sábado, 18 de abril de 2009

NO SE DÁ POR VENCIDO


Revista Noticias - 18-Abr-09 - Opinión

Tesis
Néstor no se da por vencido

Malabares. Kirchner se aferra a Scioli ante la evidencia de haberse convertido en un piantavotos.


por James Neilson

Para un político del montón, ser un piantavotos constituiría un problema insuperable, pero parecería que para Néstor Kirchner sólo se trata de un inconveniente menor. El ex presidente y actual hombre fuerte del Gobierno está tan acostumbrado a ganar sus apuestas que la mera idea de que un día podría perder le suena ridícula. Cree que con un poco de astucia podrá derrotar a cualquiera. Puesto que a su entender, el género humano se divide entre obsecuentes e inútiles, se supone plenamente capaz de descolocar una vez más a los agoreros que están escribiendo su obituario político. Después de todo, ya lo ha hecho en varias ocasiones, razón por la que sería peligroso subestimarlo.

Al darse cuenta de que su propio rating estaba en el suelo y que de postularse como candidato a diputado en la provincia de Buenos Aires correría el riesgo de verse humillado, al santacruceño se le ocurrió hacerse acompañar por una horda de personajes de mayor atractivo electoral: gobernadores provinciales encabezados por Daniel Scioli, intendentes del superpoblado conurbano bonaerense y así por el estilo. Kirchner calcula que, merced a los votos que aporten tales aliados, saldrá fortalecido de una aventura que en buena lógica debería serle fatal.

Por motivos comprensibles, los jefes opositores están protestando con furia contra una maniobra que según ellos es esperpéntica, con toda seguridad ilegal, y tan fraudulenta como la protagonizada por el Indec cuando Kirchner decidió regalarle al país una economía paralela que sería mucho más pujante que la que efectivamente existe. Es evidente que los gritos de alarma que están profiriendo no tienen por qué preocuparle: por el contrario, cuanto más histérica parezca la oposición, mejor será para quienes se presenten como los guardianes de la sacrosanta gobernabilidad.

El nerviosismo que están manifestando los radicales, la gente de la Coalición Cívica, los socialistas y los peronistas rebeldes puede entenderse. Ya traumatizados por el imprevisto adelantamiento de la fecha electoral, ahora enfrentan la posibilidad de que sus candidatos tengan que luchar contra un ejército de estrellas oficialistas, incluyendo a los peso pesados de los cordones menos salubres del conurbano que, temen, estarán en condiciones de alzarse con una proporción muy significante de los votos disponibles. Puede que sus temores en tal sentido resulten exagerados y que hasta los votantes más "humildes" opten por repudiar a candidatos testimoniales que no tienen la más mínima intención de perder el tiempo ocupando escaños en Diputados, pero no hay ninguna seguridad de que reaccionen con indignación frente a una maniobra ideada para engañarlos. Al fin y al cabo, hoy en día el Congreso está tan desprestigiado que a muchos no les importará un bledo los apellidos de quienes lo integren; les sería más que suficiente que los candidatos llevaran la camiseta del equipo político que les parece menos antipático.

El más afectado por la voluntad de Kirchner de hacer de las elecciones legislativas un plebiscito cuyos resultados, debidamente interpretados, podrían permitirle sobrevivir a los dos años y medio que nos separarán de las presidenciales del 2011 -cuando, conforme a su calendario particular, le corresponderá tomar el relevo de Cristina-, es Scioli. A diferencia de Kirchner, el gobernador bonaerense no es un piantavotos: a pesar de las muchas dificultades que enfrenta en su provincia atribulada, disfruta de un índice de aprobación que es más que aceptable, de ahí el interés del ex presidente por compartirlo. Pero Scioli no puede sino entender que los Kirchner no lo quieren para nada, de suerte que, una vez que se hayan apropiado de un trozo de su popularidad, concentrarán sus esfuerzos en destruirlo bien antes de las elecciones siguientes. Así y todo, eligió prestarse a su juego, acaso por confiar en su capacidad para eludir los puñetazos de Néstor y Cristina hasta que los dos caigan exhaustos dejándolo -espera- dueño del cuadrilátero: lo mismo que Mohammed Ali, Scioli flota como una mariposa, pero hasta ahora no ha mostrado que sabe picar como una abeja, acaso porque nunca se ha sentido obligado a hacerlo.

Kirchner aún tiene tiempo para borrarse de la lista de aspirantes a ser diputados. Si lo hace, no sería porque según la Constitución Nacional no tendría derecho a postularse en Buenos Aires, donde se encuentra el núcleo presuntamente duro de sus partidarios, sino porque haya llegado a la conclusión de que ni siquiera con la ayuda de Scioli le sería dado anotarse un triunfo electoral lo bastante impresionante como para suministrarle el oxígeno que precisará para mantenerse en carrera. Hasta ahora, las encuestas le han brindado motivos para suponer que la suerte seguirá sonriéndole, pero en una sociedad tan veleidosa como la argentina mucho podría cambiar en las semanas próximas, sobre todo si la recesión sigue vapuleando a la gente del conurbano. Con todo, de aceptar Kirchner que, dadas las circunstancias, sería mejor no arriesgarse, su reputación de ganador acusaría un golpe muy fuerte. Por mucho que tratara de atribuir tal decisión al respeto sin límites que siente por la letra y el espíritu de la Constitución, para él sería el fin. Pero si bien ya le es demasiado tarde para arrugarse, las dudas en cuanto a la legitimidad de su eventual metamorfosis en diputado elegido en una provincia que no es suya continuarán perjudicándolo porque muy pocos creerán que realmente se anotó a tiempo y que la presunta omisión de su nombre en el padrón bonaerense se haya debido a la notoria ineficacia de los responsables de mantenerlo al día.

La estrategia de Kirchner se basa en la noción de que la Argentina sencillamente no pueda darse el lujo de prescindir de sus servicios y que por lo tanto se justifica cualquier ardid que lo ayude a salvarla de un destino catastrófico. Fue en aras de dicha teoría que primero adelantó las elecciones legislativas y después inventó lo de las candidaturas testimoniales. ¿Nos tiene reservadas más sorpresas? Por ser cuestión de un político tan creativo, es posible que sí, aunque a esta altura es difícil para un mortal común imaginar qué más podría hacer Kirchner para asegurar que los votos confluyan hacia el lugar que considera apropiado. Ya se ha puesto al borde de la ilegalidad -según sus adversarios, cruzó la línea hace tiempo-, lo que hace temer que, si se siente constreñido a cambiar nuevamente las reglas, llevaría al país a una crisis institucional aún más grave que la de poco más de siete años atrás.

En el 2003 Kirchner logró construir, sobre el magro 22 por ciento de los votos que consiguió, un edificio de poder aún más imponente que los de antecesores como Raúl Alfonsín y Carlos Menem. Pudo hacerlo no porque resultó ser más inescrupuloso o, si se prefiere, más realista que ellos, sino porque el país estaba terriblemente cansado de años de confusión política y por algunos años estuvo dispuesto a darle el beneficio de todas las dudas. Por lo demás, Kirchner tuvo la suerte fenomenal de gozar de la ayuda valiosísima de los vientos de cola poderosos generados por los en aquel entonces infatigables consumidores norteamericanos. Pues bien: en la actualidad su nivel de aprobación no es mucho más elevado del que fue reflejado por los resultados del 2003, la mayoría no parece convencida de que la única alternativa al kirchnerato sea el caos y, desde luego, los consumidores norteamericanos no pueden comprar tanto como antes, de ahí la gran recesión mundial que aún podría degenerar en una depresión. Por lo tanto, por habilidoso que sea Kirchner, no hay ninguna garantía que la alquimia política que tan bien le sirvió en el pasado siga produciendo resultados igualmente satisfactorios.

En opinión de los dirigentes opositores, los Kirchner, presas del pánico, están dando manotazos de ahogado en un intento desesperado por mantenerse a flote en medio de una tormenta que terminará hundiéndolos irremediablemente. Si consiguen convencer al electorado de que realmente es así, la profecía se cumplirá. Para un político, no hay nada peor que ser tomado por un perdedor, por un débil cuya hora ya está acercándose a su fin. Lo sabe muy bien Kirchner, que ha hecho de su dureza una carta de triunfo, y el que tantos gobernadores e intendentes se hayan resignado a desempeñar papeles subordinados en su drama personal lo ha ayudado al brindar la impresión de que aún puede hacerse obedecer por hombres orgullosos de su propia autoridad. Se trata de una hazaña, de eso no cabe duda, pero aun cuando todo le saliera bien el 28 de junio, el impacto del éxito así supuesto duraría poco.

Como todos los demás países del planeta, la Argentina ya ha entrado en una etapa sumamente agitada signada por una debacle económica de magnitud imprevisible que pondrá a prueba sus instituciones políticas. Con el propósito de salvarse a sí mismos, los Kirchner se han puesto a desestabilizarlas, aumentando de este modo el riesgo de que el país se encuentre entre los muchos que, además de los costos sociales que les supondrá el desplome del comercio internacional y la ausencia de crédito, también se vean zarandeados por convulsiones políticas.

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