viernes, 7 de agosto de 2009

ARRIBA DEL RING



Economia


- El análisis político y económico de los doctores Vicente Massot y Agustín Monteverde
www.notiar.com.ar
Otra vez arriba del ring

Suponer que Néstor y Cristina Kirchner fuesen a actuar y a decidir ahora, frente al
recrudecimiento del conflicto agrario, de una manera radicalmente distinta de la habitual, es un pensamiento digno de bienpensantes o de ilusos. Creer que, en el marco del diálogo al cual ellos han convocado a la oposición con el solo propósito de ganar tiempo, el matrimonio haya siquiera pensado en la posibilidad de acortar distancias respecto de la Mesa de Enlace, denota un desconocimiento agudo de la psicología o, si se prefiere, de la forma de hacer política del santacruceño y de su mujer.

Convencidos, uno y otro, que si lograsen un acuerdo con el campo sobre la base de disminuir las retenciones a la soja, ello significaría el colapso de su mandato, lo último que están dispuestos a hacer es aquello que los ruralistas ponen como condición para sentarse a conversar.

Cuando muchos se preguntan, ganados por el asombro, por qué el gobierno, luego de las dos derrotas sufridas entre mediados del 2008 y mediados del año en curso —una en las rutas y el Senado de la Nación, la otra en las urnas— no arbitra, de una buena vez, los medios para cerrar una disputa que no beneficia al sector agrario, perjudica al país y ha astillado el proyecto hegemónico de los K, parecen ignorar que, en la lógica de Néstor y de Cristina Fernández, bajarse de las posiciones asumidas y defendidas a tambor batiente es sinónimo de reconocer la derrota.

Con la particular coincidencia de que hacerlo representa —según ellos— la antesala del fin. Por lo tanto, esta administración difícilmente abra a discusión el tema de la soja. Esa es la bandera en la cual se ha envuelto el matrimonio gobernante desde que comenzaron las hostilidades con el campo y por nada del mundo estará dispuesto a entregarla como prenda de conciliación.

Acerca de la carne y de la leche e inclusive, si la cuerda se tensase demasiado, del maíz y del trigo, resulta probable que negocie, aunque lo haga a cara de perro. En cambio, de retenciones al famoso “yuyo” —según la pintoresca definición de la presidenta— ni hablar. Es en este orden que deben entenderse las declaraciones del titular de la Comisión de Agricultura de la Cámara de Diputados, Alberto Cantero: “…hay que trabajar en forma diferente lo que es maíz, girasol, sorgo y trigo, de lo que es la soja, por la rentabilidad que tiene…”

Siendo así, se abre hacia delante un panorama que, al menos de momento, no augura un final pacífico. Hoy miércoles comenzará a tratarse una extenso temario que se extenderá, en el Congreso, hasta fines de agosto y algo más. Serán, pues, materia de debate, las facultades delegadas donde sobresale, por derecho propio, el capitulo del Código Aduanero; la prórroga del impuesto a las ganancias; la extensión y coparticipación del impuesto al cheque y los superpoderes.

En las discusiones venideras cruzarán argumentos de distinta índole oficialistas y opositores sin demasiadas posibilidades de ponerse de acuerdo. A esta altura nadie se anima a dar una cifra realista de cuántos son los diputados —y, para el caso, los senadores— decididos, después del 28 de junio, a cerrar filas junto a Rossi y a Pichetto. Respecto del número exacto de kirchneristas y aliados todo lo que hay son especulaciones en principio desfavorables para la estrategia desenvuelta desde la Quinta de Olivos.

Por un lado es indisimulable el éxodo que sigue produciéndose en lo que alguna vez fueron las bancadas mayoritarias gubernamentales, tanto en la cámara alta como en la baja. La semana pasada tomaron ese camino y lo hicieron público tres diputados entrerrianos y una senadora de la Patagonia. La duda que aguijonea a la Casa Rosada es cuántos más esperarán a que se reanuden las sesiones para obrar en disidencia respecto del Poder Ejecutivo.

Como los Kirchner conocen perfectamente bien los códigos tácitos del justicialismo, no pueden llamarse a engaño en cuanto al resultado de la pulseada si la Unión Cívica Radical, el cobismo, la Coalición Cívica, el peronismo disidente y el PRO votasen de una misma manera.

En ese escenario, varios representantes del oficialismo, pensando en su futuro, abandonarían sin rescoldos de ningún tipo a sus viejos mandantes y se pasarían con armas y bagajes al campo contrario. Las explicaciones serían lo de menos y ponerse colorados es algo que desconocen.

¿Acaso Mario Das Neves no acaba de decir que él nunca fue kirchnerista, mientras no pocos intendentes del conurbano están con una pata adentro y otra afuera de la galaxia regida por el santacruceño al que hasta las elecciones endiosaban?

Claro que podría suceder también que un arco opositor tan variado no terminase de ponerse de acuerdo y entonces las chances del kirchnerismo de obtener un triunfo táctico recrudecerían.

La estrategia de los K pasa precisamente por este lado. Confiados en que lograrán retener 109 diputados propios, necesitarían 20 más para lograr el quórum. Razón para tender puentes en pos de los nueve ex–aristas del SI, que responden a Eduardo Macaluse y también de la bancada del Frente Cívico de Santiago del Estero —hasta aquí aliado radical del gobierno (6 votos)— y de la bancada de la Concertación Plural (5 votos), encabezada por el neuquino Hugo Prieto.

Si pudiesen convencerlos y fuesen capaces de disciplinar a aquellos 109 representantes peronistas, habría un final cabeza a cabeza. Pero no importa cuántas vueltas se dé en torno del tema, una cosa resulta segura: el sector agrario considera que el esfuerzo realizado en los últimos siete años —U$ 30 mil millones en concepto de retenciones, según la estimación hecha por el presidente de la Sociedad Rural— legitima unas reivindicaciones que no está dispuesto a deponer en aras del diálogo o de las necesidades “predadoras” —al decir de Biolcati— del estado kirchnerista.

La situación, tal cual ha quedado planteada, es la siguiente: las diferencias de fondo que existen entre el gobierno y el ruralismo no habrán de dirimirse en las conversaciones que se vienen desarrollando bajo el amparo de la convocatoria hecha, entre gallos y medianoche, por la presidenta. El diálogo en ese marco es de sordos. Por lo tanto ha sonado, otra vez, la hora de Poder Legislativo. Será, entonces, en el Congreso Nacional donde se harán escuchar, básicamente, dos discursos diametralmente opuestos. Por un lado el oficialista, cuyo argumento —ya adelantado por el jefe de gabinete— se basará en las obligaciones a las que se halla atado el estado y las dificultades que, en una situación de suyo complicada, encuentra para ajustar el gasto publico.

Por el otro, es de creer que una parte significativa de la oposición, aun tomando debida nota de la falta de recursos públicos, abonará el criterio sostenido por Biolcati el sábado en el discurso pronunciado en la inauguración oficial de la muestra anual en Palermo.

No es secreto, a esta altura del desencuentro, lo que planea hacer Néstor Kirchner si acaso el gobierno formalmente presidido por su mujer perdiese la votación y se viese obligado a reducir unas retenciones en torno a las cuales se ha abroquelado como si fuesen un bien incanjeable:plantearle al país que la oligarquía rural quiere desfondar al Estado y dejarlo atado de pies y manos. No por nada Biolcati, en su alocución, hizo referencia explicita al tema de la pobreza y se preguntó —en un tiro por elevación al gobierno— qué se hizo con los U$ 30000 MM que, supuestamente, estaban destinados a combatir la pobreza.

La confrontación promete ser dura en razón del abismo que separa la postura de mínima del oficialismo: todo excepto reducir las retenciones a la soja, y la de la Mesa de Enlace: no hay solución a la vista si esas retenciones no son consideradas como la parte principal del problema. Además, es necesario no perder de vista la relación de fuerzas al día de hoy. El campo es más poderoso que el gobierno, si bien todavía resulta una incógnita cuánto de su programa hará suyo el arco opositor a partir de mañana. Porque una cosa es que el gobierno pierda la disputa, como sucedió el año pasado, y otra que las posiciones del campo se vean colmadas. Además, siempre existe la posibilidad de que, a instancias del santacruceño, la Casa Rosada, sintiéndose en desventaja, redoble la apuesta y escale la crisis a extremos peligrosos.

En síntesis, trascurridos más de doce meses desde aquella madrugada que catapultó a Julio Cobos al lugar de privilegio que no ha abandonado y que, a la par, sepultó para siempre el sueño hegemónico del santacruceño, el problema de fondo vinculado con el sector rural sigue en pie.

Los ganadores de entonces no han perdido poder de la misma manera que la administración kirchnerista no ha logrado recuperar su integridad política. Pero triunfar para el campo no significó salirse con la suya. Fue capaz de derrotar al entonces todopoderoso oficialismo sin que le haya sido posible remover las causas de su rebeldía.

Hasta qué cota llegará la crisis en esta oportunidad es difícil saberlo. Nadie piensa
seriamente en imponerle al gobierno la eliminación de todas las retenciones. La razón es sencilla: el fisco quedaría en una situación desesperada. Pero, al mismo tiempo, pocos opositores están dispuestos a echarse encima el encono del campo para salvarle al kirchnerismo sus desmanejos fiscales. El Estado, pues, requerirá de un ajuste, por doloroso e impopular que resulte. El ruralismo, de su parte, deberá entender que en esta instancia infligirle una derrota al oficialismo no puede significar el desfinanciamiento del Estado.

Los peligros de una escalada acechan en una y otra orilla. En Olivos, con Néstor Kirchner a la cabeza, hay un puñado de fundamentalistas que no quieren ceder un ápice en sus posiciones y preferirían precipitar los enfrentamientos antes que asumir la responsabilidad de un ajuste. En las así llamadas bases del campo hay un marcado hartazgo de lo que consideran la falta de sinceridad oficialista y no seria de extrañar que, ante un acuerdo que juzgasen insuficiente, volviesen a cortar las rutas del país y dejasen de comercializar granos.

Hasta la próxima semana.

Vicente Massot

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