domingo, 29 de mayo de 2011

PROGRESISTAS DESORIENTADOS


Progresistas desorientados

Fieles al principio intransigente reivindicado por Leandro Alem según el cual la UCR puede romperse pero nunca se doblará, los líderes radicales siguen haciendo gala de su vocación suicida. Todos los desastres de los años últimos que en diversas ocasiones han llevado a la UCR al borde de la extinción han tenido su raíz en el dogmatismo de dirigentes que están más interesados en las reyertas internas, y en su propia figuración, que en ponerse al servicio del país. No son los únicos que piensan y actúan así. El sectarismo que es tan típico de la UCR y que en el fondo resulta incompatible con la democracia ha contagiado a agrupaciones de idearios afines que en otras latitudes formarían parte de un solo partido o, cuando menos, de una coalición, frente o alianza. Así las cosas, no sorprende que los esfuerzos del sobreviviente de la lucha interna radical, Ricardo Alfonsín, por ampliar su oferta electoral acordando con peronistas como el bonaerense Francisco de Narváez y el conservador porteño Mauricio Macri, sin por eso desistir de pactar con el socialista santafesino Hermes Binner, hayan dado lugar a una serie de conflictos virulentos. Para tener una posibilidad, por tenue que fuera, de triunfar en las elecciones presidenciales, un candidato opositor necesitaría contar con el apoyo formal de una alianza forzosamente inclusiva. La hostilidad de tantos radicales, socialistas y militantes de fracciones pequeñas como la encabezada por la presuntamente ex radical Margarita Stolbizer hacia De Narváez y Macri sería lógica si se tratara de un par de extremistas antidemocráticos, pero sucede que no lo son. Parecería que su pecado, por decirlo así, consiste en cierta tendencia a hablar bien del sector privado. En otras palabras, a juicio de muchos radicales e izquierdistas, se asemejan demasiado a aquellos socialistas europeos que entienden que dadas las circunstancias no hay alternativas viables al capitalismo moderno y, por lo tanto, sería inconcebible aceptarlos como socios coyunturales.

Si bien el melodrama del que están participando Alfonsín, Binner y otros dista de haber culminado, no les queda mucho tiempo –apenas dos semanas– en que decidir si al radical y socialista les convendría más llegar a un acuerdo o probar suerte por separado. Por ahora, lo más probable es que los dos terminen disputando parte del voto progresista, asegurándose de tal modo una derrota mutua a manos de la presidenta Cristina si, como casi todos prevén, se digna formalizar su candidatura a la reelección. Puede que Binner, alentado por el desempeño en su opinión promisorio de Antonio Bonfatti en las primarias que se celebraron hace poco en Santa Fe, se haya propuesto procurar erigirse en el referente máximo del progresismo, dando por descontado que Cristina seguirá en la Casa Rosada hasta diciembre del 2015 y que, por lo tanto, le vendría bien que Alfonsín hiciera una mala elección al conseguir la mitad o menos de los votos que, de tenerlo como compañero de fórmula, hubiera cosechado. Por lo demás, si Binner ayuda a dividir la oposición progresista, podría contar con la gratitud de la presidenta que, se especula, devolvería el favor respaldándolo en su feudo santafesino.

De todas maneras, no cabe duda de que la resistencia de los radicales tradicionalistas a aliarse con quienes no comparten su cultura particular ha contribuido a impedir la formación de un frente mayormente centroizquierdista, con algunos elementos considerados conservadores, que entre otras cosas hubiera servido para introducir un mínimo de orden en el caótico panorama político cuya característica principal es la atomización. Mientras que en las democracias maduras es normal que los partidos sean pluralistas y por lo tanto representativos de una parte sustancial de la sociedad, en nuestro país la negativa supuestamente principista de muchos a tolerar la presencia de quienes tienen opiniones distintas en torno a temas significantes continúa frustrando todas las iniciativas en tal sentido. Puede entenderse, pues, que de acuerdo con las encuestas, la reelección de la presidenta Cristina parece virtualmente asegurada. Por mala que haya sido su gestión, la impresión que están brindando los jefes de las fracciones pendencieras opositoras es tan grotesca que es comprensible que el 40% o más del electorado sea reacio a arriesgarse votando por uno de ellos.

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