
SALINAS BOHIL
-Y qué quiere que haga, vivimos en un mundo de violencia.
-¿O sea que si te rompo la cara de una trompada estoy justificado?
2008, diálogo entre la directora de la escuela nº 15 de Parque Chacabuco en esta ciudad y el padre de un alumno que fue a denunciar el comportamiento de un alumno de un grado superior que agredía a su hijo para que le entregue dinero.
Anoche, un joven-niño de catorce años asesinó a un hombre de cuarenta y cinco vaciándole el cargador de un revolver en su cuerpo: eso no debería llamar la atención. Que los vecinos hubiesen apresado al menor y después lo hayan entregado a la policía, tampoco. Que a las veinticuatro horas de sucedido el hecho, amigos y familiares de la víctima se reunieran en una concentración exigiendo por más seguridad y que para hoy se haya programado otra de similares características en el Obelisco, menos. Que se coloque otra vez sobre el tapete la pena de muerte para los autores de estos hechos aberrantes; que se critique a las organizaciones de “Derechos Humanos” por su ausencia en la problemática; que una prima del asesinado prometiera que a partir de ahora no descansará hasta ver que sean derogadas las leyes que facilitan el libre accionar de los asesinos, o que en forma inmediata, uno de los dos Presidentes que tiene Argentina y el gobernador de la provincia en que sucedió el crimen hayan echados culpas sobre el Poder Judicial o prometido cambios en el Código Penal, son cosas a las que la población está acostumbrada y que, se sabe, son inconducentes. Pero que una pueblada indignada por semejante asesinato a sangre fría, muela a palos a un fiscal y a un funcionario municipal supuestamente encargado de la seguridad del distrito, debería llamar la atención al más despistado. Nos referimos, obviamente, a los integrantes del mundo político que en su abstracción electoral parecen no advertir la seriedad de la situación. Eran más decorosos los de la década del 70 que se atrevían a manifestar en público sus faltas de soluciones para el problema de la violencia guerrillera cuando no pedían directamente la intervención de las Fuerzas Armadas que después denostaron.
Habrá que ver que dirá de ahora en más el ancho mundo “progresista” de la Nomenklatura y qué línea le bajará la Casa Rosada a través de sus “intelectuales” que piensan en positivo para el bien del país. ¿Se atreverá a burlarse otra vez la señora jueza Argibay de los ciudadanos que no piensan como ella en el tema? ¿Culpará nuevamente el juez Zaffaroni al periodismo televisivo como hizo la otra Presidente de crear una “sensación” de inseguridad a través de la repetición de un mismo hecho decenas de veces? Pero… ¿y si tiene razón y el dengue no es una epidemia sino una ilusión óptica causada por el mal funcionamiento de los medios de prensa que necesitan de manera urgente una nueva ley de radiodifusión que los encarrile para ponerlos al servicio del pueblo? ¿O acaso uno de los Presidentes Kirchner no dijo ayer en un acto de campaña en la ciudad de San Miguel que el dengue no es consecuencia de la pobreza? ¿En qué quedamos? ¿Hay o no pobreza en Argentina? Porque poco tiempo atrás, la otra Presidente, empapada por la lluvia y en medio del barro expresó que sí había. Estas simples contradicciones intentan mostrar –por si hiciera falta– la improvisación de las acciones gubernamentales; el ocultamiento cuando no la distorsión de cifras oficiales (como las del INdEC, la cantidad de contagiados de dengue y, por supuesto, las correspondientes al tema Seguridad) y el verticalismo de pensamiento y accionar entre los Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
Ha pasado el tiempo en que desde estas páginas sonreíamos cuando el “progresismo” (esa lacra parasitaria y fascista que se alimenta sin cesar de la gran teta estatal pagada por los contribuyentes) lanzaba al aire acusaciones a “la mano de obra desocupada” (resabios inexistentes del último gobierno militar) como culpables de hechos delictivos. Después fue la hora de “la derecha” (una palabra que no tiene un solo representante en el Congreso o en los miles de Consejos Deliberantes de todo el país) a la que se le achacó intenciones golpistas (¿?) cuando asesinaron a tres policías en un lugar cercano a La Plata o cuando le partieron la cabeza al vicejefe de Gabinete nacional que aún al día de hoy se encuentra convaleciente.
En estas páginas se ha dicho todo lo que debe decirse acerca del tema Seguridad. Algunas encresparon a sus lectores pero CORREO DE BUENOS AIRES no fue creado para servir como club de amigos. Por su contenido parece todo lo contrario. Así manifestamos que los cambios en el Código Penal arrancados tras sendos motines encabezados por el señor Blumberg no iban a solucionar el tema de la inseguridad, ni colocar más policías en las calles (y mucho menos cámaras filmadoras), ni comprar más patrulleros que después no iban a poder ser usados por falta de combustible o realizar manifestaciones golpeando palmas al grito de se-gu-ri-dad. se-gu-ri-dad. Pero dijimos que lo único que impulsa al delincuente a cometer sus andadas en la certeza que por hache o por be, aún siendo atrapado, no recibirá castigo alguno. Negamos entonces a las condiciones socioeconómicas como factor determinante en la causa que hoy nos ocupa. Negamos también la suposición de Rosseau que el “hombre nace bueno” y es corrompido por la sociedad. Antes, en los años 30, por ejemplo, de la que tan mal se habla, había mucha pobreza y quizás un asesinato por año que conmocionaba a la opinión pública. Pero los valores de la sociedad eran otros por lo que, ser pobre de espíritu y carecer de bienes materiales no llevaban a delinquir.
Si se puede robar en la Casa Rosada qué queda para nosotros, puede pensar el más de los necesitados de este país. Aunque hoy el problema no es el robo. Es peor: es el asesinato a sangre fría y si, como dice la gente, “los Derechos Humanos no hacen nada”, es que esas organizaciones y sus abogados no encuentran rédito económico al clamor popular. Acúsese en sede penal al Estado de convivencia con los criminales que salieron de tal o cual villa (¿por qué no?) y al instante el gran lobby derecho y humano compuesto por abogados, jueces, fiscales, funcionarios nacionales, periodistas y “luchadores sociales”, encabezados por las polleras de siempre harán irrupción en escena. Y si la víctima es descendiente de un extranjero que arribó a estas tierras por el 1600, mejor. Es de conocimiento público cómo se interesan los estados europeos en ese tipo de casos.
Para el final de esta nota acerca de una enfermedad a la que no se le aplica remedio (por algo será), consideramos de interés insertar el texto de un mail que hace tiempo circula por Internet y que no por conocido ha dejado de cobrar actualidad. Hemos de esperar que no se nos acuse de crear una falsa sensación de inseguridad.
Tengo un sueño muy liviano y la otra noche noté que había alguien recorriendo el jardín de mi casa. Me levanté en silencio, me dirigí a la cocina y sin encender las luces traté de escuchar con más detenimiento los ruidos que venían desde afuera hasta que vi una silueta humana pasando por frente a la ventana.
Como mi casa es muy segura, con rejas en puertas y ventanas, y trancas internas en las puertas, no me preocupé demasiado, pero estaba claro que no iba a dejar al ladrón ahí contemplándolo tranquilamente como en la butaca del cine. Estaba dentro de mi casa…
Llamé a la policía e informé de la situación. Di mi nombre, apellido, número de teléfono, y la dirección de mi casa. Me preguntaron si el ladrón estaba armado; de qué calibre era el arma; si estaba solo; si ya estaba dentro de la casa; en qué lugar me encontraba yo; si tenía vecinos, etc.
Aclaré que yo no sabía si el ladrón estaba armado y menos de qué calibre era el arma que supuestamente tendría. Me dijeron que en esos momentos no había ningún patrullero para enviar pero que iban a mandar alguno en el momento que fuera posible. Que si pasaba algo que volviera a llamar.
Dos minutos después llamé nuevamente y dije con voz calma: No hay necesidad de que se apuren. Ya maté al tipo con un tiro de escopeta calibre 12 que tengo guardada para estas situaciones. El tiro se lo pegué en la cara. Le volé la cabeza y ahora sus sesos están regados por el jardín.
No habían pasado tres minutos cuando frente a mi domicilio había cinco patrulleros de la Bonaerense y dos de la Federal, un carro de asalto de Gendarmería, un helicóptero, el defensor del pueblo, el fiscal de turno, 2 patrullas de Defensa Civil, los movileros de Crónica Tv y de tres FM locales; fotógrafos; 3 diputados, 2 concejales, la presidente del INADI, Vilma Ripoll y un grupo de Derechos Humanos que desde luego no se perderían el hecho por nada del mundo. También llego la Bonafini con Schoklender y Zaffaroni llamó por teléfono para saber quién era el muerto. Con semejante despliegue la Policía agarró al ladrón in fraganti que estaba mirando todo con cara de asombro, tal vez pensando que la mía era la casa de un amigo de la infancia del gobernador.
En medio del tumulto un oficial de policía se aproximó y me dijo:
-Yo atendí su llamada señora. Creí que había dicho que había matado al ladrón.
Yo le contesté: -Creí que me había dicho que no tenían a nadie disponible para mandar.



















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