Esa actitud forma parte de cierta "idea de escritor" confeccionada sobre una parodia, no sobre la realidad. La recurrencia de lugares comunes en su discurso abruma, demasiado pronto. Cuando un gaucho de Salas recoge a Mantovani en el aeropuerto, y lo lleva en su desvencijado Fiat Regatta, continúa la pasada de rosca innecesaria, que comienza a volverse tomada de pelo. La película ha cambiado, se ha vuelto del más cursi trazo grueso, como si se tratara de una comedia de enredos de Sofovich. El peor momento de este capítulo es sin dudas el del cuento que le narra al chofer cuando se quedan en el camino de tierra: la retórica primaria que emplea Mantovani, el supuesto "lenguaje literario", parece un discurso de maestra ciruela, de taller literario elemental, nunca de un Nobel, haciendo hincapié en la vaga idea del buen decir literario, como quien emplea la palabra "rostro" cuando quiere decir "cara". Lo básico de la narración pareciera impulsar al gaucho a utilizar las hojas del libro como papel higiénico, tal vez saturado por la cantidad de latiguillos y lugares comunes, y el modo mismo de narrar con semejante patetismo. Cuando el Nobel llega al pueblo, la típica comedia berreta del cine argentino ya está avanzada: cambia el tratamiento de la imagen que deslumbraba al principio (hasta su casa en Barcelona; un palacete moderno), y comienza una producción de estricto cabotaje. Las exageraciones pueblerinas se suceden con tal obviedad, que hasta el efecto humorístico comienza a fracasar, a generar baches narrativos. La metáfora, gruesa o fina, anunciar por reiteración lo que se viene, porque todo el tiempo uno sabe qué va a ocurrir en Salas. La pasada de rosca precipita al paroxismo en la escena en el canal de cable con un entrevistador que interroga al escritor, alternando simultáneamente con la publicidad de una gaseosa local. Pudo haber evitado, como tantas otras obviedades que empobrecen la película. El efecto fácil de este tipo de secuencias no deviene homenaje a Sandrini, antes bien acentúa las limitaciones del guión. Mantovani recorre el pueblo de la mano del intendente peronista (los retratos de Perón y Eva son de ostensible y grueso subrayado), dejando a las claras las limitaciones, cuando no el ventajerismo y la deshonestidad del funcionario. En ese periplo, el permanente discurso de Mantovani reitera una y otra vez su insostenible condición de predicador de la libertad expresiva: si supuestamente hablamos de un Nobel, no se puede creer nada de ese texto pedagógico impostado y elemental que derrama sobre sus audiencias paupérrimas. Lo que queda muy claro a través del enunciado es la relación de necesidad y emergencia entre chatura pueblerina e intendente peronista, como si la película se hubiera filmado en 1956. El ciudadano ilustre despliega otras lecturas de corte gorila que pretenden darle color local y, en realidad, empobrecen en su aspiración de universalismo. Porque más allá de que el costumbrismo y el pintoresquismo, que no den para ningún Nobel, ese esquematismo perjudica a la película en su afán de buscar complicidad con el espectador. El sometimiento a una mirada muy porteña sobre los pueblos, que no son tan lineales ni obvios, es lo que manifiesta de fondo una virtual ignorancia de los entramados secretos o velados que cifran los vínculos. En el pueblo coexiste lo obvio con lo no dicho, con un lenguaje de códigos que, a modo de arcano, se revela sólo a los cómplices, o sea a los que conocen el registro. Sin ese matiz, el retrato de una comunidad cuasi endogámica como suele ser un pueblo, pierde verosimilitud, y como obra artística, pierde eficacia y honestidad. Porque proclamar que un pueblo es chato, es limitado, es una mierda que aplasta cualquier intención, resulta, en definitiva, el juicio sumario obvio del lugar común afín a cualquier caserío. Paradójica o intencionadamente, igual que ocurre con el peronismo, hay una gran variedad de tramas, de entresijos, que hacen mucho más complejo ese análisis, plagado de matices e historias que ese tipo de tratamiento previsible deja de lado, eligiendo la explicación ramplona, el común denominador que achata cualquier diferenciación. O sea que la lectura propuesta termina enarbolando lo mismo que condena. Pese a lo planteado, hay algunas buenas interpretaciones dignas de destacar , por caso Belén Chavanne, en el papel de la joven que interpela y seduce a Mantovani. También Andrea Frigerio cumple una labor destacable, aunque sus líneas de texto podrían haber sido mucho más ricas. Ahí queda perdida una historia más valiosa que la obvia, que tanto el guión como la dirección pasan por alto: la de quien quedó atrapada en el pueblo, y siguió leyendo a distancia todo lo que su ex novio escribía, episodio ausente de mucho mayor riqueza que el paseo en autobomba o todas las otras ceremonias tiradas de los pelos que le brindan al homenajeado. El concurso de plástica pudo ser un buen recurso, pero lo desmadran los matones, la persecución, todo increíble, todo excesivo, con el agravante de que pudo ser mucho más efectivo si se resolvía con sutileza. La cuestión del artista de pueblo (comparar al chico escritor del hotel con el plástico), debería haberse resuelto con más muñeca, con medios tonos, porque recurrir a la exaltación y a la ofensa a voz en cuello resulta más cercano al prejuicio que a la reacción efectiva. Todo lo agresivo que se va generando deviene insustancial, tirado de los pelos. Dady Brieva hace lo que le sale bien, y está muy logrado su cambio de tono hacia el final, aunque la cacería sigue la línea de concordancia con el resto de lo excesivo y sobra. En lugar de una cacería, el rechazo pudo ser mucho más duro y efectivo apelando a recursos más sutiles, con la negación por rechazo y una partida lejana de toda gloria. Esa necesaria sutileza de medios tonos aparece apenas en la pequeña toma del vecino que le ofrece un mate en silencio a Mantovani, en algunas actitudes corporales de Frigerio, o en sus miradas (no en su discurso), pero lamentablemente ese no es el tono de la peli que, sin dudas, busca la complicidad más primaria, como limpiarse el culo con lo que escribe Mantovani, alegoría poco feliz del modo en que Salas va a tratar a Mantovani y sus libritos chusmas. Pero existe un momento en que la bajada de discurso político se vuelve patética. Cuando están por entregar los premios del concurso de pintura, aparece el discurso ultraliberal de Mantovani respecto de cultura y política, pidiéndole a todos desconfiar de los políticos, dejar que la cultura se desenvuelva sola, sin intervención del Estado, tratando de delincuentes a quienes la mencionan, etc etc.. El cuestionador Mantovani no la emprende contra los oligopolios editoriales, ni contra los medios de comunicación, ni contra los marchands del arte, ni contra las ONG´s y las Fundaciones acomodaticias; le basta con condenar a los políticos como los causantes exclusivos del malestar en la cultura. Curiosa reflexión para un escritor de provincias que ha pasado dos tercios de su vida en el exterior. Bien podría justificarse -como suele hacerse- de que se trata del discurso de Mantovani, no de los directores, pero el lugar central que cuidadosamente se le asigna a ese panfleto exacerbado en la peli, no es casual ya que opera casi como una moraleja, una conclusión explicativa de todos los males que padece la "Cultura", y por extensión la sociedad. Y resulta una agachada política genuflexa, tan obvia como el resto del filme, destinarle tal peso moral y tal especificidad, en el preciso lugar central de la obra. O tal vez estemos equivocados y el riguroso ideario de Mantovani es el único que conduce al Nobel. Ahora que El ciudadano ilustre ha obtenido sus nominaciones para el Oscar a película extranjera y al Goya, sus responsables deben ver coronados sus objetivos. Si no los artísticos, al menos los que reporta la ubicuidad política. Lo dudoso es que esta obra, que ahora también existe en papel, conduzca a Mantovani al Nobel.