lunes, 22 de noviembre de 2010

TILINGA TIENE LA PALABRA


CRISTINA TIENE LA PALABRA....

Por Elena Valero Narváez (*)

La unión Industrial Argentina advirtió el ahogo que esta provocando sobre la economía la intervención del gobierno.

Recién ahora los empresarios se dan cuenta que la acción de poner trabas al comercio y a la producción perjudica, a la larga, a todos.

Están divididos entre los que hacen negocios con el gobierno y los que deben competir en el mercado mundial sin la ayuda estatal.

La mayoría de los argentinos desprecian al sistema capitalista porque lo confunden con los capitalistas. No son la misma cosa.

Existen empresarios capitalistas a quienes no les gusta la competencia y aceptan complacido ligarse a los gobiernos de turno para evitarla y realizar negocios que los favorezcan sin demasiado esfuerzo.

En cambio, el sistema capitalista es un sistema: se basa en la propiedad privada y en su institucionalidad jurídica. La naturaleza de los mercados a los que se dirige la fuerza productiva son especialmente los estratos medios y bajos de la sociedad. Ello implica la multiplicación de poderes autónomos, no estatales, y el extenso aumento de los intercambios. Las variadas interacciones aportan creatividad, innovación y la necesaria acumulación y concentración de capital que hacen posible una sociedad civil fuerte y moderna como la que se observa en los países desarrollados.

Argentina en sus comienzos como nación creció sobre una base de principios liberales enmarcados en la Constitución que promueven la acción electiva. Fue por ello que una vez que se obtuvo la paz y el orden, producto de la pacificación del interior, tras la derrota de los caudillos, Argentina vivió un largo período de paz donde la sociedad civil se fue fortificando y conectando con el mundo.

Las puertas abiertas al comercio internacional permitieron un crecimiento acelerado que nos colocó en términos de desarrollo –en la primera década del siglo XX- entre los principales países del mundo.

La lucha por el libre comercio no fue fácil en una Argentina fragmentada donde, desde la quiebra del poder virreinal, fracasaban los intentos por crear un poder central común.

La lucha entre Buenos Aires y el interior por el reparto de las rentas de Aduana y la libre navegación de los ríos y de los caudillos entre sí, por mantener o aumentar la hegemonía en las zonas que dominaban, abarcó buena parte de la Historia Argentina. Duró prácticamente hasta la consolidación del poder central en Buenos Aires.

Desde la presidencia de Mitre nuestro país fue alzando la cabeza y aún en 1940 era un país próspero. Sin embargo, cuando los argentinos recuerdan ese periodo aseguran que éramos explotados por Gran Bretaña. Es erróneo por donde se lo mire. Crecimos ligados a ése país. Si no hubiéramos tenido la relación comercial con GB, la ganadería hubiera desaparecido de la Argentina. Necesitábamos que compraran nuestra producción al punto que se firmó el tratado Roca-Runciman (1933): Gran Bretaña, por la crisis que atravesaba, no podía abastecerse como antes y fue indispensable lograr que nos siguieran comprando.

En la actualidad también dependemos del mercado mundial. Si no se requiriesen nuestros productos agropecuarios le iría mal a todo el país, incluso al gobierno, que depende en gran medida de las retenciones.

Los empresarios argentinos, salvo el relacionado con el campo, la mayoría quiere hacer negocios con el Estado o vivir de él. Hoy, con varios años de intervención estatal, se dan cuenta del estrangulamiento de la sociedad civil y de las consecuencias desfavorables que ello acarrea.

Recién ahora reconocen que están a merced de un gobierno que interviene, peligrosamente, mediante los poderes especiales que se le han conferido y otras estratagemas, sobre la dinámica de los mercados, privilegiando a corporaciones y grupos de presión.

La política marcadamente nacionalista y proteccionista está aumentando cada vez más los poderes del estado. Lo paradójico es que tanto empresarios considerados capitalistas como el socialismo en general, han estado de acuerdo con las concepciones de los Kirchner. Es por eso que, aunque la sociedad pide planes de gobierno, casi toda la oposición - también comulga con esas ideas- no puede ofrecer más que el modelo de Cristina Kirchner, con algunas pequeñas diferencias.

Los argentinos, en general, somos imberbes, como dijo Perón refiriéndose a los guerrilleros. El mundo mejor que deseamos es el de la infancia: queremos volver a ser niños: vivir sin trabajar ni ganar el sustento, donde todo sea gratis y el estado decida y actúe por nosotros.

El gobierno de Cristina es un enorme útero acaparador que se está engullendo la riqueza que genera la sociedad civil. Reparte mal y esta afectando los derechos individuales aumentando la autoridad del estado. Las necesidades de las corporaciones, grupos de presión y también de capitalistas perezosos, siguen siendo satisfechas por el gobierno, mediante el manejo de privilegios espurios.

En la 16ª.conferencia industrial se ha pedido que el estado deje de cumplir un rol empresario y permita efectuar lo que hace mejor al sector privado.

Ningún sistema económico ha dado pruebas de prosperidad tan extraordinaria como el sistema capitalista y el nivel de pobreza, por el que dice preocuparse la presidente de los argentinos, no ha disminuido tanto como en los países donde éste sistema logro imponerse. Por supuesto que no brinda la felicidad. Ella es una construcción interna por lo tanto puede coexistir aún en la pobreza. Lo que sí sabemos es que tendremos mejor calidad de vida con mercados extensos, propiedad privada, gobiernos que respeten la libertad de los intercambios, la igualdad jurídica, y la paz.

Sin justicia independiente, pluralismo político y libertad de expresión, el sistema capitalista no podrá arraigarse y los argentinos seremos, irremediablemente, cada día más pobres.

Cristina tiene la palabra.

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