martes, 25 de mayo de 2010

FIESTAS AGUADAS


Río Negro - 25-May-10 - Opinión

El Bicentenario de la Patria no es una fecha cualquiera. Antes que nada, debería brindarnos una oportunidad para reivindicar lo que tenemos en común. No se trataría de pasar por alto los conflictos políticos, sociales y económicos que son propios de un país pluralista en un mundo agitado por cambios constantes sino de aprovechar una ocasión pasajera única para subrayar lo que hace de la Argentina algo más que una mera abstracción territorial. Es lo que pide la mayoría pero, por desgracia, demasiados dirigentes políticos, comenzando con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, parecen estar mucho más interesados en llamar la atención a sus aversiones personales que en procurar recordarnos que, a pesar de las diferencias, todos pertenecemos a la misma comunidad. Para que nadie se deje confundir, en los días que precedieron los festejos la presidenta se dedicó, como una anfitriona de la alta sociedad decidida a humillar a sus rivales, a organizar su programa de actividades con el propósito de desairar a quienes figuran en su lista privada de indeseables. Así, pues, se negó a responder a la invitación de Mauricio Macri para que asistiera a la función de gala en el Teatro Colón porque le ofendieron las alusiones, nada amistosas por cierto, del jefe del Gobierno porteño a su marido, lo que planteó un problema protocolar espinoso a los dignatarios extranjeros que se han comprometido a participar de los festejos. Por lo demás, Cristina decidió no incluir entre los invitados a la cena que se celebrará hoy en la Casa Rosada al vicepresidente Julio Cobos y a los ex presidentes Carlos Menem, Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde, porque no le gustan.

Un motivo, acaso el principal, de la evolución decepcionante de nuestro país en su segundo siglo de vida independiente ha consistido precisamente en la incapacidad de sus dirigentes de distinguir lo efímero de lo permanente. Combinada con un grado de egocentrismo extraordinario, el cortoplacismo así supuesto ha hecho fracasar docenas de iniciativas que a primera vista parecieron promisorias. Con escasas excepciones, los dirigentes más influyentes se han habituado a tomar el capricho de turno por una manifestación de una corriente histórica avasalladora. Cuando hablan de "políticas de Estado" o "estrategia nacional" sólo piensan en las ventajas inmediatas que a su juicio podrían conseguir si sus congéneres aceptaran apoyarlos fingiendo creer que el destino del país en su conjunto era inseparable de aquel de un dirigente determinado, razón por la que desde hace años hemos visto pasar una serie desconcertante de "proyectos" que se han extinguido con la gestión de los responsables de improvisarlos. Fiel a esta tradición desafortunada, la presidenta y otros dirigentes se han comportado frente al Bicentenario como si estuvieran resueltos a confirmar que, si algo caracteriza a ciertos integrantes destacados de la clase política actual, esto es la mezquindad. Para que una democracia funcione de forma adecuada, es necesario que los líderes políticos den a entender que, si bien les parece evidente que sus adversarios están profundamente equivocados, no se les ocurriría cuestionar ni su buena fe ni su compromiso con el bien común. Huelga decir que en nuestro país esta regla sencilla es considerada absurdamente ingenua, de ahí la falta casi absoluta de respeto mutuo entre quienes desempeñan papeles significantes en el escenario político nacional.

Que los Kirchner y Macri estén de malas no es un secreto para nadie. Tampoco lo es que los santacruceños odien a Cobos, que hayan hecho de Menem una figura casi satánica y que estén acostumbrados a intercambiar insultos con Duhalde. ¿Era demasiado pedirles que declararan una tregua de algunos días para que se festejara el Bicentenario en un espíritu de unidad, por hipócritas que resultaran ser las declaraciones públicas correspondientes? Parecería que sí, que la idea de minimizar por un rato la importancia de las diferencias -actitud que al ponerlas en un contexto histórico facilitaría su eventual resolución- les resultó tan ridícula que la descartaron en seguida, asegurando así que las celebraciones de Mayo, lejos de contribuir a apaciguar los ánimos y de tal modo hacer menos tóxicas las nubes que desde hace años cubren el país, sólo hayan servido para que sean aún más ominosas.

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