martes, 5 de mayo de 2009

LEYENDA Y ESTANDARTE


Leyenda y Estandarte


El 7 de mayo de 1919, nacía la figura descollante del peronismo. María Eva Duarte de Perón, como se la llamó al principio; Eva Perón, como se la conoció en sus últimos años; Evita, como la bautizó el pueblo, fue una figura que rompió todos los precedentes históricos y definió una modalidad nunca vista hasta entonces en la Argentina-y, podríamos decir también en el mundo.

Por Ariel Otero

Sus días fueron una cadena de hechos sorprendentes, casi maravillosos. Su historia personal fue como un cuento. La antigua conseja de la Cenicienta que obtiene, por magia o merecimientos, un maravilloso destino, se hizo carne en esta joven mujer, amada y aborrecida con igual intensidad por millones de argentinos. Porque Evita suscitó intensos sentimientos y emociones profundas, pero lo único que jamás provocó su persona fue la indiferencia.

De origen humilde, confuso y provinciano, llega a la capital en plena adolescencia; sola, falta de recursos, de educación, se enfrenta con un mundo hostil y dificíl, cuyas reglas desconoce. Pero triunfa, llega a ser actriz de cierto nombre a encabezar un programa radial muy escuchado. Después conoce a Perón y a él liga su destino convirtiendose en el alma del movimiento peronista, en su esencia y en su voz.

Evita con su dinamismo, comienza a darle curso a los pedidos que le formulaba la gente humilde que llegaba a ella. Era la primera vez en la historia argentina que alguien se preocupaba tanto por el bienestar del pueblo. Pero, ni la Secretaría de Trabajo y Previsión, ni su Fundación, ni el Partido Peronista Femenino, que fueron instrumento de su accionar, ni la obtención de los derechos políticos para la mujer, tuvieron para el afecto popular la importancia de su palabra solidaria, su sonrisa comprensiva o las expresiones de su amor por los humildes. Sin duda, los representó de verdad, encarnó la fantasía de millones de desheredados, transmitió en su voz esa vibración que sólo captan los que también han sufrido humillación y pobreza.

No obstante, a pesar de las críticas de algunos sobre su actuación, que tal vez pueda llegar a merecer en algunos aspectos. Y a las trabas que le imponía su subordinación como mujer en aquellos años, alcanzó una proyección histórica extraordinaria. Hoy rescatada por el mito y por la historia, sigue tan desafiante como en sus días, promoviendo desacuerdos y coincidencias. Porque quienes la amaron, por quienes la odiaron y por quienes trataron de ignorarla, han debido incorporarla, es decir, convertirla en memoria.

Ariel Otero
Unidad y Renovación

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