domingo, 6 de noviembre de 2016

BRUNO GENTA

A JORDÁN BRUNO GENTA ¡Ni una lágrima!... ¡Sin tristeza! que la guerra se dirige desde el cielo mejor que desde la tierra…! Rafael Duyós Nadie puede abandonar lo que ha creado sin quedarse en la creatura. Enigma insondable que solo descifra el Amor, “regalo esencial” por el cual, el misterio de la trascendencia se hace inteligible. Inmóvil secreto que expresara San Agustín cuando decía: “El alma está más donde ama que en el cuerpo que anima”. Esta facultad del alma –asirse a lo que ama, fundirse en lo creado‒sobrevive a los años y a la muerte; más aún cuando se ha muerto mártir, que es la forma más alta de morir. El Martirio, acto supremo de Amor, don de la sangre, coloca al hombre en imperecedera situación de presencia. Despojado de todo, el mártir nos entrega día a día el ropaje asombroso de su desnudez intacta. La huella de su paso colma el hundido centro de la ausencia. Por eso, hoy no se trata de recordar a Genta con dolor, sino de recrear alegremente su presencia. Debemos heredar para la Patria esa presencia vibrante, ese imperioso legado de cuya plena realización depende el destino nacional. Porque en la encrucijada Argentina sólo sigue quedando una opción salvadora: El Nacionalismo “constructivo y restaurador, jerárquico e integrador, cristiano y argentino en su contenido y en su estilo”. Han pasado dos años desde entonces. Y no es posible olvidar, nombrando al Nombre, el nombre de la voz que lo nombraba. Porque eso fue ante todo Jordán B. Genta: El Orador del Verbo. El orador de la Cruz en la dura cuaresma de la Patria. Había entendido exactamente, que aquella sentencia de Cristo: “Sin mí, nada podéis hacer”, vale tanto para los hombres como para las naciones. De ahí la inutilidad de todo planteo ideológico que desconozca la raíz teológica. “Si queremos liberar a la Patria, y nuestra opción política es el Nacionalismo, debemos comenzar por nuestra libertad interior renovando los afectos, bienes y poderes en Cristo Crucificado. Desprendidos del propio yo y de todo lo que poseemos, amaremos a la Patria y al prójimo con un amor trascendente. Amaremos como Cristo nos amó, con una disponibilidad sin reservas para el servicio y con un espíritu de sacrificio que todo lo da sin esperar nada”. Así hablaba Genta. Allí están sus escritos, sus mensajes, “el divino ardor de la palabra que arrebata y entusiasma, para vivir con sentido de grandeza hasta vivir con sentido de grandeza hasta las más ínfimas de las tareas cotidianas”. Y hoy su figura tórnase arquetípica. Porque fue la mirada fiel a la Mirada que no transó jamás con la mediocridad y la mentira. Fue la conducta vigilante, tensa, del que sabe que sólo tiene sentido despertar ante Dios. Fue la violencia de la Verdad, ante el escándalo de los timoratos, que no comprenden que “el Reino de los Cielos es para los violentos”. Y fue ‒bien lo sabemos‒ el centinela sin relevo de la Patria, que desde la atalaya de su verbo profetizó los males que la estaban acechando. Él mostró repentinamente la dañina propiedad de la democracia para subvertir a la Nación. Y lo hizo anticipadamente, mientras muchos contemporizaban o cedían. Pero su voz no se tuvo en cuenta. Porque por ella hablaba la Patria, la Argentina Antigua, Heroica y Teologal. Y la Argentina oficial, esa del cuarto oscuro y los comicios, no quería ni podía escucharlo. Por eso lo silenciaron. Y sin saberlo fue la primera vez que le dieron la palabra. Han pasado años desde entonces. Los asesinos, víctimas de su propia concepción zoológica, jamás alcanzarán a comprender, que pese a ellos mismos, fueron instrumentos en el plan de Dios. Porque él debía morir así: De pie. Su talla de gigante entre el cielo y la tierra, a plena luz del día, en un acto de servicio, “sosteniéndole la vista a la derrota”. Por eso no nos quejamos. Aprendimos de él la difícil lección de la plegaria del paracaidista francés: “…Quiero la inseguridad y la inquietud, quiero la tormenta y la lucha, y que Tú me los des, Dios mío, definitivamente…” Nosotros que reivindicamos la vida incómoda y el “paraíso difícil” no podemos permitirnos esas quejas enfermizas que nacen de la apostasía. Pero algo nos preocupa sin embargo. Y es que el principal responsable de su muerte todavía no ha sido ajusticiado. No. No nos referimos a ninguno de sus circunstanciales verdugos, sino al Régimen, que aunque suspendido en algunos de sus efectos, se enseñorea aún, sobre la Patria. Porque el Régimen es el primer culpable. La corrupta singularidad de la Democracia que posibilita la reiteración de los mismos vicios que dice combatir, el sistema liberal y su idolatría del número, el temor a irritar a las masas, la política del pacifismo y el diálogo, el profesionalismo civilista, el laicismo disociador y corrosivo, el pluralismo insensato… Dios ha de permitir que todo esto acabe para siempre algún día por fuerza de una Espada Fundadora. Entonces, al nombre de Jordán Bruno Genta, todas las voces de la Patria responderán: ¡PRESENTE!