jueves, 27 de mayo de 2010

BUENOS..............


BUENOS "QUE" Y PÉSIMOS "COMO"

Por el Dr. Guillermo Enrique Avogadro

"En política, el 'personalismo' constituye la principal

fuerza modeladora no sólo [.] de la historia de España,

sino también de su evolución política y de la

evolución de las repúblicas de la América hispana"

Salvador de Madariaga



Este gobierno, desde los ya lejanos días de la cancelación total de la deuda con el FMI y la tentativa de "desendeudamiento" con el Club de París, o desde el establecimiento del subsidio pseudo universal por hijo, o la sanción de las leyes de medios audiovisuales y de reforma política, nos tiene acostumbrados a positivos "qué", pero negativos "cómo".

El pago al Fondo fue una buena medida, pero se hizo cancelando un pasivo con bajas tasas de interés mediante la venta de bonos -es decir, tomando préstamos- a Venezuela, con tasas altísimas, que dispararon el famoso riesgo-país.

Cuando se anunció, con bombos y platillos, la inmediata cancelación de la deuda que la Argentina mantiene con el Club de París, se cometió un error conceptual. Aparentemente, el Gobierno creyó que se trataba de una única entidad, sin que el Ministro de Economía de entonces le informara que, en realidad, se denomina de ese modo a todos los créditos que un país mantiene con bancos y empresas europeas, nucleadas en esa especie de asociación de acreedores. Por ello, primero había que negociar con un montón de titulares de deuda distintos, para llegar a arreglos individuales y en condiciones diferentes, dependiendo del estado de mora, del tiempo transcurrido, etc..

En ese caso, otra vez, el "qué" estaba bien, pero el "cómo" fue un disparate, gracias a Dios no concretado. Sólo le faltó recordar a nuestra Presidente, al hacer su anuncio entonces, que el Club de París fue creado en 1956, precisamente -¡valga el honor!- por Argentina para conducir su proceso de negociación con los acreedores.

Y digo que el "cómo" estaba mal porque, para reinsertar a Argentina en el mundo, objetivo declarado del frustrado pago -como lo es ahora el del canje de los bonos que quedaron en default- no basta con pagar, sino que se debe contar con estadísticas dignas de crédito, cosa que falta aquí desde enero de 2007, cuando un Guillermo Moreno, cumpliendo órdenes directas del actual tirano de Olivos, destruyó una historia casi centenaria.

La historia del subsidio pseudo universal por hijo es similar. El "qué" estuvo bien, pues permitió incrementar fuertemente la escolaridad, amén de mejorar -en su momento, ya que la inflación se los está comiendo- los ingresos de los más desprotegidos.

El "cómo", para variar, fue pésimo. No sólo no fue universal, como pretendían sus propulsores (de la oposición), que pretendían que fuera para todos los hijos menores -de cualquier nivel socio-económico- del país y se derogaran las deducciones de ganancias, sino que se ha transformado en otro vehículo del clientelismo, además de dejar fuera a dos millones de chicos.

La necesidad de una nueva Ley de Medios estaba fuera de discusión, ya que la que aún hoy rige -merced a los Tribunales, que han impedido la entrada en vigencia de la nueva norma- no es adecuada a los progresos tecnológicos ni obliga a respetar límites, como los que se aplican en todas las naciones civilizadas.

Sin embargo, el kirchnerismo utilizó un "cómo" deplorable, con atropellos a la oposición en el Congreso y aprobación del proyecto a libro cerrado. Y eso sin considerar que el texto promulgado, en manos de don Néstor y doña Cristina, permitirá a éstos destruir la libertad de opinión y de prensa para construir un imperio mediático ajustado a sus intereses.

La Reforma Política, también sancionada a tambor batiente por el congreso-escribanía que tuvimos hasta el 10 de diciembre, sigue siendo una tarea pendiente de la democracia argentina. Y por eso, el "qué" también era una aspiración de la ciudadanía.

Pero Kirchner y sus secuaces no podían evitar transformar ese instrumento en un vehículo para terminar, manu militari, con los partidos chicos, sin imponer a los grandes la democratización de sus estructuras, que hubiera debido ser el fin buscado. No viene al caso analizar, en esta nota, la traición que implicó para el progresismo vernáculo, el veto presidencial de los artículos que el oficialismo había concedido para obtener su aprobación.

Y llegamos así a los festejos del Bicentenario. El "qué" de los mismos está fuera de discusión. Argentina celebró, con toda la ciudadanía en la calle, los doscientos años transcurridos desde la Revolución de Mayo, y lo hizo con alegría, sin banderías, sin partidismos y sin maniqueísmos. Los organizadores de los miles de eventos se merecen un ¡Bravo!, sin lugar a dudas.

Pero, desde el Gobierno, la historia -el "cómo"- fue distinta, como fue distinta la Historia en los discursos oficiales.

Doña Cristina se dio todos los lujos, especialmente aquéllos por los cuales los argentinos deberemos pagar más caro. No solamente dejó de invitar -ninguneó, en el lenguaje popular- a todos los ex presidentes de la democracia salvo, claro, a su marido, sino que, como es habitual, estableció una rígida frontera entre los buenos, para ella, y los malos; y para éstos, no hubo ni justicia, ya que son enemigos, no adversarios.

Pero la forma de reinterpretar la Historia, condenando a España en todos los púlpitos y atriles, agudizando los enfrentamientos provocados por la forma en que se inmiscuyó en los asuntos internos de la Madre Patria durante su reciente visita, y el modo en que dio lecciones a Europa entera sobre cómo debían manejar los países miembros de la Comunidad sus crisis, serán una cuenta dura de levantar para nuestro país.

La invitación al frustrado tirano Zelaya, en desmedro de las autoridades legítimamente electas en Honduras, y la negativa de los presidentes de Perú y Colombia a comparecer en las payasadas de los Kirchner, sumadas a la inexistencia de delegaciones relevantes del resto de los países del mundo, dan una idea clara acerca de dónde se encuentra la Argentina en el concepto mundial.

La inaudita comparación con la Argentina del Centenario -un país que era respetado en todo el orbe y que se encontraba entre los nueve más importantes del mundo-, la entronización de un retrato del criminal Che Guevara al lado de los próceres de nuestra independencia, la ausencia de doña Cristina ante el paso de las Fuerzas Armadas, la negativa a concurrir a la reapertura del Teatro Colón, la pretendida y fracasada división de la Iglesia Católica, la exaltación permanente del período kirchnerista -el más corrupto desde la restauración de la democracia- como movimiento fundante, son meros hitos de un discurso y de una conducta que, esperemos, no estarán presentes cuando Argentina celebre, en 2016, los doscientos años de su Independencia.-

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