
Revista Noticias - 06-Feb-10 - Opinión
http://www.revista-noticias.com.ar/comun/nota.php?art=2515&ed=1728
Tesis
La reinvención de Cristina
Transformación. La Presidenta cambió su tono de maestra de escuela
por uno más desinhibido. Como Obama, intenta seducir con la palabra.
por James Neilson
Habrá sido por el calor asfixiante del verano porteño o porque, luego de comer pollo, entendió que le había llegado la hora de emprender vuelo en busca de sueños perdidos. O tal vez se haya debido a los consejos de un experto en marketing político que le advirtió que en la Argentina descreída actual ya no sirve el estilo pedagógico y un tanto acartonado que usaba en tiempos menos exigentes, de suerte que le convendría ensayar algo diferente. Sea como fuere, por algunos días en enero, la presidenta Cristina mantuvo en suspenso a medio país al hablar, entre risotadas y golpes de abanico, de las propiedades afrodisíacas de la carne de cerdo -según ella, es mucho más eficaz que el Viagra-, y las virtudes del pollo, un ave que hasta ahora parece haber sido injustamente despreciada por los gastrónomos locales. Así que nada de carne vacuna, mujeres y hombres de la patria, y ni hablar de la perversidad de quienes se sienten atraídos por los buitres que sí vuelan pero "con otras cosas" que no sean sueños gallináceos.
El mundo es un lugar injusto. Algunos políticos pueden decir virtualmente cualquier cosa sin correr demasiados riesgos. Si a Hugo Chávez se le ocurriera exhortar a los machos venezolanos a devorar carne porcina para entonces salir a procrear, nadie cuestionaría su cordura porque el mundo se ha acostumbrado a sus disparates. Pero otros políticos, entre ellos Cristina, tienen que cuidarse. En el caso de la Presidenta, es porque ha trabajado con ahínco durante años para labrarse la imagen de ser una mujer inteligente y seria que se preocupa por asuntos que son un tanto más graves que los que suelen figurar en las peroratas maratónicas con las que su amigo caribeño trata de distraer a los televidentes de su país convulsionado para que no lo culpen por los apagones prolongados, el aumento constante del costo de vida y la marejada de delincuencia que ha hecho de Caracas una de las ciudades más peligrosas del planeta. Por ahora cuando menos, la Argentina no es Venezuela y Cristina no se parece demasiado a un loro tropical.
La transformación pasajera de Cristina en sexóloga y nutricionista, además de humorista y flagelo de los buitres -con la presunta excepción de los cóndores-, alarmó a los especialistas en las dos primeras materias. Enseguida, se pusieron a defender su territorio mofándose de las opiniones de la señora Presidenta y señalando, con la solemnidad indicada, que a Cristina le convendría familiarizarse con la literatura científica pertinente antes de ponerse a hablar de asuntos tan importantes como los eventuales beneficios eróticos o espirituales de consumir distintas especies de animales muertos. Quizás sea posible soñar con los pollos -los romanos los consultaban cuando querían prever el futuro-, pero parecería que lo del cerdo es a lo mejor un mito patagónico.
También intervinieron críticos literarios como Beatriz Sarlo. Puesto que no le impresionaron los esfuerzos de Cristina por ser a un tiempo didáctica y entretenida, la comparó con "esos profesores que, para ganar la atención de sus alumnos, amenizan la clase con ocurrencias" que, claro está, sólo merecen la perplejidad desdeñosa de quienes las oyen, ya que desde su punto de vista los docentes no deberían arriesgarse desempeñando papeles que no son suyos. En vista de que Cristina nunca ha disimulado su deseo de merecer la admiración de la intelectualidad universitaria que en todas partes es mayormente progresista, fue una estocada cruel.
Como no pudo ser de otra manera, las teorías ensayadas por la Presidenta motivaron más extrañeza que interés; tanto aquí como en el exterior, se difundió la noticia de que algo muy raro le estaba pasando. Aunque hoy en día es normal que políticos cambien de rol con la esperanza de subir en las encuestas -muchos intentan hacerlo proclamándose amantes de la naturaleza muy preocupados por los problemas enfrentados por los árboles y los osos polares-, la mayoría es consciente de que si sobreactúan caerán en lo ridículo.
Si bien en la actualidad los discursos formales y declaraciones casuales de hasta los políticos menos importantes suelen ser sometidos a una inspección minuciosa por los deseosos de saber lo que se proponen hacer o, a menudo, de encontrar una contradicción que podría ser aprovechada por sus rivales y adversarios, no es sólo por eso que el cambio de estilo de Cristina ha dado pie a tantos comentarios. Una razón, acaso la principal, consiste en que la Presidenta es una persona intensamente verbal, una que se enorgullece de su talento para manejar el idioma y que se cree capaz de cambiar voluntades mediante el uso de la palabra. Cuando Cristina se encuentra en dificultades, procura salir de ellas pronunciando otro discurso; puesto que según las encuestas apenas el 20 por ciento de la población aprueba su gestión, decidió contraatacar disparando contra el enemigo una andanada tras otra de arengas, entrevistas y apariciones públicas en las que se las arregla para soltar por lo menos una frase impactante.
La relación de Cristina con la palabra se asemeja bastante a la de su homólogo norteamericano Barack Obama. Como ella, el "hombre más poderoso del mundo" está convencido de que, bien desplegada, su elocuencia resultará ser más que suficiente como para permitirle asegurarse el apoyo de la mayoría. Parecería que ambos están equivocados, que sus respectivos problemas tienen más que ver con la oposición de millones a lo que están procurando hacer que con su propia incapacidad para explicar lo que tienen en mente, pero ni Obama ni Cristina quieren reconocer que lo que toman por su arma más mortífera se ha vuelto impotente.
Últimamente, Obama ha pronunciado docenas de discursos y ha participado en vaya a saber cuántos programas televisivos al lado de periodistas amigos y cómicos, pero para frustración de él mismo y de sus admiradores, tales esfuerzos han dejado de brindarle los resultados previstos. Es comprensible: los norteamericanos están hartos de oír palabras melifluas; quieren mejoras concretas. Puede que Obama sea un "gran comunicador" como fue Ronald Reagan, pero lo que comunica es la impresión de ser un intelectual frío alejado de las preocupaciones del hombre común. Lo mismo que tantos argentinos cuando escuchan a Cristina, muchos sospechan que su presidente los toma por brutos ignorantes que son incapaces de apreciar las bondades del modelo maravilloso que está tratando de venderles. Es el precio que políticos como Obama y Cristina tienen que pagar por su afición por palabras que a juicio de muchos son pretenciosas y por lo tanto insinceras.
La carrera asombrosa de Obama hubiera sido inconcebible si no fuera por sus dotes retóricas. De no haber sido por los discursos altisonantes que pronunció antes de iniciar la campaña triunfal del 2008, aún sería un político del montón sin ninguna posibilidad de acercarse a la Casa Blanca. Debidamente abrumados por tanta elocuencia, sus simpatizantes lo tratan como si fuera una versión moderna de Cicerón o Demóstenes, aunque la verdad es que sus piezas oratorias, llenas como están de banalidades aparatosas, distan de ser tan impresionantes como dicen los medios progresistas norteamericanos y sus repetidoras en el resto del mundo.
A pesar de que Cristina nunca haya motivado elogios tan exagerados por sus dotes retóricas como los granjeados por Obama, en el ámbito así supuesto le lleva cierta ventaja. Cuando habla el norteamericano, necesita la ayuda de un "teleprompter", el adminículo que usan los locutores televisivos para leer las noticias sin que se dé cuenta el público; privado de él, suena perdido. En cambio, Cristina es perfectamente capaz de hablar de manera coherente durante un par de horas ante la asamblea general de la ONU o en un acto sindical celebrado en un local destartalado del conurbano, sin tener que depender de notas escritas, aparatos electrónicos o un fabricante profesional de discursos. Es natural, pues, que se haya sentido herida por la propensión de sus compatriotas a tomar tal facultad por nada más que un truco estudiantil.
Un poco antes de probar suerte adoptando un tono más amigable, Cristina confesó que no caía simpática, lo que era una forma de reconocer que no le sería dado desarmar a sus críticos proyectando una imagen maternal como las que tanto han contribuido a asegurar la popularidad de la chilena Michelle Bachelet y la alemana Angela Merkel. Desgraciadamente para ella, tampoco la ayudaría mucho insistir en desempeñar el rol de una tía liberada. Aunque a esta altura sabrá que el estilo docente que siempre la ha caracterizado sólo sirve para irritar, ya le es demasiado tarde para abandonarlo. Acaso la mejor opción consistiría en hablar menos, ya que dadas las circunstancias sería la alternativa más segura, para entonces ponerse a revisar drásticamente una forma de gobernar que, tal y como están las cosas, parece destinada a hacer de la fase final de su gestión una pesadilla, pero cayó en la tentación de intentar congraciarse con la gente con chistes, lo que hace pensar que todavía cree que en última instancia su futuro personal, y aquel de su marido, dependerá más de lo que diga que de lo que haga su gobierno, que, siempre y cuando logre construir un buen relato, todo lo demás terminará adaptándose a él.



















No hay comentarios:
Publicar un comentario