
Por Omar López Mato
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“El país necesita la capacidad integradora de los grandes muertos”
Nicolás Avellaneda
Los argentinos cultivamos el curioso hábito de perdonar los pecados de los políticos muertos, una forma muy particular de necrolatría. No es que seamos muy originales, pero si probablemente seamos exagerados.
Comenzó esta extraña costumbre con el entierro del Coronel Dorrego, fusilado sumariamente en un campo de Navarro. Pocos días antes, este coronel que propugnaba un populismo federalista intragable para la intelectualidad nacional, había escapado a uña de caballo de la ciudad de Buenos Aires, para ser entregado a Lavalle por dos de sus subalternos, el comandante Escribano y el capitán Acha.
El coronel que un año antes había huido de la Revolución decembrista, volvía envuelto en el misticismo popular que inculcaba su muerte inmerecida y el fervor de su seguidor Juan Manuel de Rosas.
Muchos de los que habían deseado su caída, condujeron mansamente su ataúd hasta el Cementerio del Norte, donde escucharon las palabras lapidarias de Don Juan Manuel, que pronto y gracias a esta muerte, sería el Restaurador de las Leyes.
Desde entonces son varios los que han experimentado esta mutación de afectos. Los diarios de la época no registraron la muerte de Belgrano. El mismo San Martín esperó 30 años la repatriación de sus restos. Carlos Pellegrini, que dos años antes había sido agredido personalmente por una multitud que rechazaba su idea de unificar la deuda argentina, fue acompañado por otra multitud hasta el sitio de su último descanso, lugar en el que fue consagrado como “Capitán de Tormentas”.
Pocos años más tarde le tocó el turno a Irigoyen, que después de su destitución, fue victima de una turba enardecida que destruyó su casa. Muerto apenas dos años después de haber dejado la presidencia, una multitud de devotos lo siguió hasta el mismo Panteón de los Caídos en la Revolución de 1890, convertido desde entonces en Panteón del Partido Radical.
A este mismo enterratorio llegaron los restos del Dr. Arturo Umberto Illía, después de no haber podido finalizar su mandato. Tarde le reconocieron su grandeza.
El Dr. Alfonsín ingresó a esta lista de tardíos afectos. Muchos de los que la semana pasada lo despidieron acongojados, adhirieron en su momento a los 14 paros generales que lo hostigaron. Muchos de los que hoy escriben sentidas palabras, sostuvieron contra Alfonsín una hostilidad política de las más despiadadas de la historia reciente de los argentinos.
A los que hoy se les pianta un lagrimón apoyaron una de las oposiciones más feroces, cínicas y gatopardistas que conocimos: Bloquearon leyes, esgrimieron aberraciones, impidieron cambios en el corrupto sistema Sindical, armaron caballos de Troya, impidieron privatizaciones de empresas que después malvendieron por centavos, se opusieron a todo por el deporte de oponerse y después le prendieron fuego al país en la hoguera de la hiperinflación, para evitar toda duda de a quien endilgarle las culpas de los entuertos por ellos fomentados.
No vamos a negar las culpas del Dr. Alfonsín, las tuvo y así lo reconoció con su “Porque no supe, porque no quise, porque no pude…” No debemos olvidar el ahorro forzoso, el escándalo de “Las Cajas Pan”, los préstamos a Cuba, el desagio, el plan Primavera, la hipertrofia del Estado, los australes, los controles de precios, la hiperinflación y tantas cosas más, que hoy caen en un piadoso olvido. No, no debemos olvidarlas porque él tuvo la grandeza de reconocer sus errores, grandeza que no podemos esperar del cambalache carnavalesco de un peronismo que cambia sus caretas al compás de sus nuevas conveniencias.
Si no sacamos algo en claro de nuestras conductas pasadas solo estaremos condenados a repetirlas.
Que la muerte del Dr. Alfonsín nos enseñe que la política no es un Boca/River, que gobernar no es destruir todo lo que hicieron nuestros predecesores, que la política es el arte de lo posible y no el ánimo de destruir al opositor y que el opositor no es un enemigo, sino un contrincante del que debemos aprovechar las coincidencias y debatir las diferencias.
El debate político no es un juego de zancadillas y empujones en las tinieblas, debería ser una contienda entre caballeros… pero no lo es, y así el Dr. Alfonsín fue víctima del canibalismo político, golpeado por un enemigo anfótero y escurridizo, un monstruo de mil caras que le hizo tirar golpes al aire y comerse todos los amagues, porque el Dr. Alfonsín perseveró (aún en perjuicio propio) en el espíritu Republicano que a los demás tanto les falta.
El doctor Alfonsín nos dejó una lección, de amargura, entuertos, errores y esperanzas, (le dicen a esto experiencia que le llega a los sabios cuando no tienen mucho por hacer). El Dr. Alfonsín no fue un santo, fue un hombre de convicciones democráticas, ideales republicanos, espíritu dialoguista, un hombre honrado y sin soberbia, virtudes que los argentinos extrañamos cada vez más. De allí esta veneración tardía.
Les toca a aquellos que ejercieron una oposición malsana y destructiva aprender esta lección. Se gobierna para los argentinos, no para un partido político. Las autoridades son servidores públicos y no dueños de la patria y sus aledaños. Se gobierna para construir un país, no para ganar la próxima elección. No es la política un juego de vencer o perder, es una misión de construir una nación más allá del partidismo y las ambiciones personales.
Ojala se aprenda sobre la tumba del Dr. Alfonsín esta lección, que tanto le ha costado entender a nuestra incipiente democracia. De no ser así, volveremos a escuchar más de una vez el triste “porque no supe, porque no quise, porque no pude…”
La casa, una vez más, no está en orden.
¿Sabremos arreglarla?
omarlopezmato@gmail.com
Gentileza de www.olmoediciones.com en exclusiva para NOTIAR



















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