jueves, 6 de octubre de 2016

SIN LEY...

La inseguridad no viene sola por Daniel Muchnik Escritor y periodista. Cuando gran parte de la sociedad habla de inseguridad se refiere a algo más que un simple término, a cierta instancia o a determinada calificación. Inseguridad es la violencia desenfrenada, caprichosa, extendida sin límites, plagada de locura, plena de actos irracionales, sádica, irrefrenable, donde cada uno se salva como puede pero que al mismo tiempo muestra la inexistencia de un Estado Protector. Esa inseguridad cunde en un territorio sin control, sin previsión, donde todos los muros de contención se han derrumbado. Desde hace unos años que se puede seguir en los diarios y en los noticieros radiales y televisivos situaciones de muerte fácil por robar haberes de jubilados, por quedarse con el auto de sus propietarios, por caprichos, por venganzas, por odios entre vecinos. No sólo se desplazan bandas violentas, los atracadores pueden actuar individualmente o acompañados, a pié, en moto, en automóviles. Se suman secuestros, asaltos express, varios tipos de abusos y denigraciones. Incluso a pocas cuadras o metros de una comisaría. La inseguridad de estos días es la más grande de los últimos tiempos, la determinante de un miedo colectivo que es peligroso. Se ve cuando los vecinos apresan a un ladrón. Allí utilizan la justicia por cuenta propia. Los ahorcan, les pegan hasta triturar sus cuerpos. En todos estos casos la causa de los agresores no es el hambre, la necesidad indispensable de sobrevivir. Aquí no hay Condes de Montecristo. Nadie roba pan o alimentos. Es dinero lo que buscan, bienes de alto valor, canje de dinero por vidas negociadas. Lo peor es que no hay lugar seguro. Hubo asaltos y homicidios en country o en barrios cerrados que se precian de tener custodias costosas a toda hora del día. ¿Se puede tener tanta impunidad y actuar con tanta saña? Se puede, porque hay complicidades. En todos lados hay zonas liberadas. Es decir: las fuerzas de seguridad, en combinación con los asaltantes, permiten que se desplacen con comodidad. Desde los Tribunales se investiga poco. La enfermedad está en el cuerpo de un Estado devorado por la corrupción a mansalva, que no logra prevenir la violencia extrema y en cuyos vericuetos hay funcionarios que facilitan el tránsito de drogas de todo tipo y color, de esas que le dan vuelta la cabeza, los sentidos y los límites a cualquier ser humano. La reacción es la respuesta de la víctima por cuenta propia. El médico que cubre a balazos al agresor, el carnicero que corre al ladrón y lo atropella. Son terribles e inadmisibles las reacciones posteriores. Las redes sociales reflejan o la identificación con los ladrones o el aplauso al que mató por ser violentado. ¿En dónde estamos viviendo? El derrumbe no es sólo culpa de este gobierno. Viene de décadas de arrastre. En los 13 años del Kirchnerismo y cristinismo aumentó el crecimiento del malevaje, de la bendición a los barrabravas, de la incapacidad de los funcionarios por poner barreras a la delincuencia. Es muy cierto que esta realidad no se revierte ni en meses ni en años. Nos recuerda a las películas del Far West donde según Hollywood valía la ley del más fuerte en una tierra de nadie. Históricamente hablando, en cambio, cuando Estados Unidos se decidió a partir de los comienzos del siglo XIX a conquistar el Oeste, a unir en ese país-continente- los dos océanos no actuó de un día para otro. Primero impuso la carrera por regalar las tierras al primero que llegara y favoreció a los colonos, que debieron luchar contra los indios, que eran los dueños de las regiones. Con apoyo del Ejército. Después aparecieron las instituciones, es decir el Estado en todas sus manifestaciones e instancias. Pero tras ello impuso el ferrocarril y con el ferrocarril llegaron los bancos, los negocios, las empresas de distinto monto y carácter y las fuerzas de seguridad. El pasado enseña que sin instituciones sólidas, sin ley, sin justicia, sin fuerzas de seguridad en estos tiempos de grandes carencias, la locura de violencia y la muerte gana adeptos.