domingo, 19 de abril de 2009

LA REALIDAD SEGÚN KIRCHNER


CRONICAS DE LA REPUBLICA
La realidad según Kirchner

por Eugenio Paillet


Néstor Kirchner ha impuesto un régimen oscurantista y malévolo a su administración y a sus aliados: las malas noticias sólo habitan, desde ahora, en la boca de los traidores o de la prensa que no lo quiere y busca desestabilizarlo. Antes, era el falseamiento de los datos del aumento del costo de vida, que dibujó y dibuja a gusto del santacruceño el inefable Guillermo Moreno. Después, se denostó a todo aquel que dijese que la monumental ola de inseguridad era algo más que lo que él quiere que sea: una sensación térmica que algunos canales de cable agigantan con propósitos inconfesables. Un nuevo y bárbaro crimen acaba de sacudir al ciudadano bonaerense, y a la comunidad toda, y la pregunta azorada de algunos habitantes del poder, y de los observadores en general, es si el gobierno está esperando una pueblada general para reconocer que ese flagelo agobia y desespera, y, peor todavía, que puede tener un desenlace no deseado por el oficialismo en las urnas del 28 de junio.

Vanas esperanzas del hombre de a pie: todos se apuraron a enfrascarse en la inútil discusión sobre la baja de la imputabilidad de los menores. O en cargar las tintas a la justicia y a los jueces. Del impacto del aumento de la delincuencia juvenil como producto del crecimiento de la pobreza en zonas marginales, ni una palabra. No faltaron, en cambio, los vocingleros del gabinete que se pavonearon con los datos sobre la compra de chalecos, patrulleros y teléfonos celulares que ha hecho el gobierno. Un tufillo de insoportable aprovechamiento electoralista se ha percibido en esos dichos.

El intendente de Lanús, Mario Díaz Pérez, que corrió presuroso, días atrás, a anotarse en las listas testimoniales que manda construir el santacruceño para falsear la elección que viene, tuvo un rapto de honestidad y reconoció que sólo en su distrito hay más de sesenta mil personas que viven en asentamientos precarios, considerados por expertos y hasta por informes gubernamentales como la verdadera cuna de la violencia salvaje y del consumo de droga y paco. Su colega de Almirante Brown, Darío Giustozzi, que rechazó sumarse a aquel fraude, dio otra cifra que asombra: el 92 por ciento de los habitantes de los distintos cordones del Conurbano carece de cloacas. Si los escuchó, es probable que Kirchner los incluya en la libretita negra como nuevos traidores a la causa. Es hora de preguntarse qué han hecho los Kirchner en siete años de gobierno por el distrito al que ahora quieren convertir en la madre de todas sus batallas.

Ahora, hay que negar la epidemia de dengue que azota a vastos sectores del interior del país, y a otros territorios, como la Capital Federal y el Conurbano bonaerense. Kirchner lo llamó al senador Miguel Pichetto a su banca y le ordenó que boicoteara la sesión de la Cámara Alta en la que se aprestaba a dar media sanción a la ley que declara la emergencia nacional por la enfermedad, porque eso perjudicaría la imagen del país en el exterior. "No hay epidemia de dengue", eludió cualquier amago de debate. Las malas noticias se guardan convenientemente en un cajón de los escritorios de Olivos: un informe oficial, que no es ajeno a la secretaría de Turismo, pero que circuló entre agentes de viajes y algunos funcionarios, y que leyó Kirchner antes de llamar a ese verdadero soldado de la causa que es Pichetto, advierte que, en las últimas semanas, se cancelaron más del 25 por ciento de las reservas hoteleras en el país, todas provenientes del extranjero, por temor al contagio de la enfermedad de los mosquitos. Conclusión: difícilmente el proyecto que declara la emergencia nacional por el dengue vuelva a ver la luz del Parlamento en mucho tiempo. De seguro, no antes de las elecciones del 28 de junio.

Ese derrotero nervioso de irrealidades y desvaríos de un hombre que pretende tapar el sol con una mano lo llevó a cometer un exabrupto mayor. Desde el propio gobierno, expresaron reparos al discurso del jueves; en especial, por el negativo efecto que puede provocar en el votante, cuando acusó a la prensa de agigantar la información sobre la epidemia de dengue, la que, por otra parte, esos mismos medios (con muy mala fe, en su corta visión) adjudican a la pobreza. Esa pobreza que no cede y que, por el contrario, crece junto a la marginalidad, en las zonas más postergadas del país.

Dijo Kirchner que la enfermedad habita también entre los ricos, lo cual demuestra no sólo un encono mayor contra los supuestos agoreros de la realidad, sino una ignorancia supina. Y que en Brasil, como si sirviese de consuelo igualar siempre hacia abajo, también la padecen. La Organización Panamericana de la Salud tiene oficialmente al dengue, como también a la tuberculosis o a las infecciones venéreas, entre las enfermedades que encuentran su caldo de cultivo en las zonas marginales o más pobres de la sociedad. A todo esto, la ministra de Salud, Graciela Ocaña, pidió esta semana a la OPS y al gobierno de Cuba que envíen a la Argentina especialistas en tratamiento de epidemias como el dengue. ¿Qué hará Kirchner? ¿Echará a Ocaña y prohibirá el ingreso al país de esos médicos? Nadie está seguro con un hombre dispuesto a hacer creer a la gente, si le hace falta, que dos más dos no son cuatro, sino cinco.

Le ha puesto la frutilla al postre: desde esta semana, pagará con su cargo o con el destierro cualquier funcionario que difunda encuestas encargadas por la administración que muestren un crecimiento en intención de voto del peronismo disidente que encabezan Francisco De Narváez y Felipe Solá.

Tampoco tolerará disidencias: Santiago Montoya debió irse echado de su cargo por rechazar una candidatura testimonial y deplorar que el gobierno central haya dejado de escuchar a la gente. Es cierto que Scioli había tenido, el jueves, un inusitado rapto de independencia de Olivos, cuando trató de salvar al funcionario, al que, por encima de todo, consideró eficiente en la tarea recaudadora que se le encomendó. No hubo caso: un nuevo llamado de Kirchner, esta vez furioso, el viernes, por la tarde, lo empujó a reclamar una renuncia que, en su fuero íntimo, resistía. Scioli teme, como muchos otros, el pelotazo en contra que puede significar este nuevo ataque de autoritarismo kirchnerista en las urnas.

Cerca del mandatario, reconocen los dos pecados mortales que cometió Montoya: enrostrar en público a Kirchner haberse alejado de la gente y del diálogo civilizado con los líderes de la oposición. Y, lo que, según la textual definición de un confidente de la Casa Rosada, "cayó como una patada al hígado" en las alcobas presidenciales, peor todavía, poner por escrito que sólo Scioli es hoy ese líder de oídos abiertos y mano tendida que la sociedad está reclamando tras la muerte de Raúl Alfonsín. Una herejía que el santacruceño jamás iba a dejar pasar. Kirchner se cobra esas deslealtades, aun con un hombre al que ponderó siempre por su calidad de buen funcionario, y al que varias veces quiso llevar a su gabinete, o al de Cristina Fernández. Le ha añadido una porción de rencor: mandó a sus voceros a decir que Montoya planeó con aquella carta su propia salida del cargo, en plan de víctima, para ir ahora a arrojarse a los brazos del Properonismo.

Veamos otro costado de una escena que vuelve a reponerse al paso de esas incongruencias. Se registra otra vez un fuerte revulsivo interno por la candidatura de Kirchner. En privado, no son pocos los que fruncen el ceño ante cada nueva aparición pública del santacruceño, o ante la lectura de cada nueva encuesta. El regreso a las declaraciones inexpresivas de los principales voceros oficiales, que han vuelto a poner sus palabras en el terreno de la duda, no obedecería a otra cosa que a la realidad que les está marcando, y se dice entre cuchicheos que al propio Kirchner también, que las mediciones apuntan hacia la baja cuando se pregunta por una fórmula encabezada por el santacruceño, secundado por Daniel Scioli. En cambio, esos mismos sondeos son más favorables al kirchnerismo si se coloca a la cabeza de la fórmula al gobernador bonaerense, seguido de alguno de los que suenan para ese eventual binomio, como el siempre candidato Sergio Massa, o alguna nueva variante, como el vicegobernador Alberto Balestrini. Desafiando la censura impuesta desde Olivos, el intendente de Tres de Febrero, Hugo Curto, confesó, esta semana, entre sus íntimos: "Con Néstor a la cabeza, la intención de voto se cae". Se asegura que un escenario parecido avizoran en la intimidad de sus despachos dos importantes ministros del gabinete que trajinan día y noche el mundillo de los encuestadores y las consultoras de imagen.

Aníbal Fernández había repetido, una y otra vez, la semana anterior, que, a su juicio, la mejor fórmula que puede presentar el Frente Para la Victoria en Buenos Aires es la que integra el binomio que ganó la presidencia en 2003. Horas atrás, se refugió en un acertijo más prudente: "Vamos a elegir la que sea la mejor fórmula, no se preocupe", dijo a un cronista. Salvo que se genere un operativo clamor irrefutable, que por ahora sólo anida en las mentes de tres piqueteros interesados, como D'Elía, Depetris y Pérsico, y que despierta poco entusiasmo en los políticos, a estas alturas, las dudas sobre si Kirchner será o no candidato han superado el simplista latiguillo de que todo se trata de un invento de la prensa.

Se insiste, en algunos laboratorios, que Kirchner equivoca el discurso de campaña, pero que no escucha razones. Aunque no lo parezca, hay quienes conservan algún grado de sensatez y reclaman otro mensaje que no sea el permanente agravio, siempre con la mirada puesta en el pasado, repitiendo una y otra vez las mismas y gastadas chicanas que no conmueven ni a los de la tropa propia. No les falta razón: sería bueno que, si quiere representar al ciudadano bonaerense en el Congreso, al ex presidente se le caiga alguna idea acerca de cómo hará para solucionar los muchos y muy graves problemas que tiene la Provincia, empezando por la inseguridad, el dengue, la pobreza, la marginalidad y un déficit ingobernable de casi 12.000 millones de pesos que compromete la gestión de Scioli en sus dos últimos años al frente del poder local.

Kirchner ha resuelto que ese panorama es sólo una irrealidad maliciosa de los enemigos que lo acechan. No se habla de lo que no conviene, del mismo modo que se intenta tapar la peregrinación casi diaria y resignada de intendentes del Conurbano que hacen equilibrio entre las presiones para integrar listas testimoniales, a las que muchos aseguran en la intimidad no poder negarse, aunque no estén de acuerdo, y sus reclamos para que se cumplan, al menos, algunas de las obras que pomposamente prometió Cristina Fernández que saldrían como pan caliente de Olivos, pero que brillan por su ausencia.


LNP

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