miércoles, 16 de julio de 2008

EL DESBORDE EMOCIONAL

EL DESBORDE EMOCIONAL Y DESEQUILIBRADO
Por Enrico Udenio (*)
“La cultura política argentina tiene una extraña fe en las palabras; se cree que ellas resuelven los problemas” - Nicolás Shumway -Director de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Texas.



El discurso manipulador

En la Argentina son usuales los comentarios socio-políticos y económicos que contienen mucha carga emocional. La mayoría de los intentos de racionalizar el tema, para poder establecer un diálogo más igualitario, se frustran ante la incoherencia y la descalificación agresiva y persecutoria.

Tampoco son inofensivas ni gratuitas las expresiones que emanan del círculo central del poder político. Desde el año 2003, una y otra vez los Kirchner y compañía acusaron a terceros de todos los males que asolaban a este país. Es bien conocida la táctica política – de origen fascista y totalitaria- de denunciar un enemigo interno (o externo según sea el caso) para estimular un pensamiento nacionalista y recibir, mediante esa manipulación, el apoyo popular. En Argentina la utilizaron la mayoría de sus gobernantes, hayan sido éstos militares o civiles, de facto o ungidos por el voto popular.

Kirchner no manifestó tener problemas mientras las acusaciones caían sobre las dictaduras militares, el neoliberalismo, Menem, el FMI y los Estados Unidos. Pero las dificultades aparecieron cuando ese discurso se fue agotando por el cansancio de escucharlo o por el simple paso del tiempo. Es que la última dictadura militar cedió el poder hace veintitrés años; Menem dejó la presidencia hace diez; la política económica señalada popularmente como “neoliberalismo” (1980-2000) perdió su vigencia internacional, el FMI cobró el 100% de la deuda y se olvidó de la Argentina, y los Estados Unidos están, desde hace tiempo, ocupándose principalmente del actual líder sudamericano: Brasil.



En estos momentos, cuando el matrimonio presidencial argentino quiere traer al centro de la escena a un claro enemigo interno, los resultados ya no son los mismos. Al acusar a la terna “campo-grupos de derecha-sectores del peronismo de los 90” como golpistas que “promueven un modelo de país injusto”; o al señalar a un pequeño productor y líder de la protesta agropecuaria, Alfredo De Angelis, como “oligarca”; o a la Federación Agraria, bien conocida por su inclinación socialista, como un grupo de derecha que busca desestabilizarlo, dobla la apuesta en un juego en el que cada vez menos gente cree y participa. El riesgo de sufrir una caída libre al vacío institucional es muy elevado.



Recuerdo una leyenda israelí que cuenta que había una vez dos amigos que, no obstante estar condenados a muerte, conquistaron la simpatía del rey. Éste decidió ofrecerles una oportunidad para superar el trance: unió dos picos de una profunda quebrada mediante una soga y prometió a los condenados que si lograban pasar al otro lado, les concedía la vida. El primero de los dos, bambaleándose, logró finalmente cruzar. El otro, antes de intentarlo le preguntó a su amigo cómo lo había logrado. El compañero le contestó que no lo sabía. “¿Pero algo habrás hecho para no caerte?” -insistió el otro. “Y sí –respondió el que estaba ya a salvo- cada vez que me inclinaba demasiado para un lado, enseguida equilibraba mi cuerpo yendo para el otro”.



Es evidente que los Kirchner no pueden equilibrar su gobierno y probablemente terminen cayendo al abismo. La tragedia mayor será que se lleven con ellos al país entero en esa caída.



La carga emocional

Las diferencias en política deberían negociarse sólo a través de un intercambio de ideas razonables, dejando que la pasión emocional incontrolada quede reducida al fútbol. La inteligencia emocional es el conjunto de habilidades que sirven para expresar y controlar los sentimientos de la manera más adecuada en el terreno personal y social.

“Siente el pensamiento, piensa el sentimiento”, decía el filósofo y escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936), precursor del movimiento filosófico existencialista.



Cualquier mirada sobre la realidad se distorsiona cuando la carga emocional es elevada.

Por ejemplo, en el tema actual de la crisis del campo es habitual que, en un diálogo con los adherentes al oficialismo, cuando se intenta defender la posición de los productores con relación a las retenciones móviles, se reciban respuestas que no se corresponden directamente con el planteo, como es el caso de las alusiones a lo mal que estaba el campo durante la década del 90 y lo bien que está ahora; o a que “con la comida no se jode”; o a que son “golpistas”. La apuesta descalificadora puede llegar a aumentar y, entonces, pasar a la categoría de “h… de p…” que someten al pueblo, o incluso, que fueron cómplices de las dictaduras militares pasadas. Y, en el mejor de los casos, si el interlocutor es un oficialista benevolente puede ser que emita un comentario tal como que no son “malos” sino, simplemente, idiotas útiles manipulados por los “malvados intereses de la oligarquía”. Todas respuestas emocionales que alejan la posibilidad de un intercambio racional de ideas.

Cuando esto sucede, queda en evidencia la extraña conexión entre los hechos que hacen los acusadores. ¿Cuál es el mecanismo que hace que vinculen la defensa de los intereses económicos de un sector de la población que se siente amenazado por el Estado con, por ejemplo, la desaparición física de miles de personas o la hambruna de otras tantas?

Este tipo de asociaciones hace imposible encauzar cualquier diálogo de manera racional.



Respecto a esto me viene a la memoria un relato alegórico situado en los años setenta: un grupo de legisladores norteamericanos son invitados a visitar la Unión Soviética. Una mañana, los funcionarios rusos los llevaron a visitar su famosa estación de trenes en Moscú. El líder del grupo soviético comienza a explicar las bondades del sistema ferroviario diciendo que “de este anden sale un tren para Kiev cada dos minutos, del siguiente sale otro tren para Stalingrado cada tres minutos…” y así sucesivamente hasta que uno de la comitiva norteamericana lo interrumpe para decirle: “Perdón, no quiero incomodarlo pero ya pasaron casi diez minutos y no vimos salir ningún tren de ningún andén”. Se produjo un tenso silencio hasta que el ruso reaccionó respondiéndole: “¿Y ustedes qué tienen para decir? ¿Acaso no matan a los negros?”



La Argentina enemiga

En realidad, hay algo que se da por hecho en el estudio de la historia política de las ideologías. Todas quieren lo mismo. Fascistas, capitalistas, marxistas y anarquistas. Liberales, conservadores y socialistas. La derecha y la izquierda. Todas quieren que se aumente la riqueza, que se distribuya mejor, que haya igualdad de oportunidades para el hombre, más trabajo, más y mejor educación. Nada de pobres, menor delincuencia, mayor respeto en la convivencia, ciudades limpias, acceso popular a la cultura, etcétera, etcétera.

La diferencia se encuentra, entonces, no en los fines sino en los medios. Cada sector o ideología tiene un pensamiento propio sobre cuál puede ser el mejor y más seguro camino para acceder a todas esas maravillas económicas y sociales.

Si partimos de esta premisa, un hombre de derecha y otro de izquierda, por ejemplo, pueden sentarse y dialogar hasta el infinito sobre cuál de los dos caminos que proponen ambos es el más eficiente, o justo, o equilibrado, para lograr esos fines. Lo más probable es que ninguno llegue a convencer al otro pero existen muchas posibilidades que encuentren coincidencia en más de un pensamiento.



Esto jamás será posible si, como sucede en la Argentina actual, se le niega esos fines al opositor y se lo convierte en un enemigo a quien hay que humillar o someter. Incluso no interesa demasiado si los hechos no le dan la razón al agresor: Se los niega o se los desvaloriza, como sucedió con las evidencias del aumento de la pobreza o de la poca inversión en obras que favorezcan a los sectores carenciados a pesar de los cuantiosos ingresos fiscales de los últimos años.

Ejemplos tenemos a granel. Citaré sólo dos para no extenderme: los dirigentes de la CTA, la importante central obrera independiente, a la que no se puede tildar de “oligarca, reaccionaria ni derechista”, han denunciado una y otra vez que el crecimiento económico del modelo K no sólo se asentó sobre la base de la desigualdad social sino que la ensanchó. Por el lado de las continuamente promocionadas obras públicas, en el 2004 y 2005 se prometió, con grandes despliegues publicitarios, la construcción de 420.000 viviendas. Después de cuatro años se cumplió con sólo el 15% de ellas.



Está fuera de toda duda lo imprescindible que es el Estado en la construcción de una sociedad que reúna las condiciones básicas para que sus habitantes accedan a una vida digna. Lo que está en duda es el destino real de la mayoría de esos formidables fondos que, fundamentalmente, provee el campo.



Gobernantes desequilibrados

Reiteradamente he dicho que los gobernantes de un pueblo no pueden ser muy diferentes a lo que es el pueblo mismo. Por ello, éste no puede ser inocente si sus creencias lo impulsan a elegir representantes emocionalmente poco equilibrados.

Pero un pueblo puede concientizar sus errores para aprender a no repetirlos.



La Lic. Alicia López Blanco, en su libro “Por qué nos enfermamos”, editado por Paidós, comenta:

“Nuestra existencia está siempre vinculada a otros seres humanos. Pertenecemos a una familia, a una comunidad, a un grupo de amigos, a un grupo de trabajo y a tantos colectivos como roles ocupamos en la sociedad en la cual estamos insertos. (,,,) El conflicto forma parte de la vida misma. (…) Con el desarrollo de la cultura, la manera de superarlos ha evolucionado, en el mejor de los casos, hacia formas más civilizadas de manifestación, pero el ser humano ha tenido siempre que lidiar con sus dificultades a la hora de resolverlos de manera asertiva, esto es de forma directa, honesta y sin atentar contra los derechos de la otra persona.

Podríamos agrupar nuestras respuestas a los conflictos interpersonales en tres grupos: - la lucha, expresada en forma de agresión física o verbal; - la huída, mediante la evitación o actitud pasiva; y - la confrontación asertiva, que incluye la capacidad verbal y afectiva para resolver el problema.

A su vez, la conducta asertiva se asienta sobre algunas capacidades, estas son:

* La empatía o poder situarnos en el lugar del otro;

* La de poner límites o poder decir que no sin agredir;

* La de reconocer las propias limitaciones y errores;

* La de poder, según la ocasión y necesidad, solicitar ayuda o enunciar nuestros deseos;

* La de reconocer y expresar los sentimientos tanto positivos como negativos, éstos últimos sin lastimar;

* La de relacionarnos socialmente.

* La de ser capaces de controlar y manejar responsablemente las emociones y ordenarlas de acuerdo a valores de vida.

* La de ser capaces de superar las dificultades y tolerar las frustraciones.


… Si la respuesta ante el conflicto es de lucha, la tendencia será insultar, acusar o amenazar, lo que determinará un estilo agresivo. Si la reacción es de huida, la tendencia será la no expresión de los deseos, opiniones o intereses, y el estilo será pasivo. Si la reacción es expresar los propios sentimientos, opinión e intereses respecto a la situación respetando los sentimientos de la otra persona, el estilo será asertivo.”



Sería beneficioso para el país que los Kirchner dejaran su patrón habitual de respuesta de lucha (agresiva y descalificadora hacia la oposición), más adecuado a líderes de un centro de estudiantes que a presidentes de una nación, y se dedicaran a desarrollar cualidades de asertividad.

Por otra parte, la autora describe, entre otras, ciertas conductas negativas que no favorecen las relaciones interpersonales. He seleccionado las que me parecen corresponder más al matrimonio Kirchner y a los más importantes funcionarios del gobierno argentino:



“La negatividad, tender siempre a ver el lado desfavorable de las cosas señalando lo que está mal o falta, estando siempre pendientes de lo que no está, o que no está como nosotros pensamos que debería.

La crítica negativa, una censura de las acciones o conducta de alguien. Implica una descalificación de quien el otro es o hace. Su diferencia con la crítica constructiva es que ésta pone el acento en aquello que se puede mejorar y adiciona propuestas en esa dirección.

La oposición, contradicción o resistencia a lo que el otro hace o dice. Puede expresarse en la conducta de manera activa y beligerante, o en la forma de rebeldía pasiva esto es, conductas agresivas encubiertas como, por ejemplo, las que realizaba el personaje del programa infantil mejicano “El chavo del ocho” que perjudicaba al otro “sin querer, queriendo”.

La burla, con la que se procura poner en ridículo a alguien mediante alguna acción, ademán o palabras, y el sarcasmo, en el que la burla eleva su intensidad y llega a convertirse en mordaz y cruel. Ambos son formas de agresión encubierta en las cuales, desde una sensación de superioridad, se utiliza al humor como medio para expresar crítica o desaprobación.

La intimidación, infundir en el otro miedo para someterlo y obtener algún tipo de beneficio.

La manipulación, distorsionar la verdad para conseguir que el otro haga algo que beneficia mayormente a quien la ejerce. Implica un grado de astucia por parte del que manipula y de inocencia por quien la recibe, el cual puede llegar a renunciar a sus valores, principios y objetivos para satisfacer los de otra persona. En general se basa en tres estrategias principales: la amenaza velada, la crítica encubierta, o la generación de lástima ubicándose en posición de víctima.

La violencia, el despliegue de furia o fuerza para alcanzar un fin, avasallando los derechos de elegir del otro. Si quien la recibe no tiene capacidad para confrontar, suele conducir a la violencia encubierta pues necesita drenar por otra vía la carga que le produce.



Analizando este texto, puede observarse la coincidencia entre las acciones de nuestros gobernantes y las conductas negativas descriptas, lo que deja en evidencia que los destinos de la nación están en manos de personas muy poco evolucionadas.

Esto sí, es muy preocupante.



(*) Crónica y Análisis publica el presente artículo por gentileza de su autor: Enrico Udenio, asesor económico y especialista en comercio exterior, se ha desempeñado como empresario comercial e industrial desde 1965.
De nacionalidad italiana, arribó a la Argentina, país en el cual reside, siendo niño.
Sus compañías en Argentina y en el exterior desarrollaron diversos proyectos comerciales e industriales. A principios de la década del ’90 cerró todas sus empresas para dedicarse al asesoramiento, la docencia y la investigación en política y economía.
Sus trabajos son desarrollados en diferentes libros y documentales cinematográficos.
En cuanto a su postura ideológica, se define a sí mismo como un pragmático independiente, comprometido con la filosofía holística y el construccionismo histórico como forma de mirar a la realidad.
Es autor de varios libros, documentales cinematográficos y colaborador periodístico.

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