
Me acomodé en el largo ches longe y crucé las piernas para relajarme lo mejor posible.
Comencé el relato de mis tribulaciones, justo en el mismo instante en que “el tordo” tomaba su block de apuntes y su lapicera.
“¡…Sufrí, Tordo, no sabe cómo sufrí! ¡Ver ese presidente dirigiendo esa empresa epopéyica, tan ajustada y aceitada, con tanta gente alrededor sin que nadie molestara el paso de otro y sin gritos estentóreos, no podía estar transmitiéndose en vivo y menos ser producto del devenir propio de los acontecimientos…!
¡No podía ser que esa señora casi sin maquillaje, que soportaba estoica el frío de la noche del desierto de Atacama y el molesto casco que le arruinaba su desprolijo peinado y con ojeras profundas, fuera la primera dama de Chile. ¡Seguro que era una doble! ¿No vio cómo se abrazaba con todo el mundo?
¿Y ese ministro de minería? Abrazando con fervor a cada -seguramente maloliente- minero sacado de las entrañas del cerro después de más de dos meses sin bañarse. ¿Cómo un ministro tan importante puede hablar tan sencillamente y sin demagogia?
Todo mentira, Tordo.
¿Y la organización? ¿Quién me saca de la cabeza que esto no fue todo un show ensayado hasta el cansancio y que los mineros fueron recolectados de una academia de actores aficionados?
No puede ser… A mí no me cierra nada.
Para mí que los bajaron a propósito por una entrada secreta.
¡Ese grupo de rescatistas, llenos de determinación y eficacia con ese aspecto tan irreal en nuestros pagos de saber lo que están haciendo! A mí no me engañan, Tordo…
¡Ni que hablar del grupo de la armada de Chile que monitoreaba la cápsula! ¿A quién le quieren hacer creer que se la dieron a hacer a ellos?
El tordo me escuchaba en silencio y escribía en su block de notas. A veces me clavaba la mirada incrédula.
-¿Y después? ¿Cómo nadie aprovechó el momento de gloria para repartir reproches o enseñanzas a “todos y a todas”? ¿Cómo no aprovecharon para repartir planes trabajar entre los mineros y sus familiares? ¿Cómo no les prometieron nada? ¿Cómo ese tipo canoso y eternamente sonriente, que hacía el papel de presidente, no amenazo con meter a todos presos?
-¿Y qué le hace creer a usted que fue todo una puesta en escena? -Me espetó sin anestesia, inclemente y con un dejo de reproche.
-¿Cómo me pregunta eso, Tordo? ¿Acaso no se dio cuenta de que faltaba un tipo vociferante y nervioso? ¿Alguno parecido a ese que tenemos por aquí, no me acuerdo como se llama? ¿Ese que sabe de todo y da cátedra cada vez que alguien le pregunta? Ese, tordo, ¡el de los bigotes! ¿O una señora gorda incitando a quemar los camiones, las minas, las máquinas y a los familiares de los mineros, por capitalistas? ¿Dónde estaba el capo de la central obrera de ellos llamando a una marcha frente a La Moneda en Santiago y en apoyo al presidente? ¿Y los encapuchados con palos largos que deben existir en cada acontecimiento nacional? ¿Y el gangoso de nariz de boxeador que llama a la rebelión y odia a todos los blanquitos? ¿Acaso ahí, alrededor de la mina, no había muchísimos blanquitos y vestidos de colorado encima? Si eso no le alcanza, Tordo, ¿dónde vio en toda la noche a los legisladores de la oposición culpando a ese tipo sonriente y canoso por todo lo que estaba pasando? Todo mentira, Tordo. Todo un show para hacernos sentir envidia. Ningún país puede funcionar de esa forma, jefe.
-Las auténticas desgracias nacionales son con palos, gritos, energúmenos culpando a los diarios de todos los males y una “presidenta” hablando y hablando y hablando, del cerdo con papas fritas y de un montón de cosas más. Vestida como una reina y con zapatos haciendo juego con la cartera, llena de extensiones y botox, rodeada de aplaudidores que asienten con la cabeza cada vez que pronuncia alguna frase más o menos sesuda, aunque con licencias gramaticales horrorosas.
¿Y el último minero? ¿Dónde vio usted que el tipo, siendo el de mayor jerarquía, se quede hasta lo último ahí abajo?
Eso no es un país en serio, Tordo.
Lo que vimos anoche, ese supuesto rescate de mineros atrapados a casi 700 metros debajo de la tierra, ¡es sólo una serie tipo doctor House! ¡Para mí que lo llamaron a Spielberg!
Cuando estaba por seguir demostrándole al psicoanalista que lo de los mineros era todo una mentira, justo sonó el timbre sobre el escritorio y el Tordo se levantó de su silla.
-Bueno, ¡nos vemos en la próxima…! -dijo con alivio, mirando su reloj.
Por suerte, pasado mañana tengo una nueva sesión y podré desahogar mi yo profundo e internalizar tamaña mentira televisada.
Juan Mondiola



















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