
LA ALFOMBRA PRESIDENCIAL
Quizás la presidente tenga la suerte de tener una alfombra que crece diariamente. Que crece de esta manera pues debe, día a día, esconder lo que no le gusta ver u oír a la señora. Y, si hay algo que es seguro que ella no quiere es que sus colegas con los que se reunirá en la Cumbre de las Américas sepan que en la Argentina hay dengue. Que en la Argentina hay no menos de 45.000 infectados. Por esto, y solo por esto no se decretó la emergencia sanitaria en la Argentina.
No importa si la orden bajó de Olivos o el senador Picheto en un gesto de disciplinado lengüetazo lo haya decidido con el pueril concepto que declarar emergencia sanitaria dañaría la imagen del País. "Hay una preocupación del Gobierno por la imagen del país en el exterior" dijo el lacayo senatorial. Lo que importa es el hecho en sí y esto deja de ser ya una patética relación de falsarios para convertirse en la imagen dramática de un país en decadencia total.
Si buscáramos, geográficamente, un lugar donde se haya producido una acción “política” de esta laya tendríamos que remitirnos a los lugares más atrasados, más ignorantes y salvajes del planeta. Ya no se trata de una pulseada histérica contra el campo, no se trata de discutir preeminencias electorales con la oposición, no se trata del anuncio por el anuncio mismo tratando de disimular la vaciedad estructural y moral de un gobierno y la ineptitud de una gobernante. Se trata, lisa y llanamente de la salud de los argentinos, tema que también ocupa un lugar preferencial debajo de la alfombra presidencial, porque hay, en este asunto, demasiada tela para cortar desde que Juan Carr denunció que ocho chicos se morían de hambre por día y que las enfermedades de la miseria: dengue, tuberculosis, lepra, fiebre amarilla y dermatosis crónicas, entre las más conocidas, se han enseñoreado en los lugares más pobres del País sumiéndonos a los argentinos en un simulacro digno de la Biafra de los años 70, imagen que no se condice con la propaganda oficial del crecimiento al 8% y del extraordinario superávit fiscal.
Acostumbrada a disimular sus defectos a fuerza de maquillaje y botox, la señora acogió con alegría la idea desarrollada por su marido que lo que no se ve no existe. Por ello es entendible que no le guste menear el tema del dengue ya que aceptar al dengue como epidemia es menester hablar claramente de por que el virus se desarrolló tan libremente, y esto tiene el inconveniente de poner a la luz cuestiones que hace tiempo ella había decidido no ver: incremento de la pobreza y la indigencia, desnutrición, hambre, caída del empleo o desocupación lisa y llana, déficit habitacional pese a las promesas de las 700.000 viviendas, un sistema vial colapsado; la escuela y el hospital público destruido y un sistema de seguridad inexistente.
Lamentablemente, nada de lo que digamos aquí será tenido en cuenta por los que son carne de cañón de la política, por los que primero caerán, por aquellos a los que una hemorragia los hará irse con más dolor que paz en el pasillo roñoso de un hospital precario. Porque de esto trata este juego funesto. Es menester que cada vez haya más pobres, porque ellos embrutecidos por la exclusión y las drogas vivirán esperando ansiosos que las elecciones le traigan un blister de paracetamol, un aerosol con repelente, quizás un par de chapas para arreglar su tapera o algún electrodoméstico y la promesa de una miserable canonjía que les permita sobrevivir hasta el picotazo del final
JOSE LUIS MILIA



















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