Segunda Opinión - 21-Oct-10 - Opinión
La agresión fascista
por Héctor B. Trillo
La agresión fascista en la Argentina es cada día más evidente. Así y todo son muchos los que todavía piensan que esa calificación es excesiva.
Sin embargo está más que claro que el gobierno se maneja con prepotencia, con abuso de poder, con discrecionalidad fiscal, con ataques a la prensa que incluyen la fabricación de papel para diarios, con insultos a los opositores, al vicepresidente, a senadores chilenos, a quien sea. La patota es un dato que quedó consagrado en la cancha de Ríver Plate si es que alguno tenía dudas del accionar de Moreno o de Kirchner.
En declaraciones al diario Tiempo Argentino, el camionero Hugo Moyano consideró que si el año próximo el Matrimonio no gana las elecciones él saldrá a defender el "modelo" a como dé lugar. La inusitada gravedad de estos dichos no ha provocado reacciones de peso, ni en los medios ni en la oposición política.
No queremos ni imaginar qué ocurriría si tales declaraciones las hubiera efectuado algún miembro de la llamada Mesa de Enlace, o políticos referenciales del macrismo.
Estamos en una situación que a nuestro modo de ver es lo suficientemente grave como para salir nuevamente a alertar, desde un modesto comentario como este, a quienes nos leen.
La muerte de un joven militante a balazos hace pocas horas en un enfrentamiento en Avellaneda y Barracas, más las heridas recibidas por otras dos personas, una de las cuales es una señora que pasaba por el lugar y recibió un balazo en la cabeza; muestran a las claras que la violencia verbal y política que practica el gobierno y su socio en la CGT derivan en la criminalidad más hartera y estúpida.
Que las luchas del sindicalismo fascista no son nuevas eso creemos que todo el mundo lo sabe. Ningún "gordo" que se precie abandona su cargo hasta que pasa la guadaña y se lo lleva. La absoluta falta de democracia en el régimen de sindicato único instaurado por Perón en 1945 sigue tan vigente como el primer día. Las afiliciones y los aportes compulsivos, la "personería gremial" otorgada al sindicato políticamente afin, y el manejo de dinero para comprar votos y ganar elecciones de manera indefinida, son la mancha más gorda y terrible de la herencia mussoliniana de un régimen que sigue capeando en la Argentina como si los años no hubieran pasado.
No es setentismo, como suele decirse, es cuarentismo.
Muchísimas veces hemos hecho referencias a cortes de calles y de rutas, por quien fuere. Muchas veces nos hemos referido a los encapuchados y empalados que llevan adelante cortes y escraches. Nos hemos dirigido a prácticamente todos los medios de difusión con nuestra queja por el corte de Gualeguaychú.
Nos hemos encontrado con verdaderas paredes ideológicas basadas en el viejo axioma que puede resumirse con un "otra no les queda, porque si no hacen eso nadie los escucha". Y así llegamos a Kosteki y Santillán, y así llegamos al chofer del hijo de Moyano a los tiros en San Vicente cuando el traslado de los restos de Perón. Y así llegamos al crimen del tesorero del sindicato de los camioneros en Rosario. Y así llegamos a hoy, al crimen miserable de un muchacho de 23 años militante de un grupo trotskista, lo cual da también para mandar una parrafada.
Porque hace muchos años que el trotskismo actúa de manera vergonzante en la Argentina, y manda a chicos al frente con machetes, piedras, hondas, bombas y capuchas al frente sabiendo el peligro que eso encierra. Porque acá las patotas sindicales no se andan con chiquitas, máxime si tienen el aval político de un gobierno de origen montonero y fascista.
Y lo más patético de todo es que tuvimos oportunidad de oir a la presidenta en un acto en Parque Norte, hablando de cualquier cosa menos de la realidad que nos toca vivir. Resultó tan elocuente el silencio que nos recordó a aquel De la Rúa de diciembre de 2001, que definitivamente estaba fuera de la realidad de lo que estaba ocurriendo delante de sus narices.
Hay que decir que Cristina se refirió al tema, cuando fue abordada por periodistas al finalizar el acto que la tenía como oradora, y no antes.
Héctor Trillo



















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