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Candidatos con el destino atado
Bonaerenses: Kirchner, entre Balestrini, Nacha Guevara y Scioli.
20-05-2009 / A Néstor Kirchner y Daniel Scioli los une una relación turbulenta. Amor, humillación y necesidad mutua. El factor económico. Y el futuro incierto.
Por Ana Gerschenson
Cuando a principios de 2003 Eduardo Duhalde sorprendió a Néstor Kirchner con la noticia de que iba a apoyar su candidatura presidencial, no pudo más que estar agradecido. Sabía, como sabe ahora, que el peso específico de la Provincia de Buenos Aires era casi una garantía de victoria. Pero un dato empañó la buena nueva: la oferta tuvo una condición del entonces “jefe del aparato bonaerense”: que aceptara a Daniel Scioli como compañero de fórmula. Así, desde un principio el motonauta y el pingüino dependieron el uno del otro; a pesar de sus diferencias sus destinos están conectados indefectiblemente.
Una vez que asumió la presidencia, el patagónico intentó neutralizarlo. Para Kirchner, su vicepresidente tenía todo en contra: era protegido por Duhalde, se había iniciado en política con Carlos Menem y además, su pensamiento estaba más corrido a la derecha que a la izquierda progresista que quería instalar como color ideológico de su mandato. El matrimonio recién llegado a Olivos vio siempre dobles intenciones en Scioli y sus intenciones de crecimiento personal, en ese momento expresadas en su proyecto para convertirse en jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Seis años después, dentro y fuera del peronismo, muchos se preguntan por qué razón Daniel Scioli sigue apostando a Kirchner. Después de que tuvo que callar sus opiniones, como cuando en 2003 osó hablar de la necesidad de aumentar las tarifas de las empresas privatizadas, y fue castigado con varias horas de silencio del ex presidente, que se negaba a recibirlo o contestar sus llamados, y sin aviso le quitó la Secretaría de Turismo y de paso echó a todos sus colaboradores.
Scioli aprendió a crecer a pesar de los Kirchner y sus resquemores.
Quizás su temperamento esté curtido por tantas horas en el agua helada en sus años de motonauta, pero lo cierto es que Scioli continuó, en los buenos y en los malos tiempos, con su agenda cargada de jornadas interminables.
En diciembre de 2005, en el Senado, Cristina Kirchner lo acusó públicamente de organizar “operaciones de prensa” en su contra, después de que se filtrara que la entonces senadora había desplazado al socialista Rubén Giustiniani en la Comisión de Asuntos Penales, por una diferencia en el proyecto de reforma del Consejo de la Magistratura.
En medio de una sesión en la que se trataba el Presupuesto, Cristina pidió la palabra y le habló al ex vicepresidente, al frente del Senado. “Hubo crónicas en los diarios sobre gritos y que yo le reprochaba cosas a usted. Pero yo no le reprocho nada. A lo sumo, su desconocimiento del Reglamento cuando sesionamos y cosas que tienen que ver con su función y con mi función como senadora”.
Todo aquel episodio no inmutó a Scioli, quien sólo miró a la ahora presidente sin contestar ni hacer un solo gesto de descontento o congoja.
Apostó a la filosofía del “todo vuelve”, y los Kirchner volvieron un año más tarde, cuando todas las encuestas daban a Scioli primero en las preferencias de los bonaerenses, consagrado como el campo de batalla de los triunfos o las derrotas de la política nacional.
Fue ese el primer acto de comunión entre Kirchner y Scioli. El ex vicepresidente pudo haber optado, como pedían incluso colaboradores más cercanos, por postularse en la Ciudad y separarse del kirchnerismo para emprender un camino propio hacia la presidencia. Pero el motonauta prefirió continuar con su socio santacruceño, básicamente porque sabía del poder de daño que Kirchner puede tener cuando se lo propone, y creía que era demasiado temprano para enfrentarse a un kirchnerismo todavía en alza, como era el de 2007.
Scioli tenía sus planes estudiados para la Ciudad, pero no para la Provincia de Buenos Aires, un distrito con números en rojo, bolsones de pobreza y demasiadas necesidades básicas insatisfechas. En la Argentina, quien gobierna el territorio bonaerense no puede estar enfrentado con la Administración nacional, si es que quiere sobrevivir y crecer dentro de la política.
Otra vez, Néstor y Daniel dependen el uno del otro para su futuro. Hoy el ex presidente requiere a Scioli como compañero de fórmula para no perder, o perder por menos. Y el gobernador también necesita que su poder en la Legislatura no se disgregue al punto de afectar su gobernabilidad.
En lo político, una derrota bonaerense debilitaría al motonauta para seguir transitando el camino presidenciable. Si el peronismo disidente triunfa el 28 de junio, Felipe Solá y Mauricio Macri emergerán con mayores posibilidades que el perdedor.
En lo económico, Scioli también necesita a los Kirchner. Porque el déficit aumenta y sin los fondos de la Nación la provincia entraría en situación de emergencia, con consecuencias sociales tremendas para la gestión del gobernador.
Scioli no tiene escapatoria. Podrán disentir en casi todo, en las políticas hacia el campo, en lucha contra la inseguridad, en sus consideraciones sobre Duhalde y Menem, en su mirada internacional y en el trato hacia la oposición (Scioli dialoga con Macri). Kirchner y Scioli tuvieron y tienen más diferencias que coincidencias ideológicas. Pero sus destinos, hoy, están atados. Celebrarán juntos una victoria. O, caerán exactamente al mismo tiempo. Junio es sólo la próxima batalla.



















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