sábado, 9 de octubre de 2010

LA VIDA SECRETA DE LOS KIRCHNER


La vida secreta de los Kirchner

Tupac Apablaza. El ex guerrillero, eje del tironeo entre
Chile y la Argentina. Los Kirchner minimizan el escándalo.

por James Neilson

Los vecinos creían que Alonso Quijano era sólo un viejo bonachón, si bien un tanto maniático, condición que atribuyeron a los libracos que devoraba. Tardaron en darse cuenta de que en realidad era Don Quijote, un héroe en guerra contra todas las manifestaciones del mal, uno tan perspicaz que nunca se dejaría engañar por los intentos de sus enemigos de disfrazarse de molinos de viento, cabras u ovejas. A su modo, los Kirchner se asemejan al Caballero de la Triste Figura, aunque en su caso los libros que les trastornaron la cabeza no fueron novelas de caballería sino sus equivalentes modernos, obras escritas por los historiadores revisionistas y panfletistas de opiniones contundentes que disfrutaron de cierta popularidad en la Argentina setentista, además de los sucesores intelectuales de los miembros de aquella cofradía tan influyente.

Néstor Kirchner y su esposa Cristina sólo parecen ser políticos burgueses que en los años turbulentos del siglo pasado tuvieron el buen sentido de alejarse de la lucha armada y dedicarse a hacer plata en Río Gallegos, aprovechando con astucia las oportunidades para lucrar brindadas por las leyes de la dictadura militar. La verdad verdadera, la que corresponde al “relato” oficial, es otra: en aquellos tiempos tan difíciles, la pareja acompañó con valentía silenciosa a los jóvenes que combatían el Proceso –de no haber sido por una cuestión de edad, hubieran estado con el Che en Sierra Maestra–, militaron a favor de los derechos humanos, solidarizándose con las Madres de Plaza de Mayo, y fueron perseguidos por los militares. Pensándolo bien, su trayectoria es plenamente comparable con las de José “Pepe” Mujica y Dilma Rousseff, cuando no con la del mismísimo Fidel.

Es por lo tanto lógico que, en cuanto llegaron al poder, los Kirchner se pusieran a renovar sus vínculos emotivos con montoneros presuntamente retirados, las Madres y otros símbolos de la resistencia a la dictadura militar oligárquica y neoliberal, invitándolos a sumarse a su proyecto y, directa o indirectamente, entregándoles subsidios. También lo es que hayan negado a permitir la extradición a Chile del heroico guerrillero Sergio Galvarino Apablaza Guerra, en su momento comandante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

¿Qué es lo que pretenden los herederos del general Augusto Pinochet, que Cristina traicione a un camarada revolucionario?, se preguntan los teóricos del kirchnerismo. ¿No entienden que hay una diferencia fundamental entre un vengador de retórica izquierdista y un delincuente cualquiera, y ni hablar de un represor derechista? Desde el punto de vista de los Kirchner, si el presidente chileno, Sebastián Piñera, es un hombre de buena voluntad como dice, reconocerá que Apablaza luchaba por un mundo mejor y que, por democrático que fuera Chile en aquel entonces, el haber ayudado a ajusticiar –calificarlo de asesinato sería propio de reaccionarios–, a un senador derechista y secuestrar a un golpista mediático no deberían tomarse por delitos muy graves. Como dejó bien en claro la Comisión Nacional para los Refugiados, Apablaza no es un “ciudadano común” sino “un militante político”, de suerte que sería ilegítimo juzgarlo conforme a pautas apropiadas para los demás mortales.

El compromiso firme de Néstor y Cristina con las causas que supuestamente los encandilaban cuando eran jóvenes casi cuarenta años atrás es sin duda conmovedor pero, como Don Quijote, los dos son cautivos de un pasado en buena medida ficticio que debe más a la nostalgia imaginativa que sienten por lo que pudo haber sido que a lo que efectivamente sucedió y que, de todos modos, ya se ha visto abandonado por la mayoría de sus contemporáneos tanto aquí como en el resto del mundo. Por fortuna, escasean las sociedades en que se sigan repitiendo las batallas de otros tiempos con la esperanza de que los resultados sean distintos, pero parecería que a su entender lo más importante es “desfacer” los agravios perpetrados por los malos de antes y que hay que subordinar todo lo demás a dicho cometido, de ahí el carácter tan extraordinariamente conservador de su gestión conjunta, ya que, como a esta altura es penosamente evidente, el “modelo” que contra viento y marea están procurando armar se inspira en ilusiones setentistas.

Puesto que pocos entienden las razones íntimas por las que los Kirchner quieren mostrarse fieles, cueste lo que costare, a lo que llaman sus principios, la decisión de proteger a Apablaza, tratándolo como un refugiado político, ha motivado desconcierto tanto en Chile como en las filas opositoras locales. Para algunos, la única explicación racional es que Cristina teme ser la próxima víctima de la lengua viperina de Hebe de Bonafini, desgracia que en opinión de algunos la desprestigiaría irremediablemente a ojos de la progresía internacional. Otros suponen que, si el Gobierno acepta que en democracia la militancia política no puede ser considerada una atenuante, podrían reabrirse las causas contra los terroristas que asesinaron, secuestraron y extorsionaron antes de producirse el golpe militar de marzo de 1976, lo que metería en apuros a muchos coautores de la tragedia resultante que, andando el tiempo, encontrarían un hogar en el kirchnerismo. En tal caso, conjeturan con cierto optimismo, se derrumbaría el precario andamiaje ideológico que fue improvisado por los santacruceños en un esfuerzo por dar a su “proyecto” un barniz intelectual a su juicio atractivo. Entre otras cosas, equivaldría a cohonestar “la teoría de los dos demonios” que atribuyen a Raúl Alfonsín y que están resueltos a mantener a raya.

Por motivos comprensibles, los dirigentes democráticos chilenos han reaccionado con indignación ante la afrenta supuesta por la insinuación de que en su país la Justicia está en manos de derechistas impenitentes y que por tal motivo Apablaza no recibiría un juicio justo, aunque los progres transandinos también se dieron el gusto de acusar al gobierno de centro-derecha de manejar el tema con torpeza.

Además de protestar, pedirle al embajador Ginés González García explicaciones coherentes y así por el estilo, el gobierno de Piñera parece decidido a llevar el asunto a los tribunales internacionales, eventualidad esta que no preocupa en absoluto al canciller Héctor Timerman que, con la sensibilidad diplomática que es su marca de fábrica, la calificó de una “payasada”. Sea como fuere, aunque todos dicen que sería un error permitir que el conflicto se agrave mucho más, no cabe duda de que la relación bilateral ha quedado dañada. Por lo demás, por razones patentes, en la actualidad no le conviene a ningún país adquirir la reputación de estar dispuesto a dar cobijo a terroristas, trátese de ultraizquierdistas chilenos de mentalidad totalitaria, etarras vascos o, desde luego, islamistas, ya que todos pertenecen a organizaciones que, a pesar de diferencias ideológicas que en buena lógica son insalvables, suelen ayudarse mutuamente.

Por motivos tanto políticos como personales, no puede ser del interés de los Kirchner brindar a sus adversarios pretextos para mofarse de las contradicciones flagrantes entre el “relato” que han inventado y lo que, según los datos registrados, efectivamente ocurrió. Puede que la revista progresista alemana Der Spiegel haya cometido un error imperdonable al informar a sus lectores que Cristina afirmaba haber sido detenida “varias veces” durante la dictadura, pero así y todo, tales malentendidos sirven para llamar la atención a los esfuerzos de la pareja gobernante por modificar el pasado a fin de adaptarlo a sus necesidades actuales.

Tampoco les conviene a los Kirchner que se reavive el interés del público en el drama sanguinario que vivió la Argentina cuatro décadas atrás. El intento de los Kirchner de convencernos de que los jefes de los medios periodísticos que más les disgustan colaboraron con la dictadura hasta tal punto que no vacilaron en cometer crímenes viles de lesa humanidad ha puesto en movimiento una nueva ola de revisionismo, una encaminada a recordarnos que los montoneros hicieron un gran aporte al baño de sangre al dar a los militares pretextos inmejorables para tomar el poder.

Los revolucionarios autóctonos querían provocar un golpe porque a su entender algunos años de dictadura servirían para “concientizar” al “pueblo”. La estrategia funcionó, ya que el Proceso desacreditó para siempre la noción de que fuera normal que de vez en cuando el país se viera sometido a una dosis de disciplina cuartelaria, pero fueron tan terriblemente altos los costos humanos de la maniobra que emprendieron los “jóvenes maravillosos” que ellos mismos se vieron desprestigiados hasta que los Kirchner decidieran rescatarlos del olvido en que languidecían.

Algunos chilenos creen que la razón por la que el Gobierno no quiere que Apablaza rinda cuentas ante la Justicia tiene que ver con la campaña electoral que ya ha comenzado. Es poco probable. Todo hace pensar que la interpretación maniquea del pasado reciente impulsada por la pareja está siendo repudiada por el grueso de la ciudadanía. Aquí, los partidarios del terrorismo de cualquier tipo constituyen una minoría muy pequeña, mientras que se cuentan por millones los alarmados por la proximidad de los Kirchner a personajes vengativos acusados de cometer crímenes violentos que en otras partes del mundo les supondrían muchos años de cárcel.

* PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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