domingo, 3 de mayo de 2009

EN SUS ORIGENES


CRONICAS DE LA REPUBLICA
Todo está en sus orígenes

por Eugenio Paillet


Néstor Kirchner y Cristina Fernández no sólo han pronosticado caos e inestabilidad democrática, si ellos son derrotados en las elecciones parlamentarias del 28 de junio, como algunos sondeos serios e independientes, mal que pese en las alcobas de Olivos, persisten en sostener, sino que han vuelto a menear en privado la estrategia de la vuelta a Santa Cruz. No serán Néstor y Cristina, advierten algunas voces del kirchnerismo más rancio que los acompaña desde sus primeras zancadas en la política, quienes gobernarán sometidos a los tire y aflojes, a la tácita gimnasia de negociaciones con sus avances y retrocesos, con sus triunfos y sus derrotas, de un Parlamento en minoría.

Está claro que, en ese arranque de los Kirchner en la vida política santacruceña, hace más de un cuarto de siglo, hay que encontrar estos arrestos autoritarios y antidemocráticos que han utilizado con fuerza durante una escalada verbal que, por primera vez en mucho tiempo, no encontró distingos entre uno y otro. En ocasiones, sólo en ocasiones, Cristina se había mostrado (o había intentado mostrarse) como la pata racional y no tan levantisca de esa sociedad política que los une desde aquellos años en la lejana Río Gallegos. Fue cuando prometía mayor calidad institucional si llegaba a la Casa Rosada. Una promesa que su esposo se encargó tozudamente de tumbar a golpe de palo y agravio a sus opositores y a quienes, en sus propias filas, consideró simples traidores.

Resulta conveniente explorar este concepto: los Kirchner jamás estuvieron en el brete, como lo estarían después del 28 de junio, si el oficialismo obtiene una victoria pírrica, que se traduciría de cosechar unos cuantos votos más que sus oponentes, pero perder la cómoda mayoría que hoy retienen en el Congreso Nacional. Destacados analistas han machacado, durante las últimas horas, sobre un dato de la realidad que, a estas alturas, pareciera poco probable de ser modificado: en la noche del 28 de junio, surgirá un gobierno más débil, como consecuencia de esa pérdida de diputados y senadores.

Está por verse qué tan debilitado será ese gobierno. Pero no será el mismo que el que llega a esa instancia electoral parlamentaria envuelto en peroratas tales como la famosa "defensa del modelo", esa suerte de chavismo patagónico que, a fin de cuentas, no pudo impedir que el propio Kirchner advierta, en insólita voltereta, que, si no retienen la mayoría parlamentaria, los argentinos volveremos a la tragedia de 2001, como bien se encargó de reprocharle un ex aliado como Alberto Fernández, cuando se preguntó, con pura lógica, qué hicieron los Kirchner estos seis años.

Dicho en otras palabras, o en las palabras mismas de quienes conocen al matrimonio desde la primera hora: casi no debería ser un pecado político el que están cometiendo con esto de meter miedo a la gente y pronosticar un falso caos, cuando no la misma desestabilización de la democracia, como dijo Cristina, esta semana, en la Casa Rosada.

Ellos no están acostumbrados a gobernar si no es como lo han hecho desde aquella primera intendencia de Kirchner en su ciudad natal. A los opositores, si los hubiere, se los domestica con plata o cargos públicos. Los concejos deliberantes, las legislaturas y las cámaras de diputados o senadores nacionales han sido, y ellos creen que así debieran seguir siendo, verdaderas escribanías apenas dedicadas a refrendar sin chistar cada proyecto que envían. Nadie en el gobierno, ni fuera de él, imagina al matrimonio presidencial sometido alegremente a consensos y discusiones por leyes como la de los superpoderes, que sería, para mejor, uno de los símbolos del poder kirchnerista de estos años que seguramente dejaría de existir bajo el advenimiento de un Parlamento sin mayorías propias, como el que, muy probablemente, se instalará a partir del 10 de diciembre venidero. Se explica desde el absurdo, entonces, el mensaje en sí mismo destituyente del ex presidente y de su esposa frente a unas elecciones que, en todo caso, y en el peor de los casos, para aquella visión apocalíptica de las cosas, sólo deberían modificar mayorías circunstanciales.

Un fiel exponente del kirchnerismo más recalcitrante, como es el intendente de Berazategui, Juan José Mussi, puso, horas atrás, el dedo en la llaga, cuando explicó, delante de un grupo de confidentes, qué debería hacer el matrimonio gobernante si la ciudadanía les da vuelta la cara en la noche del 28 de junio. "Si yo pierdo, renuncio", dijo, muy suelto de cuerpo. Antes, había respondido otra pregunta: si gana las elecciones para concejales de su distrito, a las que se presentará como mandan las candidaturas testimoniales, no piensa asumir.

Casi podría decirse, a estas alturas, en una suerte de cruel paradoja, que los Kirchner no están acostumbrados a gobernar en democracia. Apenas si lo han hecho de manera formal en todos estos años, con los resultados por todos conocidos de una degradación de las instituciones y la instalación de un autoritarismo como no ha existido desde 1983 a la fecha.

La escalada verbal de estos días del ex presidente y su esposa no deja dudas de que persistirán en aquel mensaje temerario. No debería ser de otra manera, cuando acaban de recibir un impensado espaldarazo, por los términos en que fue expresado, del camionero Hugo Moyano. ¿Cómo cambiar ahora de discurso y bajar a decibeles más racionales, como recomendaban, a mitad de semana, al menos dos ministros del gabinete, después del empujón hacia el endurecimiento de la palabra y de las acciones que acaba de darles el líder cegetista? Moyano ha sorprendido a propios y extraños con esa decisión de jugarse a todo o nada detrás del discurso temerario del matrimonio. Tanto, que en los borradores del discurso que pronunció en el centro porteño, ante una multitud de trabajadores, quedaron algunas de las reclamaciones que pensaba hacer al gobierno para enfrentar los problemas que afectan a miles de trabajadores, como despidos y suspensiones, debido a la crisis. Apenas si pareció rozar ese reclamo cuando dijo que las autoridades deberán escuchar esas demandas. Quedó como lo que fue para varios de sus intérpretes y de algunos que lo quieren poco, dentro del sindicalismo: una apretada sutil en demanda por la contundencia de la convocatoria, cifras más o cifras menos.

Kirchner, Cristina, Moyano y el coro de incondicionales que suelen comandar Florencio Randazzo y Carlos Kunkel han echado mano a una estrategia que es tan vieja como la política, que es sembrar el miedo ante una eventual derrota del oficialismo. Un recurso doblemente perverso, porque, además, opera sobre una sociedad escaldada por lo que le ha tocado sufrir en ocasiones, como fue, por caso, la tragedia de 2001. Tienen, además, las armas y los recursos para hacerlo, lo que añade otro dato preocupante al cuadro de situación. La evidente operación destinada a desprestigiar a Francisco de Narváez por su supuesta vinculación con el tráfico de la efedrina es todo un signo de lo que puede ocurrir a medida que los sondeos que aterrizan en Olivos muestren, a estas alturas, un empate técnico entre el kirchnerismo y el peronismo disidente, y, en algunos casos, hasta una victoria de las huestes del empresario y de Felipe Solá. Del mismo modo que suena estrambótica la denuncia de Luis D'Elía sobre el ataque que dice que seguidores de De Narváez perpetraron contra su casa particular de La Matanza.

Para algunos observadores, no quedan dudas de que semejante cuadro de situación sólo puede obedecer a una razón: aquella que dice que los Kirchner saben que los números no los están acompañando. Y que, en todo caso, una victoria por cuatro o cinco puntos de ventaja sobre el Properonismo en la madre de todas las batallas bonaerense no alcanza, a estas alturas, para compensar el daño en la línea de flotación de la nave kirchnerista que le propinarán las derrotas en distritos clave como Santa Fe, Córdoba, la Capital Federal y Mendoza.

El discurso tremendista no permite, de hecho, que salgan a la luz análisis de algunos laboratorios del oficialismo donde se señala un dato incontrastable: Kirchner ha expulsado peronismo y aliados casi tanto como ha acumulado rencor y encono contra sus enemigos reales o imaginarios. Pruebas al canto: en quince distritos, la pelea de la Casa Rosada no será contra partidos de oposición, sino contra otras corrientes peronistas. Y en Buenos Aires, más allá del crecimiento que viene experimentando la coalición entre radicales y Elisa Carrió, también la lucha por los votos y las bancas es contra un peronismo que se soltó de las faldas del santacruceño.

Ninguna voz sensata del oficialismo ha querido desentrañar la pregunta que se cae detrás del discurso sobre "nosotros o el caos" que viene desplegando el matrimonio. El interrogante, en sí mismo, no es menor: una cosa es si se trata de una estrategia, por cuestionable que sea, para ganar una elección. Al fin y al cabo, no son los Kirchner los inventores de esa mala idea de meter miedo a la gente o prometerle sólo calamidades si no los votan. Ya lo hicieron, en su tiempo, Carlos Menem (de quien el santacruceño persiste en mostrarse como alumno aventajado) y Domingo Cavallo. El problema para la salud republicana es si ellos, efectivamente, creen que si pierden una elección sobrevendrían el caos y la desestabilización democrática. Esto último fue lo que dijo, a fin de cuentas, la presidenta.

En medio de semejante escalada, se han vuelto a escuchar, en covachas del oficialismo, algunas prevenciones acerca de la decisión del matrimonio de pegar un portazo, si la derrota, o la pérdida de las mayorías parlamentarias, sobreviene, en la noche del 28 de junio.

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