sábado, 12 de noviembre de 2016

TRUMP Y LOS AMARILLOS

Panorama político nacional de los últimos siete días Trump, Macri, Malcorra y lo políticamente correcto En una era en la que los fenómenos sociales parecen transparentes, en la que lo privado se convierte en espectáculo y los instrumentos informáticos permiten conocer hábitos y deseos de las personas, las empresas especializadas en demoscopia se empeñan en dar pronósticos fallidos. ¿Errores técnicos o miopía ideológica? Un mes atrás, en vísperas del plebiscito colombiano, se señalaba en esta columna: “La gran prensa y las encuestas aseguran que Trump no puede ganar. También aseveraban meses atrás que jamás llegaría a imponerse como candidato del Partido Republicano. Los gurúes muchas veces se equivocan”. Volvieron a patinar, efectivamente, tanto en Colombia como en la elección presidencial de Estados Unidos. Una victoria previsible La victoria de Donald Trump no era en absoluto imprevisible. Quizás hubiera alcanzado con aguzar el oído para que registrara con objetividad las voces que no reverencian el pensamiento políticamente correcto (esa papilla que consigue homogeneizar el pensamiento de lectorados urbanos de Occidente y sus satélites exóticos) o leer los datos que reflejan las abolladuras del sueño americano o tomar en cuenta el creciente descontento con el establishment político, resumido en el tono despectivo con el que se habla de W ashington, la capital del poder. En este espacio reprodujimos algunos datos que viene reiterando el analista estadounidense GeorgeFriedman y que están a la mano de quienes quieran entender. Señala F riedman “la persistente caída en el standard de vida de la clase media, un problema que está transformando el orden social que se mantuvo en vigor desde la Segunda Guerra Mundial y que, si continúa, representa una amenaza para el poder estadounidense”. El analista ha puntualizado que, en términos de ingresos, “la mediana del ingreso familiar de los estadounidenses a principios de esta década es, mensualmente de alrededor de 3.300 dólares por hogar (...) la mitad de los hogares estadounidenses ganan menos que esto”. Trump consiguió la candidatura republicana expresando este problema y otras reacciones no atendidas. Lo hizo enfrentando al aparato de su partido. Al revés, Hillary Clinton, con esfuerzo y apoyándose en el aparato del suyo, el Demócrata, pudo sofocar la oposición interna que representó en las primarias Bernie Sanders, un candidato que, desde la izquierda, también canalizaba oposición al establishment. Así, el enfrentamiento decisivo se dio entre una candidata que, más allá de la sedicente retórica progresista que seducía a sus clientelas, encarnaba a Washington y al poder político, y un hombre de negocios de modales zafios y jopo decididamente rústico que parecía ilustrar al ricachón estadounidense estereotipado por el mundo biempensante que, pese a ello (o por ello) se transformó en el instrumento de los que están o se sienten empujados fuera del sistema, un outsider, una herramienta de cambio. El mundo intelectual decidió, primero, ningunear a Trump. Y después, demonizarlo. Resulta irónico que quienes diez días antes se indignaban porque el candidato republicano había dejado “en suspenso” una aceptación anticipada de los resultados electorales, se lanzaron a la calle al día siguiente del comicio para rechazar al candidato electo al grito de “No es mi Presidente”. Una manifestación negacionista: rechaza el resultado electoral sin siquiera alegar excusas de fraude. Algo de esa resistencia al cambio (una reacción evidentemente conservadora) integró la retórica de buena parte de la prensa más influyente (no solo la estadounidense) y nubló la vista e insensibilizó a los investigadores de opinión pública que pronosticaron tan insistente como pifiadamente la derrota del “magnate” (término demodé de tono progre que emplean los medios conservadores para referirse a Trump). Un mundo con Trump Así como esos vaticinadores anunciaron resultados que se invirtieron, probablemente haya que, al menos, poner en el congelador las calamidades globales que algunos anticipan como fruto de la victoria del candidato republicano. Estados Unidos es un sistema de pesos y contrapesos, poderes y contrapoderes que, aún en tiempos de cambios profundos, busca el equilibrio. Trump seguramente se abocará en los primeros meses de su gestión a poner su marca, antes que nada, en aquellos compromisos que le resulta más sencillo impulsar para dar satisfacción a su electorado. Crear trabajo a través de un plan de obras de infraestructura y conexión federalizado (rutas. caminos y quizás también algún muro), propiciar la inversión (y el retorno de capitales) con rebajas impositivas, desregular , desmontar burocracia central, “empoderar” a los ciudadanos y abrirle opciones para su decisión autónoma (en materia educativa y de salud, por ejemplo). Necesita mantener el vínculo con los sectores sociales que lo apoyaron contra viento y marea para poder poner en caja a su propio partido, el Republicano, que controla las dos cámaras del Congreso y muchos de cuyos representantes han mostrado frente al ahora Presidente electo reticencias a veces más obstinadas que el liderazgo Demócrata. El Washington que resiste buena parte de Estados Unidos tiene máscara bipartidaria. En cuanto a las decisiones de mayor complejidad y calado –en materia militar o de comercio internacional-, que necesitan mayorías especiales en el Congreso, es probable que Trump las postergue hasta haberse asegurado el control más amplio de sus propios bloques e inclusive la ampliación de sus apoyos a través de alguna forma de transversalidad o creación de nuevas mayorías. Por el momento lo que se observa es que los mercados no están mirando con pesimismo la perspectiva que se abre con Trump. El pesimismo no anida en los mercados, sino más bien en los sistemas burocráticos, que prevén tiempos turbulentos. Tiempos en los que las rutinas de los pronosticadores suelen fracasar, porque se hace necesario pensar de nuevo. La diplomacia de Malcorra Sabiendo que los encuestadores pueden meter la pata (y que tienden a hacerlo asiduamente) es menester preguntarse por qué motivo la canciller Susana Malcorra, el embajador en Washington Martín Lousteau y hasta el presidente Mauricio Macri decidieron desafiar la tradición diplomática argentina que aconseja no meterse en problemas internos de otras naciones. El gobierno de Cambiemos, a través de esas distinguidas voces, decidió pronunciarse a favor de la señora de Clinton antes de la elección. ¿Estuvo ese paso de guiado por un interés doméstico (un guiño a la opinión pública local, que según las encuestas simpatizaba con la señora de Clinton; un intento de revestirse de progresismo políticamente correcto; la búsqueda de una polarización equivalente a la que `pretende estructurar con el kirchnerismo fundamentalista )? El paso fue un error (si no hay algo importante o decisivo que decirr, es preferible optar por el silencio). Y también fue un resbalón, dado que Clinton perdió. Lo de Malcorra , si se quiere, fue más extravagante: apoyó a la candidata Demócrata cuando esta ya había sido derrotada. Sería una pena que la motivación de esa parcialidad (y hasta de esa lealtad extemporánea) fuera la política doméstica. El kirchnerismo sacrificó la política exterior argentina en el altar de las cuestiones internas. Se trataría de un revival que choca contra la idea de cambio que auspicia la formación oficialista. Al fin de cuentas Macri y el Pro (una fuerza que creció alrededor de un empresario outsider después del “que se vayan todos”, como propuesta alternativa a la política tradicional) tienen señas de identidad en sus orígenes que le permitirían entender mejor el fenómeno Trump. En cualquier caso, así como es exagerado y aventurado dictaminar cataclismos planetarios o locales por la elección del empresario estadounidense, también sería desubicado suponer que las recientes torpezas diplomáticas del gobierno tendrán, per se, consecuencias negativas en la futura relación con Estados Unidos. La impericia en sí misma debería preocupar a la Casa Rosada, pero afortunadamente la relación con Washington no depende de fruslerías. Jorge Raventos