
Río Negro - 16-Abr-09 - Opinión
Editorial
El Congreso devaluado
En diversas ocasiones César Jaroslavsky, el dirigente radical que falleció en el 2002, insistió en que convendría abolir el Senado porque a su entender sólo sirvió para beneficiar a quienes lo integraban. Sus propuestas en tal sentido no prosperaron; por el contrario, la cantidad de senadores, y de escándalos, aumentó mucho en los años siguientes. Pues bien, aunque hasta ahora nadie ha sugerido que Diputados merecería un destino igualmente triste, las extravagantes maniobras preelectorales que está ensayando el jefe de facto del gobierno nacional, el ex presidente Néstor Kirchner, hace pensar que a juicio del Poder Ejecutivo el papel que desempeña en la vida política del país debería ser meramente simbólico y que por lo tanto clausurarlo no cambiaría nada. Puesto que, según las encuestas más recientes, a los candidatos rasos del oficialismo les será sumamente difícil conseguir un caudal decoroso de votos, o sea, más del 30% en todo el país, Kirchner se ha propuesto reemplazarlos por gobernadores, intendentes y otros notables -o, en el caso de que éstos no quieran arriesgarse, por sus familiares-, de los que muy pocos tendrían la más mínima intención de convertirse en legisladores. De concretarse la iniciativa exótica ideada por Kirchner, en los escaños ganados por las presuntas estrellas políticas se sentarían los personajes apenas conocidos, a veces impresentables, que ocupen lugares más humildes en las listas del Frente para la Victoria. De más está decir que el Congreso resultante sería aún menos representativo que el actual, que es producto de un esquema electoral que permite que ingresen cohortes de "leales" obsecuentes que deben todo a la capacidad de sus jefes para congraciarse con los votantes y muy poco a sus propios méritos.
En los países en los que rige el sistema presidencialista copiado de Estados Unidos es normal que el Poder Ejecutivo procure asegurar que el Legislativo le brinde el apoyo que necesita y que por lo tanto los pesos pesados que rodean al presidente ayuden a aquellos candidatos que les parecen más dóciles, pero no lo es que intenten estafar al electorado pidiéndole votar por cabezas de listas supuestamente populares con el propósito de abrir un hueco por el que puedan irrumpir quienes de otro modo no tendrían posibilidad alguna de triunfar.
Desde el punto de vista de Kirchner, la conducta del Congreso en los años próximos es lo de menos: resulta evidente que le interesan mucho más los porcentajes que puedan ostentar las distintas corrientes el 28 de junio, que la conformación futura del Congreso nacional, detalle éste que considera de importancia relativa, acaso por creer que si le es dado interpretar los resultados como un triunfo personal su esposa no tendrá por qué preocuparse por los dos años y medio restantes que, según la Constitución, le quedarían como presidenta de la República. Así y todo, de tener éxito la maniobra, Kirchner lograría llenar el Congreso de hombres y mujeres que, debidamente conscientes de sus propias limitaciones, acatarían sin chistar las órdenes de sus líderes, lo que le ahorraría muchos problemas.
Que muchos gobernadores provinciales, intendentes del conurbano bonaerense y así por el estilo hayan manifestado dudas acerca de lo que significaría para ellos prestarse al juego pueda entenderse: temen que el electorado local los repudie por su proximidad a Kirchner, lo que les supondría un sinfín de dificultades. Lo que no resulta tan comprensible es la actitud pasiva de los legisladores oficialistas mismos. Sería de esperar que, frente a la manifestación brutal de desprecio por parte del ex presidente y sus allegados, por lo menos algunos se hubieran animado a protestar, pero parecería que están tan acostumbrados a ser tratados como si fueran autómatas que no se les ocurrió hacerlo.
A pesar de que con cierta frecuencia los legisladores oficialistas han impulsado la celebración de sesiones especiales con la intención de "desagraviarse" por lo que suponen es un ataque contra su dignidad colectiva, no parecen haberse dado cuenta de la magnitud de la afrenta que el ex presidente les está propinando al informarles que en adelante les convendría esconderse detrás de un conjunto de personajes que, supone, serían más capaces de lo que serían ellos de conseguir la adhesión del electorado.



















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